lunes, 2 de marzo de 2015

LO QUE PASA EN LA CALLE

En el capítulo I, «Habla Juan de Mairena a sus alumnos», leemos:
—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle».
Mairena. —No está mal.

LOS EVENTOS CONSUETUDINARIOS

LA PUNTA DE LA LENGUA
Palabras para presumir del oficio
Todos usamos alguna vez vocablos de nuestra profesión que deslumbran a quien escucha, nos recuerda Álex Grijelmo en su ya habitual columna de El País para nosotros. Leemos.

Alguna gente no habla como los demás, y estira su propio léxico para ciertas cosas. Cualquier persona abre una cuenta bancaria, pero el empleado de la sucursal puede interesarse acerca de qué tipo de cuenta quiere usted aperturar.

El paciente va al hospital para hacerse un análisis; sin embargo, allí le preguntarán si quiere practicarse una analítica.

A usted le duele la cabeza y siente fiebre, pero el médico le dirá que padece una jaqueca y que presenta un cuadro febril.

Si sale de viaje en avión, les contará a sus familiares que espera aterrizar dentro de tres horas, pero el comandante le informará luego de que dentro de tres horas están estimando tomar tierra.

Usted llega a una fiesta solo o sola, pero si participa en una carrera ciclista querrá llegar a la meta en solitario.

Cada mañana, usted inicia la sesión de su ordenador, pero le puede aparecer el aviso de que el ordenador se está inicializando.

Alguien le para a usted en la calle y le pregunta la hora, y usted responde las cuatro menos veinte, a la vez que en la radio alguien anuncia que faltan veinte minutos para que sean las 16.00 horas.

Nosotros deseamos que los trámites ante la Administración se resuelvan cuanto antes, aunque desde esos despachos nos exijan todo a la mayor brevedad posible (sólo con lo que tardan en decir eso tan largo, ya empieza el retraso).

A un amigo le advertimos sobre una curva peligrosa en el kilómetro 78, pero Tráfico le avisará de una dificultad a la altura del punto kilométrico 78 con alta siniestralidad. Y si al final de la vía rápida nos vamos a encontrar semáforos, el cartel luminoso anunciará una regulación semafórica.

Le han robado a usted y el ladrón se ha fugado, pero la nota policial contará que el presunto delincuente se dio a la fuga.

El programa de televisión que usted sigue le ofrece mucha publicidad, así que de vez en cuando entra la publicidad, le ponen publicidad, escucha publicidad… pero la persona que está en pantalla le dirá: Y ahora nos vamos a publicidad. Y entonces o bien se queda usted quieto allí mismo, o bien se va realmente a otro sitio para no irse a publicidad quedándose quieto.

Se celebra la gala de los Oscar y decide usted conectar el ordenador para verla en directo, pero los responsables de la ciberpágina no se limitarán a informarle de que podrá seguir así la ceremonia, sino que le precisarán algo tan decisivo como que podrá verla en streaming.

Lo curioso de todo esto es que el presentador que le da la hora con un discurso lleno de más y de menos minutos arriba y abajo no comprenderá que se le indique en las carreteras el punto kilométrico de la siniestralidad y la semaforidad; aquella doctora que le recomendó una analítica sentirá extraño que a ella le reinicialicen la sesión del ordenador en vez de reanudarla; la azafata de Iberia que le habla de estar tomando tierra estimadamente dentro de tres horas verá raro que el asunto que desea resolver cuanto antes se lo prometan arreglar a la mayor brevedad posible. El policía que narra cómo el ladrón se daba a la fuga después de abrir una cerradura se preguntará por qué a él le aperturan una cuenta, y pensará en salir huyendo de la sucursal. A su vez, la empleada de banca recibirá con sorpresa el parte médico que le describe un cuadro febril cuando tiene fiebre, y que le hagan una analítica cuando necesita un análisis.

Todos nos vestimos alguna vez con palabras de nuestro oficio que deslumbran al desavisado. Pero no importa. Los demás sabrán perdonar estas imposturas si las analíticas son correctas, si los aviones llegan a su estimada hora, si los que se dan a la fuga acaban detenidos, si se agilizan los trámites a la mayor brevedad (o a la menor brevedad, nunca se sabe qué es mejor), si los bancos no nos engañan cuando nos aperturen algo, si la transmisión no se corta con el streaming, si en ese punto kilométrico arreglan la peligrosidad de la curva semafórica y si los que se van a publicidad acaban volviendo pronto de allí. 

                        

domingo, 1 de marzo de 2015

ACOSTUMBRADOS A QUE TODO TERMINE

El poema del mes: marzo de 2015. Biblioteca IES Al-Qázeres
Irene Sánchez Carrón


Al final

                      "Los ojos ven, el corazón presiente."
                                                                       Octavio Paz


Qué pocas cosas duelen. Digamos, por ejemplo,
que se puede no amar de repente y no duele.

Duele el amor si pasa
hirviendo por las venas.
Duele la soledad,
latigazo de hielo.

El desamor no duele. Es visita esperada.
No duele el desencanto. Es tan sólo algo incómodo.

Somos así, mortales
irremediablemente.
Sin duda acostumbrados
a que todo termine.

Del libro Porque no somos dioses 1998 (Premio de Poesía “Hermanos Argensola”, 1997)