lunes, 16 de octubre de 2017

MÁS VERBOS TRANSITIVOS, INTRANSITIVOS Y PRONOMINALES

empobrecer 
De en-, pobre y -ecer.
Conjug. c. agradecer.
1. tr. Hacer que alguien venga al estado de pobreza.
2. intr. Dicho de una persona: Venir a estado de pobreza. U. m. c. prnl.
3. intr. Dicho de una cosa material o inmaterial: Decaer, venir a menos. U. m. c. prnl.
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CORTESÍAS PARA INDICAR CERCANÍA


Nos pasamos el día oyendo hablar en catalán en la tele. Y entendemos casi todo. Algo, con esto de los incendios, en gallego, y lo entendemos. Muy poco en vasco, y apenas distinguimos algunas palabras hermanas de las nuestras. Pedro Álvarez de Miranda, que es catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, y miembro de la Real Academia Española de la Lengua escribe en El País, sobre esto de usar expresiones de otras lenguas, sobre cortesías y descortesías. Viene a cuento. Seguro:

Lenguas y voluntad de cercanía


Forma parte de lo que suele llamarse “cultura general” el tener una idea, siquiera aproximada, de cómo se pronuncian ciertos nombres extranjeros, pongamos Shakespeare, Camus, Boccaccio o Leibniz, por más que no se sea capaz de expresarse con soltura en los idiomas respectivos. Con los nombres geográficos no ocurre exactamente lo mismo, pues, si bien es asimismo necesario saber cómo pronunciar sin hacer demasiado el ridículo Cambridge, Montpellier, Arezzo o Heidelberg, disponemos, en buen número de casos, de “nombres propios propios”, es decir, de nombres de lugar españoles, en español, para ciudades, ríos, países, etc. que naturalmente también lo tienen, y no igual al nuestro, en las lenguas de los territorios donde se encuentran. Y así, no habría ni que recordar que decimos Londres y no London, Burdeos y no Bordeaux, Florencia y no Firenze, Colonia y no Köln. El mismo criterio nos lleva a algunos a defender privada y públicamente, temo que sin mucho éxito, el uso de los nombres propios castellanos, cuando disponemos de ellos, para referirnos a realidades territoriales de lengua vernácula no castellana. Es decir, a preconizar la conveniencia de no empobrecer nuestro repertorio denominativo prescindiendo de Lérida y Orense en beneficio de Lleida y Ourense. Y aunque no haya diferencias de pronunciación entre Cataluña y Catalunya, por obvias razones de coherencia muchos preferimos escribir, usando el castellano, aquella forma, y no la de grafía catalana.



Pasando de los nombres propios geográficos al léxico común, no me parece mal, en cambio —y es algo mucho menos comentado—, que, hablando en castellano y en referencia a realidades —sobre todo políticas— propias de los territorios bilingües de España, se deslicen en el texto escrito o en el discurso oral castellanos palabras y expresiones pertenecientes a las otras lenguas, catalán, gallego o vascuence. Un sentimiento de especial cercanía y familiaridad para con ellas lleva a la mayoría a hablar, expresándose en la lengua común —me centraré en el caso de Cataluña por evidentes razones de actualidad, también de frecuencia—, de el Govern, el Parlament, el President, el Estatut, el conseller más que de el Gobierno, el Parlamento, el Presidente, el Estatuto, el consejero. Sería peregrina idea hoy referirse al proceso o a los Mozos de Escuadra en vez de al procés y a los Mossos d'Esquadra (y nótese que ese uso ocasional de las voces catalanas no compromete, ni mucho menos, la pervivencia de nuestras palabras proceso y mozo). Aunque en textos castellanos antiguos aparece, a casi nadie se le ocurre emplear en nuestros días la Generalidad en vez de la Generalitat —si alguien lo hace, se diría que es con alguna reticencia—. Muchas de esas palabras catalanas son relativamente fáciles de pronunciar para los ciudadanos que no hablan esa lengua, mas, aun así, han debido aprender —saludable aprendizaje— que la g de Generalitat y la c de procés no suenan como las correspondientes letras castellanas. Los más cuidadosos se esfuerzan incluso por articular /el prusés/, y por pronunciar también como /u/ la o de Govern, aunque tal vez sea mucho pedirles (algunos lo logran) que pronuncien la /v/, es decir que digan /guvérn/, con labiodental, y no /gubérn/, con bilabial. Poco a poco, esta tintura o somera familiarización con la lengua catalana habrá llevado incluso a alguno a inferir ciertas reglas de pronunciación: a la vista de /guvérn/, /móssus/, /prusés/, /kunsellé/, los más avispados habrán deducido que, cuando no es tónica sino átona, la o del catalán es en realidad una u; el siguiente paso sería que aprendieran a pronunciar /kuláu/ cuando mencionen el apellido de la actual alcaldesa de Barcelona, frente al mucho más generalizado, fuera de Cataluña, /koláu/.



Desde hace tiempo, los castellanohablantes hemos ido aprendiendo a pronunciar como es debido apellidos catalanes: Puig, Domènech o Fortuny. Con todo, algunos pueden haber derivado en apellidos ya no catalanes (así, Puch, Doménech). Y si uno dice en Madrid que va a la calle Fortuny y pronuncia /fortúñ/ corre peligro de que no lo entiendan.

Reparemos, solo de pasada, en que, por lo general, lo mismo ocurre con el gallego y el vasco. Hemos aprendido a escribir la Xunta y a pronunciar /la shúnta/. Aunque dudamos a la hora de escribir lehendakari o lendakari (esta última figura en el diccionario de la Academia Española), empleamos esa palabra, y casi nunca presidente para referirnos al jefe del ejecutivo vasco, y nos esforzamos por distinguir entre un ertzaina y la Ertzaintza, enredándonos a menudo con esas secuencias de consonantes a las que no estamos acostumbrados. Hasta los que dicen /la ercháncha/ hacen su pequeño esfuerzo.

Lo esencial que quiero señalar es que nuestro comportamiento como hablantes es muy distinto cuando nos ocupamos de países extranjeros. Hablando de Francia nos referimos a la Asamblea Nacional y no a la Assemblée Nationale, al Presidente de la República y no al Président de la République, a la Gendarmería y no a la Gendarmerie. En referencia a Reino Unido, hablamos del Primer Ministro y no del Prime Minister —es cierto que se nos ha colado el anglicismo premier, que no sabemos si pronunciar llano o agudo, pero ha devenido palabra aplicable a cualquier jefe del ejecutivo, no solo al británico—, de la Cámara de los Comunes y no de la House of Commons. Del Senado, y no del Senato, para Italia, y del Canciller Federal, y no del Bundeskanzler, para Alemania, aunque es cierto —siempre hay excepciones— que sí alternan en español, refiriéndose a este último país, Parlamento Federal y Bundestag (casi nadie se acuerda ya de Dieta).

¿Qué revela esta disparidad de criterios entre el tratamiento de los vocablos de lenguas de otros países y los de otras lenguas españolas? Me parece claro: es una manera de subrayar nuestra especial estima por estas últimas, de transmitir que las sentimos más cercanas que aquellas, en alguna medida como nuestras, aunque, salvo excepciones, no seamos capaces de hablarlas.


No hay reciprocidad en el fenómeno que señalamos. Cuando hablan la lengua vernácula de Cataluña, los políticos de allí emplean el Govern espanyol, no insertan en el enunciado catalán la palabra castellana Gobierno. Tan solo lo señalo, no digo que deban hacer lo contrario. La conciencia de que su lengua ha podido estar relativamente preterida acaso los lleva al prurito de no prescindir de ninguna palabra propia. La voluntad de cercanía e integración por parte de muchos castellanohablantes, ese cierto esfuerzo nuestro, tal pequeña deferencia cortés, ¿han servido de algo? Parece que no de mucho, pues también a pesar de ello quieren marcharse. No todos, desde luego, pero sí muchos, muchos más de los que muchos desearíamos. A ver si somos capaces de arreglarlo entre todos.

¿Qué ha contestado? ¿Por qué lo ha hecho así?

Los artículos de Álex Grijelmo en El País son para nosotros fuente constante de reflexión. Abrimos con este una serie sobre cosas que escuchamos cada día.


El sí, el no y la insinuación
La gramática académica del español (página 3.156) define lo que son las interrogativas totales y las interrogativas parciales.

Las interrogativas totales fuerzan a elegir entre dos opciones opuestas. Si preguntamos “¿estuviste ayer en Murcia?”, sólo cabe elegir entre el sí y el no. Las preguntas parciales, sin embargo, dejan abiertas más posibilidades: “¿Dónde estuviste ayer?”.

Dentro de las interrogativas totales, se consideran dos opciones: las interrogativas polares y las interrogativas alternativas. Las primeras solicitan que se elija entre dos opciones sólo diferenciadas por la afirmación o la negación. Por ejemplo, si alguien pregunta “¿estás preparado?”, sólo se responde bien con un “sí” o un “no”. La segunda clase de interrogativas totales ofrece en la pregunta misma varias opciones: “¿Nombramos a Juan, a Elena, o a Eduviges?”. Estas ya no se ciñen a un sí o a un no, pero ofrecen toda la información necesaria a fin de que la respuesta se circunscriba a esas posibilidades.

La gramática también prevé la posibilidad de que se pregunte algo por vía directa o indirecta. Una pregunta directa sería “¿fuiste ayer al teatro?”; y una indirecta, “quisiera saber si ayer fuiste al teatro”.

Mezclando correctamente todas esas previsiones gramaticales, el Gobierno planteó la pasada semana al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, una pregunta total polar indirecta. Porque acordó requerirle “que confirme si alguna autoridad de la Generalidad de Cataluña ha declarado la independencia de Cataluña”; para solicitar a continuación “su respuesta afirmativa o negativa”, por si cupiera alguna duda gramatical al respecto.

En una conversación leal, ante una interrogativa total polar sólo caben un sí o un no, o circunloquios equivalentes. No se concibe filosóficamente nada en el medio. Preguntas como “¿eres licenciado en arquitectura?”, “¿naciste en Valencia?”, “¿te llamas Recaredo?”... admiten únicamente respuestas afirmativas o negativas, ya sean implícitas o explícitas, al margen de que luego se puedan matizar (pero una vez emitidas). Por ejemplo: “No soy licenciado en arquitectura, me falta un curso”; “sí, nací en Valencia pero no vivo allí”; “sí, me llamo Recaredo pero me llaman Reca”.

Por tanto, Puigdemont sólo disponía de esas dos opciones si deseaba responder lealmente a lo que se le pedía. Cualquier respuesta debía empezar con una afirmación o una negación. Y no lo hizo. Su contestación vulneró por tanto una de las máximas de la conversación leal y eficaz según las definió el filósofo británico Paul Grice (1913-1988): la máxima de claridad. Esta máxima debería constituir un pilar de la comunicación política, pero cada día vemos cómo se vulnera.

Sin embargo, Puigdemont sí responde indirectamente, y entre líneas, a la pregunta que le planteó Rajoy. Se apea de la claridad, pero se apunta a la insinuación. Y dice: “La suspensión del mandato político surgido de las urnas el 1 de octubre demuestra nuestra firme voluntad de encontrar la solución y no el enfrentamiento”.

Se percibe un cambio en esas palabras. Porque define así, en una segunda vuelta, lo que ocurrió en el pleno del martes 10 de octubre (que era el asunto sobre el que se le preguntaba): allí se produjo, dice, “la suspensión del mandato político”. Como se ve, modifica ahora su uso anterior del concepto “suspender”: Si aquel día dijo “propongo que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia”, ahora cambia el sintagma que recibe la acción y menciona “la suspensión del mandato político surgido de las urnas”. Por tanto, no se suspende ya la declaración de independencia (que, por otro lado, nunca se produjo formalmente), sino “el mandato político” surgido del referéndum ilegal. Eso permite interpretar que el presidente catalán concede un segundo paso atrás. Ahora ya no da a entender que declaró la independencia y luego la suspendió, sino que precisa que se produjo un mandato en las urnas y se suspendió la intención de hacerle caso. Entre una y otra acción ha desaparecido la acción intermedia, y crucial, de declarar la independencia.