jueves, 26 de septiembre de 2013

Cucarachas y poetas




El poeta ovetense Ángel González es uno de los mejores representantes de la llamada Generación del 50. Es un poeta intimista, con una visión social de la poesía. Lo coloquial sirve para ofrecer la raíz cívica de la realidad que siempre, siempre, llena de dignidad su obra. ¡Qué bien lo retrató Joaquín Sabina en su disco Vinagre y rosas

DATO BIOGRÁFICO

Cuando estoy en Madrid,
las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las noches.
La luz no las anima a salir de sus escondrijos,
y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por
mi dormitorio,
lugar hacia el que

—por oscuras razones—
se sienten irresistiblemente atraídas.
Ahora hablan de presentar un escrito de queja
al presidente de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?;
estas cucarachas no leen los periódicos.

Lo que a ellas les gusta es que yo me emborrache
y baile tangos hasta la madrugada,
para así practicar sin riesgo alguno
su merodeo incesante y sin sentido, a ciegas
por las anchas baldosas de mi alcoba.

A veces las complazco,
no porque tenga en cuenta sus deseos,
sino porque me siento irresistiblemente atraído,
por oscuras razones,
hacia ciertos lugares muy mal iluminados
en los que me demoro sin plan preconcebido
hasta que el sol naciente anuncia un nuevo día.

Ya de regreso en casa,
cuando me cruzo por el pasillo con sus pequeños
cuerpos que se evaden
con torpeza y con miedo
hacia las grietas sombrías donde moran,

les deseo buenas noches a destiempo
—pero de corazón, sinceramente—,
reconociendo en mí su incertidumbre,
su inoportunidad,
su fotofobia,
y otras muchas tendencias y actitudes
que -lamento decirlo-
hablan poco en favor de esos ortópteros.

martes, 24 de septiembre de 2013

Carpe diem






Tal vez sea este uno de los mejores ejemplos del tópico del Carpe diem, recreado por el poeta cordobés Ricardo Molina del grupo Cántico. Es de una belleza extraordinaria y lleno de sensualidad. Lee. No solo lo leerás una vez, sino que, posiblemente, te acompañará para siempre. Incluso hasta cuando sepas que ya nunca tu cabello será negro, y tus ojos se apaguen como aquella luz que se secó y tu cuello sea un lirio quebrado y tus labios fríos y torpes.


INVITACIÓN A LA DICHA
Es dulce ser amado pero amar,
oh dioses, qué ventura...
      Goethe

Ámame ahora que tengo los cabellos negros
y una corona de junco
y el perfume del agua y de la jara
en los brazos desnudos.
              
Ámame ahora que tengo en los ojos
la suave llama de la tarde
y la gracia de la sonrisa
y la leve frescura de los manantiales.
              
Ámame ahora que tengo en los labios
el fuego deslumbrante del Mediodía
y la serenidad del cielo en las mejillas.
              
Ámame ahora que tengo en el cuello
el resplandor de los lirios quemados.
Ámame ahora que corre por mis hombros
el torrente divino del deseo.
Ámame ahora que tengo el pecho ebrio
como una flor de vino.
              
Ahora y no luego, ahora y no mañana,
ahora que besa mi alma todo tu cuerpo
confundiendo su aliento al de mis labios.

Bésame ahora que es primavera
y el chamariz canta y vuela en un árbol,
ahora, amor mío, que estamos en mayo
y zumban en el aire las abejas,
ahora que todo es hermoso y feliz,
ahora y no mañana,
ahora y no luego.
              
Bésame los labios, el cabello, los hombros
ahora que en los huertos florecidos
es tan dulce la flor primera del granado.
              
Dame todo tu amor ahora, amor mío,
¿no ves que soy en la tierra dichosa,
dulce como el árbol del paraíso?
              
Ahora que soy un manantial virgen
donde cada onda es una caricia,
una colina verde
donde cada florecilla es un labio encendido,
un valle misterioso
donde cada viento es un suspiro,
un río de amores
cuya música frágil es tu nombre.
              
¿No son nuestros estos días tan bellos?
¿No es hermosa la tierra bajo el sol y la luna?
¿No habla todo de amor desde el alba a la tarde?
              
¡Ámame!
¡Ahora y no mañana; ahora y no luego!





              

Hay ciudades que no tienen catedral



Tiempo de silencio fue publicada en la editorial Seix Barral en 1961. Su autor un psiquiatra donostiarra llamado Luis Martín Santos. El argumento es un folletín; pero su estructura hace que la novela inicie la transformación de la narrativa en español. Los protagonistas, son los hombres -Pedro, Matías, El Muecas, Cartucho, Florita- y sus miserias. Pero también una ciudad -Madrid- que ... no tiene catedral:

Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan parcamente pobladas por una continuidad aprehensible de familias, tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto de su menguada pobreza, tan favorecidas por un cielo espléndido que hace olvidar casi todos sus defectos, tan ingenuamente contentas de sí mismas al modo de las mozas quinceañeras, tan globalmente adquiridas para el prestigio de una dinastía, tan dotadas de tesoros -por otra parte- que puedan ser olvidados los no realizados a su tiempo, tan proyectadas sin pasión pero con concupiscencia hacia el futuro, tan desasidas de una auténtica nobleza, tan pobladas de un pueblo achulapado, tan heroicas en ocasiones sin que se sepa a ciencia cierta por qué sino de un modo elemental y físico como el del campesino joven que de un salto cruza el río, tan abigarradas de sí mismas aunque en verdad el licor de que están ahítas no tenga nada de embriagador, tan insospechadamente en otro tiempo prepotentes sobre capitales extranjeras dotadas de dos catedrales y de varias colegiatas y de varios palacios encantados -un palacio encantado al menos para cada siglo-, tan incapaces para hablar su idioma con la recta entonación llana que le dan los pueblos situados hacia el norte a doscientos kilómetros de ella, tan sorprendidas por la llegada de un oro que puede convertirse en piedra, pero que tal vez se convierta en carrozas y troncos de caballos con gualdrapas doradas sobre fondo negro, tan carentes de una auténtica judería, tan llenas de hombres serios cuando son importantes y simpáticos cuando no son importantes, tan vueltas de espaldas a toda naturaleza -por lo menos hasta que en otro sitio se inventaron el tren eléctrico y la telesilla-, tan agitadas por tribunales eclesiásticos con relajación al brazo secular, tan poco visitadas por individuos auténticos de la raza nórdica, tan abundante de torpes teólogos y faltas de excelentes místicos, tan llenas de tonadilleras y de autores de comedias de costumbres, de comedias de enredo, de comedias de capa y espada, de comedias de café, de comedias de punto de honor, de comedias de linda tapada, de comedias de bajo coturno, de comedias de salón francés, de comedias del café no de comedia dell'arte, tan abufaradas de autobuses de dos pisos que echan humo cuanto más negro mejor sobre aceras donde va la gente con gabardina los días de sol frío, que no tienen catedral.


lunes, 23 de septiembre de 2013

San Pablo, dixit




El sentido de la vida. ¿Qué pasa con ella? ¿A dónde nos lleva? Este poema de Dámaso Alonso nos plantea esas y otras cuestiones que nosotros traemos ahora a clase. El libro del que forma parte se llama Hijos de la ira, y fue la primera auténtica novedad de la inmediata postguerra.  Se trata de un poema no escrito en verso, sino en versículo. Nos interesa que estemos atentos al ritmo. Se titula 

MUJER CON ALCUZA
A Leopoldo Panero

¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro,
por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y sacudía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan extrañas flores encendidas.

Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
solo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que en los túneles les pellizcan las nalgas,
...aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con una ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

...No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iban cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un instante en las sombras,
algún cuchillo como un limón agrio que pone amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Solo la velocidad,
solo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
solo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

...Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?

domingo, 22 de septiembre de 2013

Derechos



Leemos en El País el artículo de Alex Grijelmo sobre la frase que a todas horas escuchamos:

“Derecho a decidir” ¿qué?

Muchos verbos se quedan en nada si no están acompañados de más palabras. Oraciones como “yo entrego”, “tú llevas” o “él prepara” nos parecen incompletas cuando se terminan ahí. Oraciones, también, como “nosotros decidimos”. Esos verbos se denominan “transitivos” (del latín transire)porque su acción pasa, transita, hacia alguien o algo (el complemento directo).


En todos estos casos de frases cojas (“yo entrego”, “tú llevas”, “él prepara”), preguntaríamos a quien las pronunciase qué entrega él, qué llevo yo o qué prepara el otro. O qué decidimos nosotros.


“Decidir” procede del latín decidere, que etimológicamente implicaba “separar cortando” por su relación con caedere: cortar (Corominas y Pascual, 2011, página 181). Se trata por tanto de distinguir entre unas cosas y otras, de apartarlas para la mejor observación de sus diferencias. Según el Diccionario, la acción de “decidir” consiste en “formar juicio definitivo sobre algo dudoso o contestable”, y tiene como sinónimo “resolver” (tomar determinación fija y decisiva de algo). Hasta ahí todo nos muestra que decidir implica elegir entre distintas opciones, tras separarlas unas de otras para lograr un análisis más certero. Pero el sentido pragmático del idioma lleva a que entendamos en la conversación que las decisiones son actos y también efectos. Aunque elDiccionario no lo precisa, el verbo “decidir” liga en su contexto más frecuente la acción mental de determinar algo con su aplicación concreta. Si alguien dice “ayer estaba hambriento y decidí tomarme un chocolate con churros”, interpretamos que se lo tomó y hasta sentimos envidia por no haber hecho lo mismo.


Por tanto, “decidir” adquiere dos valores: un acto mental y un acto real. Ese valor doble lo convierte en un verbo idóneo para la manipulación, pues el emisor siempre podrá escudarse en que se refería a su significado exacto y no al sentido que solemos extraer de él. Imaginemos este diálogo:


—Dijiste que habías decidido aumentarme el sueldo, y me compré un coche.

—Sí, es verdad que lo decidí. Y lo sigo teniendo decidido, pero no sé cuándo te lo aumentaré. Yo que tú, devolvería el coche.


El contexto y la experiencia de los interlocutores resultan fundamentales en estos casos. Alguien puede decir que hace un año decidió no fumar más, y quizá le preguntemos si lo consiguió. Pero en caso de que ese mismo interlocutor nos cuente “hace un año decidí no hablarle más a Fulano”, entenderemos que ha roto realmente las relaciones con aquella persona.


Analicemos ahora con todos estos elementos el lema político derecho a decidir.


En primer término, y tratándose de un verbo transitivo en su núcleo duro, el sentido solamente se puede redondear con un complemento, explícito o implícito: ¿Derecho a decidir qué? Ese primer silencio constituye de entrada una clara divergencia entre el lenguaje de la gente y el lenguaje de la política, porque se comunica algo con una fórmula que no comunica algo. Si alguien reivindica el derecho a entregar, el derecho a llevar o el derecho a preparar, podemos apoyarle sin más, pues todos tenemos derecho a entregar, llevar o preparar, pero en la vida cotidiana le pediríamos datos adicionales: ¿el derecho a entregarnos la llave que le ha dejado el vecino?, ¿el derecho a llevar una matrícula falsa? ¿el derecho a preparar un engaño?... Si en esos verbos y en el lema derecho a decidir no se completa la oración, pero asumimos la idea inconclusa, alguien puede añadirle después un complemento según su propia conveniencia, y dar la frase por apoyada en su conjunto.


Y en segundo lugar, el deber de transparencia obliga a explicitar siderecho a decidir refiere solo un acto mental o comprende además una inmediata acción concreta.


Los políticos (por acá y por acullá) abusan de la ambigüedad y de los conceptos amplios: “Futuro”, “libertad”, “institucionalización”... Es el lenguaje que le sirve al poder, no el que le sirve a la gente. Y cuando ellos se expresan así, los demás tenemos derecho a decidir que preferimos sustantivos precisos y verbos con todos sus complementos.