jueves, 10 de octubre de 2013

Xavi, Xabi y Javi



Ahora que hemos terminado de estudiar la fonética y la fonología te invitamos a que leas este artículo de Alex Grijelmo. Ya hemos traído otras columnas suyas de El País  a clase. Coméntalo por escrito y entrégalo al profesor. Activa todos los conocimientos que tengas sobre las cuestiones que se plantean. Trata de sacar conclusiones claras. Seguro que podrás hacer reflexiones interesantes:

 

Los dos Xabis” o “los dos Xavis”

La línea medular de la selección española de fútbol cuenta con Xavi Hernández, Xabi Alonso... y además Javi Martínez

La selección española suele contar en su equipo titular con Xabi Alonso y Xavi Hernández, vasco de Tolosa el jugador madridista y catalán de Terrassa el azulgrana. No pudieron jugar juntos en la Copa Confederaciones que se disputó el pasado junio, porque el tolosarra sufría una lesión, pero lo han hecho en innumerables ocasiones y —por el bien del fútbol— esperemos que coincidan muchas veces más.


La semejanza que algunos locutores han percibido en sus nombres y la búsqueda incesante de la originalidad en el periodismo han dado lugar a que en ciertas ocasiones se hable de “los dos Xabis” (¿o “los dos Xavis”?) en algunas emisoras que ofrecen de esta forma la alineación correspondiente a la zona medular: “En el centro del campo, los dos Xabis”.


Salvando todas las distancias, y con el respeto que merecen ambos futbolistas, el problema se parece a aquel chascarrillo según el cual una vaca viajaba subida en la baca y al accidentarse el coche se caían las dos. ¿Las dos bacas? ¿Las dos vacas?


La respuesta adecuada indicaba que no se podía hablar ni de bacas ni de vacas, pues se trataba no solo de dos significados diferentes sino también de dos significantes distintos.


Baca y vaca constituyen un claro ejemplo de términos que técnicamente se llaman “parónimos”: vocablos “que tienen entre sí relación o semejanza, por su etimología o solamente por su forma o sonido”. Y que no por ello son sinónimos.


Así sucede con Xabi y Xavi. Y también con Javi, porque la España plural disfruta de un fútbol tan rico que su calidad y variedad se extiende incluso a las formas léxicas. En el equipo conviven, con la contribución del navarro Javi Martínez, tres maneras distintas de expresar el mismo nombre en tres lenguas españolas.


¿Diremos algún día que coinciden en un partido de la selección “los tres Javis, “los tres Xabis”, “los tres Xavis?


El motivo de que Xabi se escriba con “be alta” y Xavi con “ve baja”, según designan a estas letras en América, no tiene relación alguna con la estatura de cada uno de ellos como oí una vez a alguien que hablaba con buen humor. La escritura es distinta porque se trata de dos palabras de dos idiomas diferentes.


En euskera la grafía correcta del apócope que en castellano escribimos “Javi” precisa de una equis y una be. Y en catalán, la be se torna una uve.
Esos dos nombres ni siquiera tienen la misma pronunciación, hecho al que debieran atender con más mimo (y mayor respeto a nuestras lenguas) algunos narradores deportivos: el “Xabi” vasco suena más a Sabi; mientras que el catalán anda cerca de la pronunciación Chavi. Pero oímos con frecuencia “Sabi Hernández” y “Chavi Alonso”, sin mayor criterio.


Igual sucedería con dos jugadores que se llamasen “Charles” y “Carlos”. ¿“Los dos Charles”, “los dos Carlos”? No, estamos ante dos palabras y dos lenguas distintas. La confusión se extiende a otros nombres vascos o catalanes, como Mikel y Miquel (llana aquella palabra en euskera, aguda esta en catalán).


Hace muchos años que convivimos en los medios de comunicación con nombres propios del catalán, el gallego y el euskera. Antaño casi nadie se llamaba en público Agustí, Brais o Ander, ni mucho menos en el registro. Incluso un periódico de Madrid castellanizó durante años, ya en plena democracia, los nombres propios de persona de otras lenguas españolas: “Miguel Roca” en vez de “Miquel Roca”, por ejemplo.


Los nombres de pila ajenos al castellano suelen ocasionar dificultades a quienes hablan en la radio o la televisión. Cuántas veces hemos oído “Ártur Mas” con acentuación llana en el nombre de pila pese a que corresponde aguda, pues no se trata de un inglés sino de un catalán. O Róbert donde procede “Robert” (en este caso con mayor intensidad en la última sílaba).


Tal vez resulte interesante para la mejor convivencia de las culturas peninsulares, y sin desdén alguno hacia las insulares, que todos conociésemos algunos rudimentos de las lenguas autonómicas: que los castellanohablantes supiéramos, por ejemplo, contar hasta diez en catalán o en euskera o en gallego, o decir “buenos días” y “buena suerte”, o “hasta mañana” y “feliz Navidad” o “feliz cumpleaños” en cualquiera de esos idiomas; o “felicidades por la victoria de tu equipo ayer”.


Quizás para algunas generaciones resulte algo difícil a estas alturas, pero al menos los periodistas que han de citar a diario nombres propios en catalán, gallego o euskera sí pueden, si así lo desean, afrontar el esfuerzo de saber bien cómo se pronuncian. Y tal vez no sea mala idea que los maestros de toda España ocupen algunos ratos de sus clases —incluso a iniciativa personal— para impartir ciertas nociones sobre esos idiomas y sus palabras más usuales. (Quizás muchos ya lo hacen).


Quién sabe si así todos sentiremos más nuestras las otras lenguas que, en tanto que ciudadanos de una nación rica en culturas, también podemos considerar como propias.




martes, 8 de octubre de 2013

Pepa, Pepona, ven




Luis Rosales es, posiblemente el autor más destacado de la llamada Generación del 36. En 1967  presenta la versión definitiva de La casa encendida. Leamos un fragmento:



La tristeza es anterior al hombre, es la tierra del hombre,
y, mientras tanto,
la luna descansaba sobre las aguas de un mar abandonado,
abandonado, para siempre, allí
entre la barca sola y la escalera y la total extensión de las aguas
del mar, que era tan sólo una violeta
deshojando su forma
en los dorados ojos de luz hacia la tarde
que yo entonces miré por vez primera,
mientras el mar desataba y dejaba, una tras otra, todas sus
violetas
anocheciendo húmedamente en tus rodillas,
desdoloriendo aquella carne que, sangraba esperando.

Y yo recuerdo que le dije algo queriéndola vendar,
queriéndola de pronto irrestañablemente,
y ella me contestó :
No se preocupe:
me nacen arañazos cuando espero.

Y la volví a mirar. Vi que era bella,
que era indeleble y rubia como un agua con sol,
y que tenía
los ojos juntos y apretados como dentro de un beso,
como dentro de un labio que estuviera escribiéndoles
bajo una frente nueva cada día;
y vi que despertaba de algún dolor o de algún sueño
con la mirada titilante aún y restregándose los ojos
y entrecruzando la mirada con aquella sonrisa
que se borraba entre sus labios, que se escuchaba sonar aún sobre
sus labios,
igual que un paso que se aleja
y que se pierde, al fin, entre la lluvia.

...Y la volví a mirar. Y comprendí al mirarla
que, tras de la desnuda extensión de las aguas,
todo estaba desierto,
todo estaba vacío, lo mismo que una máscara que se empieza a
dormir,
y vi que el mundo parecía sonámbulo,
y un poco más pequeño que la tristeza de su voz,
que la tristeza que es anterior al hombre,
que la tristeza con que el muelle desierto comenzaba a vivir y se
extendía.

¿Sabes?
Me llamo Luis.
Y todo se hacía joven con la tristeza ebria y humanamente bautismal
del año nuevo,
y todo se hacía tuyo y hacia la juventud
de esas flores antiguas,
que, al reunirse, despiertan, súbitamente, con aroma
hacia la juventud de aquellos nombres que son tan sólo nombres,
y, sin embargo,
al contemplarse juntos trasparecen,
se encienden y se queman y recuerdan
algo que va a pasar, que nunca pasa y está pasando todavía;
¿Te llamas Luis?
Supongo
que no te llamarás para todos igual...

Y como iban moviéndose también; secándose también y emigrando las
aguas,
y como iba cayendo la sombra, sobre el mundo
y ya sólo existía aquel temblor a oscuras,
yo reuní, para ti, como en un ramo, a todas las palabras
verdaderas,
yo reuní todas las palabras,
y abrazándote entonces,
te puse para siempre,
te puse, para siempre, sobre los labios el nombre de María.

"Y puede ser que estemos todavía unos dentro de otros,"
y puede ser que habitemos aquella casa de la infancia
donde el latido del corazón tenía las mismas letras que la palabra
hermano;
y Gerardo...
-ya sabéis que Gerardo quería llegar a ser como un domingo
cuando fuera mayor-,
y aquella casa estaba viva siempre,
estaba ardiendo siempre durante varios años de juego indivisible,
de cielo indivisible,
de cielo con su tiempo indivisible y circular que comienza en
mañana,
y «quien te cuida, Luis»,
y puede ser que aquella casa siga aún creciendo sin paredes,
y puede ser que todos nos reunamos en ella,
ardiendo aún dentro de aquella casa,
dentro de aquella infancia,
en donde al patio de la sangre le llamábamos Pepa,
y en la cual, si llegaba el cansancio, le llamábamos noche todavía;
y «quién te cuida, Luis»,
y puede ser que yo sea niño,
«Pepa, Pepona; ven»,
y Pepona llegaba hacia nosotros con aquel alborozo de negra
en baño siempre,
con aquella alegría de madre con ventanas
que hablaban todas a la vez, para decirnos
que no hay tarde sin sol, ni luz que no caliente
las mieses y las manos,
«pero, Pepa; Pepona, ¿dónde estás?»,
y estaba siempre
tan morena de grasa
que parecía como una lámpara
vestida con aquel buen aceite tan pálido de la conformidad;
y era tan perezosa,
que sólo con sentarse
comenzaba a tener un gesto completamente inútil de pañuelo doblado,
de pañuelo de hierbas;
y vosotros recordaréis conmigo
que tenía un cuerpo grande y popular,
y una carne remisa y confluente
que le cambiaba de sitio acomodándose continuamente a su postura,
como cambian las focas, para poder andar, la forma de su cuerpo,
y vosotros sabéis todavía,
después de quieta siempre, era tan buena,
tan ingenua de leche confiada,
que muchas veces las avispas se le quedaban quietas en las manos,
y ahora está en una cama de carne de hospital
con el cuerpo en andrajos,
y vosotros sabéis, y Dios lo sabe, que se llamaba Pepa,
«pero, Pepona, ven, ¿cómo no vienes?»,
y vosotros sabéis
que todos los hermanos hemos vivido dentro de ella,
sin encontrar la puerta de salida
durante muchos años,
que sus manos han sido las paredes de la primera casa que tuvimos
durante muchos años,
hasta que al fin la casa grande,
la casa de la infancia fue cayéndose,
la casa de hora única, con una estancia sola de juego indivisible
de cielo indivisible,
se fue cayendo al fin, sobre nosotros, con la carne de Pepa,
se fue cayendo como ella, y agrietándose al fin
la casa de la infancia,
y dejó de volar el abejorro silabeante que reunía entre sus alas
nuestros labios,
y quedó sólo en pie la casa chica,
la casa que tenía
una luz inmediata de mármol en el patio,
la casa verdadera
-con salas y azulejos y penumbra de labio en el zaguán-,
en donde todos comenzamos a tener habitación individual
y nombre propio,
la casa que también comenzó con nosotros a enterrar a sus muertos,
la adolescencia triste y sin motivo,
la casa con cimiento,
donde se quema aún, donde se está quemando el alma sin arder
todavía.

(...)

Al día siguiente,
-hoy-
al llegar a mi casa -Altamirano, 34- era de noche,
y quién te cuida, ¿dime?; no llovía;
el cielo estaba limpio;
-«Buenas noches, don Luis» -dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
-sí, todas las ventanas-;
Gracias, Señor, la casa está encendida.

lunes, 7 de octubre de 2013

Su nombre era el de todas las mujeres

Loquillo canta a Luis Alberto de Cuenca.

Voy a leer un poema






El desenfado de este poema se hace trascendente cuando concluye. Leamos este poema de Luis Alberto de Cuenca:



Voy a escribir un libro

Voy a escribir un libro que hable de las (poquísimas)

mujeres de mi vida. De mi primera novia,
me enseñó el amor y las puertas secretas

del cielo y del infierno; de Isabel, que se fue

al país de los sueños con el pequeño Nemo,

porque aquí lo pasaba fatal; de Margarita,

recordando unos jeans blancos y unos lunares

estratégicamente dispuestos; de Ginebra,

que le dejó a Lanzarote plantado por mi
culpa 
y fundó una familia respetable a mi costa;

de Susana, que sigue tan guapa como entonces;

de Macarena, un dulce que me amargó la vida

dos veranos enteros; de Carmen, que era
bruja
 y veía el futuro con ojos de muchacho;

de la red que guardaba los cabellos de Paula

cuando me enamoré de su melancolía;

de Arancha, de Paloma, de Marta y de Teresa;

de sus besos, que izaron la bandera del triunfo

sobre la negra muerte, y también de su helado

desdén, que recluyó tantas veces mi espíritu

en la triste mazmorra de la desesperanza.

Voy a escribir un libro que hable de las
mujeres
 que han escrito mi vida.

domingo, 6 de octubre de 2013

También es la memoria de los vivos y los muertos





En La memoria del gallo nuestro paisano de Helechal Justo Vila construye  un universo poético (sí, hemos dicho poético) en el que muchas voces sirven para construir la realidad rural de Extremadura. Creo (y no creo mentir) que es el mejor de los novelistas extremeños. Ni una página escrita por él me deja indiferente. Ésta espero sea la puerta que os invite a leer su obra:


Mi marido enciende los ojos todos los días sobre las cinco y media de la mañana y se va al corral a despertar a los gallos. Mientras se encaraman a las tapias, él saca un cubo de agua fresca del pozo y se lava. Luego echa un rato con los perros y, mientras ordeña las cabras, les habla del día que les espera. Cuando la aurora empieza a crecer por la parte de Artobas y las alondras abandonan el abrazo de los limoneros en las huertas, vuelve con una brazada de leña, enciende la lumbre, pone a hervir la leche, me levanta, me viste, me lava y me lleva en brazos a la cocina, que ya está calentita. Cuando sale al monte con el ganado me deja aquí, sentada en la mecedora, frente a la ventana, para que imagine que pasa gente (tengo siempre la radio al alcance de la mano, pero, como ya no dan aquellas novelas tan bonitas, que ahora siempre están que si la "eta", que si el "euro" y las vacas locas, pues casi no la escucho) hasta que vuelve a mediodía y me prepara y me da de comer y me coloca aquí, entre la ventana y el televisor. A media tarde él vuelve a salir, pero no a la sierra sino a arreglar algún tejado de los que se están cayendo o alguna puerta o la iglesia, que la tiene como los chorros del oro, o el camino de los huertos, que está siempre peleando con las zarzas para que no se lo coman (ahora anda a vueltas con la escuela, para cuando lleguen Simaá de Évora y sus hijos, y los hijos de sus hijos, que no creo que vengan ya. La carta anunciaba su llegada para hace dos o tres días. ¿Qué portugueses, ni nadie, van a querer vivir aquí, si los que aquí nacieron huyeron hace más de treinta años?). Vuelve a casa a la puesta del sol y tampoco para. Todas las noches, antes de acostarnos, miramos un buen rato las fotografías de los hijos y los nietos, que ya piñonean. Antes de apagar los ojos, mi Samuel me da un beso (Hasta mañana, Blasa. Si Dios quiere, Samuel) y luego, por regla general, se me duerme como una criatura.
Todos los días son así, menos hoy. Es por eso que tengo miedo. Dios quiera que no le haya pasado nada. Si pudiera moverme iría adonde Andrino a preguntar si lo ha visto por la Morisca.
Ya es de noche y hay tormenta. A ratitos me entra frío. No sé lo que me pasa. De pronto he notado una sensación muy extraña, como si estuviera dentro de un sueño. Ya no estoy sentada en la mecedora delante de la ventana. Creo que estoy en el cuarto, pero no me acuerdo de que Samuel me haya acostado, ni me acuerdo de haber oído el parte esta noche, ni de haber mirado los retratos de los muchachos. Todo está oscuro. Oigo campanas. Mi marido ha debido salir a ver si averigua por quién doblan esta vez.
Ahora se oyen cuchicheos ahí  fuera. ¡Qué raro! Una de las voces es la de Andrino. Y ésa… Ésa es la maestra. ¿Cómo se llama? Lo tengo en la punta de la lengua. ¡Doña Olimpia! Eso es. ¡Vaya con el nombrecito! Como que para que una se acuerde… ¡Dios santo! El que solloza es mi marido. ¿Le habrá pasado algo? Un momento: creo que se acercan. Sí, es él que viene con su mirada de luz. El cuarto se ilumina. ¿Quién es toda esta gente? ¿Qué hacen aquí mi madre y mi abuela? Aquellas son Irene y Engracia. El muchacho de la mirada perdida debe ser el hijo de la maestra. Está también mi suegra. Y… están todos los que ya no están. No puede ser… ¿Por quién doblan esta noche las campanas?…