domingo, 8 de abril de 2018

UN NEOEMPLEO PARA TODOS

De nuevo Álex Grijelmo escribe en su columna La punta de la lengua en El País sobre la palabra empleo y lo que encontramos por ahí:

Llamémoslo neoempleo


El Gobierno anuncia cada cierto tiempo que se han recuperado tantos o cuantos empleos en España desde que se desató la crisis. La Academia da a empleo una definición básica y certera (“acción de emplear”; “ocupación, oficio”), pero el Diccionario es sólo la puerta por la que se entra en las palabras. Para mirar en su interior y entenderlas en toda la extensión hace falta además observar sus contextos habituales, cruzar el umbral de su significado básico y analizar lo que alberga su historia.

El vocablo empleo se relacionaba antes de la crisis con una posición laboral estable, pagada adecuadamente según el puesto, con garantías de convenio y una legislación protectora. Sin embargo, el empleo que ahora llega para sustituir a aquél define una posición laboral inestable, mal remunerada, sin la protección de un convenio en un altísimo porcentaje y afectado por una legislación más tolerante hacia el despido. Un empleo nuevo para un joven de hoy supone un 33% menos de sueldo que el mismo puesto antes de la crisis.

Muchas empresas vivieron a partir de 2008 gravísimas dificultades; y no necesariamente por su mala gestión sino porque sus clientes se habían quedado sin dinero o se habían evaporado. En busca de la supervivencia, redujeron sus plantillas o bajaron los sueldos (o tomaron ambas medidas), y eso se puede condenar con el corazón pero se ha de comprender con la inteligencia (en el caso de que las decisiones fueran razonables y honradas). Poco a poco, los ingresos de algunas de ellas se han reanimado y han contratado de nuevo.

Ahora bien, antes de la crisis pocas personas con trabajo fijo se hallaban en situación de pobreza. Ahora las vemos por doquier.

Sin embargo, el léxico del Gobierno no renuncia a igualar situaciones tan desiguales, para atribuirse los méritos. Y realmente puede que no tenga otra opción. Quizás por eso valga la pena inventarla.

Los recursos del español dejan a nuestro alcance algunas piezas útiles, como el elemento griego neo-, con el que podríamos construir el término neoempleo. Aquellos empleos de otro tiempo permitían a las personas con trabajo mantener a sus familias y hacer planes a medio y largo plazo. Los neoempleos, sin embargo, ni siquiera dan para el sustento propio, obligan a menudo a buscar refugio en la jubilación de los padres y dificultan cualquier hipoteca.

Si acuñáramos esta segunda palabra, neoempleo, podríamos instar a la ministra Fátima Báñez a recoger en sus datos si han crecido los empleos o más bien los neoempleos, y si éstos ocupan el lugar de aquéllos. Ese vocablo nos serviría además para explicar mejor nuestra vida cotidiana: “Mi madre ha logrado un neoempleo que no está tan mal, tiene derecho a la hora del bocadillo”; “mi hija está neoempleada en una farmacia y nos ha dado una alegría porque le hacen descuento con las aspirinas”; “mi tío ha ganado mucho dinero este año en su empresa, gracias a que tiene muchos neoempleados”.

Es cierto que disponemos también del adjetivo precario, pero el empleo precario seguiría siendo empleo oficialmente. El adjetivo no desplaza al sustantivo. Y sin embargo la diferencia es sustancial.


Una buena manera de sumar peras y manzanas consiste en llamarlas a todas manzanas (aunque haya algunas podridas); y eso es lo que pasa con el empleo. En cambio, la acuñación de la voz neoempleo haría imposible de una vez que el Gobierno denominase el viejo y el nuevo empleo con la misma palabra.

EL ENIGMA QUE NOS MANDARON POR WHASTSAPP

Otra vez Álex Grijelmo escribe en su columna La punta de la lengua en El País sobre el uso machista de la lengua:
El enigma de los dos padres
Circula por WhastsApp un video con un ingenioso enigma:  “Un padre y un hijo viajan en coche. Sufren un accidente. El padre muere y al hijo se lo llevan a un hospital. Necesita una compleja operación. Llaman a una eminencia médica; y cuando llega y ve al paciente, dice: ‘No puedo operarlo, es mi hijo”.

¿Qué explicación tiene eso? El vídeo, elaborado por la BBC en español, ofrece las contestaciones de distintas personas a quienes se planteó por separado el acertijo: “No puede ser”. “Caramba, ni idea”. “El padre es el médico y el padre que murió es un sacerdote”. “Es un padre el que va en el coche, pero no el de ese hijo”. “Es un padre adoptivo”. “Es imposible, porque el padre está muerto”… Hasta que un hombre responde: “El médico es la mamá del hijo”. Y una mujer coincide después: “La mamá es cirujano”.

Los siguientes planos muestran la reacción de los demás interrogados (hombres y mujeres), una vez que conocen esa respuesta, que es la adecuada: “Ah…, dijeron ‘una eminencia médica’, claro. Qué horror”. “Qué fuerte. ¿Esto le pasa a más gente?”. “Es la cultura, nos lo tienen bien machacado”.

La autora del reportaje, Inma Gil, explica luego: “Hasta las personas más feministas pueden dudar a la hora de resolver este acertijo. Nuestro cerebro inconsciente puede contradecir los valores en los que firmemente creemos, como la igualdad de género”. Todo se debe, añade, a la “parcialidad implícita” de las conexiones neuronales: se vincula “eminencia médica” con la figura de un hombre, porque eso supimos desde niños.

Pero en este caso ni el lenguaje ni el subconsciente han sido discriminatorios: no hay nada machista en el mensaje ni en las respuestas. Incluso la expresión crucial, “eminencia médica”, se formula en femenino.

Intentaremos aportar algunas claves diferentes.

Se planteó un enigma, y todos ellos se basan en vulnerar alguna de las cuatro máximas necesarias para que se produzca una conversación leal (Herbert Paul Grice, 1975): 1. Hay que dar la cantidad de información adecuada. 2. Se contarán hechos verdaderos. 3. No se debe ocultar lo relevante. 4. Hay que ser claro.

En este caso, el mensaje incumple la primera, la tercera y la cuarta: ofrece menos información de la que se tiene (al decir “una eminencia” oculta el sexo de esa persona), silencia el dato relevante de que se trata de la madre y es deliberadamente ambiguo.

Nos hallamos ante un ejemplo similar a los que exponíamos en un artículo anterior (EL PAÍS del 25 de febrero, No es sexista la lengua, sino su uso). Entonces planteábamos estos dos casos: 1. “En el concurso de belleza participaron veinte jóvenes” (y el receptor entiende “mujeres”); 2. “Entre sólo tres policías detuvieron a los diez terroristas” (y se entiende dos veces “hombres” al oír “policías” y “terroristas”). Así que, como se ve, estas trampas funcionan con los dos sexos.

La explicación radica en que resolvemos las ambigüedades proyectando sobre ellas la experiencia más intensa, ya se trate de personas, animales o plantas. Si oímos la palabra “árboles”, también pensaremos en los pinos que tenemos cerca y discriminaremos a los cipreses. Y si en nuestro entorno las eminencias médicas, los policías y los terroristas son hombres, y los concursos de belleza que vemos por televisión muestran a mujeres, no se debe echar la culpa ni al hablante, ni al receptor ni a la lengua, sino a la realidad. Y por tanto es la realidad lo que debemos cambiar.
Por favor, no disparen a las palabras ni al lenguaje sin haber mirado antes a su alrededor.

A BORDO DE UN PATINETE

Otra vez Álex Grijelmo para recordarnos que tenemos la preposición en y así hablar sin artificio. Leámosle en su columna de La punta de la lengua en El País:
Puigdemont a bordo
El mal lenguaje periodístico tiende a distanciarse de la manera sencilla de hablar de la gente instruida. Uno de los trucos de columnistas y redactores para tirarse el folio como si fueran de otra estirpe consiste en expresar con exceso todo aquello que se puede decir sin artificio.

Entre esos estiramientos figura la sorprendente querencia hacia la locución adverbial a bordo. El último ejemplo general se dio con la detención de Carles Puigdemont en Alemania. Rara fue la noticia que no incluyó oraciones como las siguientes (todas ellas reales): “El dirigente catalán fue seguido mientras viajaba junto a otras cuatro personas a bordo de un vehículo Renault Espace”. “A bordo del vehícu­lo en el que intentaba llegar a Bélgica había otras cuatro personas”. “La Policía Nacional ha ordenado investigar a los dos miembros de la policía autonómica catalana que acompañaban a Puigdemont a bordo del vehículo”. “A bordo iban dos mossos y dos amigos del expresident”.

Nadie imaginaría una conversación entre dos conocidos que se dijeran en la calle frases como éstas: “Ayer me llevó mi hermana a casa a bordo de su Opel Corsa”. “Iba a bordo de mi coche cuando oí por la radio que habían detenido a Puigdemont”. “No sé si mañana nos desplazaremos a bordo del coche o a bordo de la moto”.

Cuánto estará sufriendo en su rinconcillo la modesta preposición en.

La locución a bordo de se usa desde hace siglos para mencionar el interior de una embarcación; es decir, de lo que tiene borda o bordo (antiguamente, las lindes de un navío). Mucho más tarde se extendió a los aviones, igual que gran parte del léxico marino (embarcar, proa, popa, babor, estribor, navegación, borda, nave, velocidad de crucero, bodega…). Pero la Academia mantenía quieta desde el siglo XVIII la definición de a bordo (“en la embarcación”, decía simplemente), sin ampliarla a la aviación pese a la frecuencia de ejemplos como “estoy a bordo del avión”, “no se puede fumar a bordo de la aeronave”, o “los secuestradores siguen a bordo del aparato”.

El uso se ciñó a barcos y aviones durante muchos decenios hasta que a cierto gabinete de prensa policial le dio en los años ochenta por escribir cada dos por tres “los atracadores huyeron a bordo de un coche”. Recuerdo haber leído con extrañeza oraciones como ésa en las notas oficiales que llegaban a la Redacción para dar cuenta de los sucesos madrileños. La nueva expresión fue invadiendo los teletipos y los diarios porque algunos redactores la reproducían textualmente. Después empezaron a aparecer en los coches los carteles de “bebé a bordo”, copia literal del inglés baby on board (hay un bebé dentro).

La Academia percibió con el tiempo ese uso frecuente (tal vez ese abuso) de a bordo para los autos, y lo reconoció a partir de la edición del Diccionario de 2001. En ella señalaba ya que significa “en una embarcación y, por extensión, en otros vehículos”.

No se precisa cuáles son esos “vehículos” de la extensión, y por tanto podrían acogerse a ella todas las personas que dijesen haber viajado a bordo de una bicicleta, o quizás a bordo de un patinete. Y también los dos amigos que acompañaban a Puigdemont, quienes tendrán a su alcance alegar que formaban parte de su dotación de a bordo; mientras que los dos policías autonómicos, lejos de actuar como supuestos cómplices de su fuga, siempre pueden aducir que los habían contratado como tripulación.