viernes, 20 de febrero de 2015

¡YUNQUES, SONAD; ENMUDECED, CAMPANAS!



Antonio Machado homenajea al maestro Giner de los Ríos:


A Don Francisco Giner de Los Ríos


Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?... Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
...¡Oh, sí!, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas...

Allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.

AL MAESTRO QUERIDO

Giner de los Ríos: más que un maestro
Tereixa Constela nos habla, en El País, del homenaje al fundador de la Institución Libre de Enseñanza, fallecido hace un siglo.

En el verano de 1883, durante cinco semanas, caminando o, en su modalidad más cómoda, en asiento de tren de tercera, Francisco Giner de los Ríos recorrió media España junto a alumnos y profesores de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). “Sin saberlo nosotros, íbamos buscando por estos montes, no a la serrana del Arcipreste, sino la nueva España del porvenir”, relataría posteriormente el socialista Julián Besteiro, uno de aquellos excursionistas. La ILE, un fogonazo que duró seis décadas, expandió una renovadora fe laica, que veneraba la cultura y la ciencia, sacaba los libros al monte y sacudía la pelusa del retraso con el envío de talentos al exterior y la invitación a España de quienquiera que tuviese algo notable que aportar: Marie Curie, Albert Einstein, Alexander Calder o John Dos Passos.

Fundada en 1876 y defenestrada (y vilipendiada) tras la Guerra Civil por la dictadura, la ILE fue una de las criaturas más innovadoras alumbradas en España. Sin ella no se entiende la generación de luciérnagas que puso patas arriba la cultura española en los años treinta. “Lo iniciado por Giner de los Ríos con la ILE en 1876 sólo se pudo apreciar cabalmente 40 años después, tras su muerte”, sostiene José García-Velasco, secretario de la Fundación Giner de los Ríos, en la obra de tres volúmenes dedicada a la institución y a su fundador, publicada en 2014.


Francisco Giner de los Ríos (Ronda, 1839-Madrid, 1915), hijo de un funcionario de Hacienda, fue un inusual visionario, que no quedó atrapado en la telaraña de la teoría ni en la nostalgia del fracaso. En 1875 le apartaron de su cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional de la Universidad Central por negarse a acatar la norma que impedía las críticas a la religión católica o a la monarquía —el mismo destino que sufrió Nicolás Salmerón, también krausista y cómplice en la aventura de la ILE—. Ese mismo año Giner de los Ríos fue encarcelado en Cádiz, donde comenzó a mascar su futuro proyecto. En julio escribe: “Mi plan, para el año próximo, es abrir en Madrid dos clases privadas, a ver si puedo vivir de mi trabajo por este camino. Si se realizan algunos ofrecimientos que nos hacen, tal vez organicemos modestamente una pequeña institución de enseñanza superior libre, con una escuela de Derecho”.

La Institución nació al año siguiente como un electrón libre en lo institucional, “completamente ajena a todo espíritu e interés de comunidad religiosa, escuela filosófica o partido político, proclamando tan sólo el principio de la libertad e inviolabilidad de la ciencia”, según sus estatutos. Su primera vocación —universidad privada y laica, a semejanza de la Universidad Libre de Bruselas, fundada por masones belgas— no cuajó, “pero esto lejos de desanimar a Giner y sus compañeros, les llevó a adoptar la opción estratégica que 30 años después se revelaría como una inversión muy productiva”, recuerda García-Velasco. Se volcaron en la enseñanza primaria y secundaria —Antonio Machado sería uno de sus alumnos— y, sobre todo, iniciaron una estrategia de ramificación de su filosofía en una serie de organismos públicos y autónomos —el Museo Pedagógico, la Junta de Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes o el Instituto-Escuela— que contribuirían a formar brillantes científicos, intelectuales y políticos. Y aunque menos de lo que sus enemigos proclamaban, el espíritu institucionista caló en numerosos ámbitos. “Con el tiempo”, señalan los historiadores Javier Moreno Luzón y Fernando Martínez López, “las dimensiones políticas de este organismo libre tuvieron un gran alcance”. Tanto por las generaciones de intelectuales crecida bajo su paraguas como por el hecho de que sus políticas permearon las iniciativas de algunos gobiernos.


En la misma casa donde Francisco Giner de los Ríos murió hace justo un siglo —y que acaba de ser rehabilitada tras 10 años de trabajo— se reunieron ayer para recordarle personas vinculadas a la Fundación que lleva su nombre, heredera del espíritu ILE, entre ellas Salvador Giner, Laura García-Lorca, José Manuel Sánchez Ron, Isabel de Azcárate Gómez o Nicolás Sánchez Albornoz. La actriz Ariadna Gil, cuyos abuelos se conocieron en la Residencia de Estudiantes, recitó el poema que Antonio Machado le dedicó a su antiguo profesor: “Allí el maestro un día / soñaba un nuevo florecer de España”.

martes, 17 de febrero de 2015

EL QUIJOTE 33. FORGES Y CERVANTES




SEAMOS EDUCADOS

Álex Grijelmo nos ayuda a ser corteses:

Hispanovenezolana o venezolanohispana


Garbiñe Muguruza nació de padre español y madre venezolana. Hace un año destacó en el torneo de Roland Garros, y con ello brotó el debate sobre la nacionalidad deportiva que adoptaría la tenista cuando le correspondiese participar, como acaba de suceder, en la Copa Federación (la Copa Davis femenina) o, más tarde, en los Juegos Olímpicos. Pero llamaba la atención que entonces los medios informativos españoles se refirieran a ella como la tenista hispanovenezolana, y en casi ningún caso venezolanohispana o venezolanoespañola. Ahora sí es más hispanovenezolana, pero por su propia decisión, no por la nuestra.
La buena educación ha llevado al idioma la costumbre de que el hablante se sitúe al final de cualquier enumeración, y así decimos “mi hermana y yo”, y no “yo y mi hermana”. Cuando los alumnos de primaria incurren en el error de invertir los términos, el maestro les suele arrojar una frase muy útil para la ocasión: “El burro delante para que no se espante”.

Los españoles arrastramos todavía cierto complejo de inferioridad en muchos ámbitos (por eso tanto anglicismo), pero tal prejuicio se hace añicos si debemos compartir gentilicio con alguien: ahí nos ponemos los primeros, para no espantarnos. El propio Diccionario lo hace cuando define la entrada hispano y detalla dos ejemplos de su ensamblaje con otros términos: Hispanófilo, hispanoamericano. En este segundo caso entendemos que hispano se relaciona más con el idioma que con la nacionalidad, pero en el primero habría cabido la opción filohispano para ilustrar el uso de ese elemento compositivo. De hecho, la entrada de filo recoge en el Diccionario los dos lugares donde se puede emplazar a su vez (por delante o por detrás): Filosoviético, anglófilo. Sin embargo, hispano sólo aparece por delante.

Esa misma estela seguimos cuando se produce una reunión entre dirigentes políticos de España y de cualquier otro país (cumbre hispanofrancesa y no cumbre francoespañola), o cuando logramos algún empeño con otros (“película hispanoargentina” como sucede en la sensacional Relatos salvajes, y no “argentinoespañola” o “argentinohispana”).

A veces el genio del idioma nos obliga, con la suavidad y la fuerza de un panda gigante, a ordenar tal y como él decida los elementos compositivos de una palabra. Por ejemplo, podemos expresar la idea de “acabar con la vida” mediante el elemento español “mata” o con el latino “cida” (que procede de caedere, “matar”). En la forma española siempre irá por delante el verbo, mientras que la herencia clásica nos hace situar el elemento latino detrás, ya se trate de palabras sinónimas o no: matarratas, pero raticida; matamoscas, pero insecticida; matahombres, pero homicida. Y la misma alteración se da entre matacucarachas y regicida, matahambre y genocida, matagigantes y parricida, matasanos y herbicida...

Convivimos con otros muchos casos de palabras compuestas por un verbo y un sustantivo, y vemos que si el vocablo resultante se genera dentro del idioma español, el verbo irá primero. Si se lo pedimos prestado al latín o al griego, lo situaremos casi siempre detrás: quitamanchas, sacacorchos, buscavidas, friegaplatos, comehombres..., pero antropófago, ovíparo, ignífugo, centrífuga... De modo que “quita”, “saca”, “busca”, “friega” o “come” anteceden al sustantivo, y relegamos al final de la palabra los elementos griegos o latinos “fago”, “paro” y “fugo”.


Pero junto a esa rigidez que arraiga en la historia de la lengua, el genio del idioma sí que admite cierta flexibilidad con hispano y “español”. Por eso deberíamos acudir de vez en cuando al genio de la cortesía, sobre todo en la cartelería oficial. De ese modo, diríamos Festival de Psicología Argentinoespañol, pongamos por caso, Encuentro Helveticohispano sobre Relojería o Congreso Germanoespañol de Control del Gasto. Porque, dicho sea de paso, en ciertos asuntos vale la pena reconocer que el otro va por delante.

EL QUIJOTE 32. ENTERRADO EN SU BARRIO



“Mandóse enterrar en las monjas Trinitarias”

Winston Manrique Sabogal nos cuenta por qué sabemos dónde está enterrado Cervantes

Con un gran aplauso, el jueves 10 de marzo de 1870, la Real Academia celebró “el gran valor probatorio” de que los restos de Miguel de Cervantes Saavedra yacían en el Convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, en la calle Cantarranas, hoy Lope de Vega, del barrio de las Huertas, de Madrid.

La acreditación la hizo, tras cuatro sesiones, el 14º director de la Academia Española, Mariano Roca de Togores, Marqués de Molins. “Fue la primera acreditación realizada oficialmente y sirve de base para las investigaciones que se hacen estos días allí”, recuerda entusiasmado Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes y exdirector de la RAE, tras la noticia de la aparición de un ataúd con las iniciales MC, formadas por numerosas tachuelas. Es el primer resultado del equipo que busca el féretro del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha.

No es una prueba definitiva de que allí está Cervantes, nacido en Alcalá de Henares el 29 de septiembre de 1547 y fallecido en Madrid el 23 de abril de 1616. Pero se sabe que las monjas lo acogieron con cariño, y Molins reconoce que no sabe en qué parte del convento lo sepultaron pero que no fue trasladado fuera de él.

Son pasajes que reconstruye García de la Concha y que forman parte de su libro La Real Academia Española. Vida e historia, publicado en 2014 con motivo de los 300 años de esa institución. Aunque la historia completa la escribió el propio Marqués de Molins en 1870, cuando publicó a instancias de la Academia una memoria de sus pesquisas sobre el enterramiento, titulada La sepultura de Miguel de Cervantes.

La partida de defunción de Cervantes dice: “Mandóse (Cervantes) enterrar en las monjas Trinitarias”. Lo habría pedido así por varios motivos: era vecino del barrio, residía en la calle perpendicular occidental, calle del León, esquina con la calle Francos, hoy de Cervantes; se trataba de las monjas protegidas del conde de Lemos, a quien Cervantes dedicó El Quijote; y en el convento estaban su hija natural, Isabel de Saavedra, que asumió el nombre de sor Antonia de San José, al igual que su madre, “una dama portuguesa que pasó a llamarse Mariana de San José”.

La primera pieza del puzle empezó hace 150 años. El 5 de octubre de 1865 cuando “rebrota la preocupación por El Quijote. Se crea una comisión permanente para preparar una edición en cuatro tomos”. Por aquellos años, Mesonero Romanos propuso revitalizar culturalmente el barrio de las Huertas, un espacio clave en el Siglo de Oro; luego, en 1869, el Marqués de Molins, director de la RAE desde 1866, planteó la importancia de crear una Comisión de honores de Cervantes.

Encargaron a Ponciano Ponzano, el escultor más famoso de la época, como habían hecho antes con Lope de Vega, un busto de Cervantes en mármol de carrara. La mañana del 1 de enero de 1870 la junta descubrió la escultura con la siguiente leyenda que aún hoy permanece en uno de los muros del convento: “A / Miguel de Cervantes Saavedra, / que por su última voluntad yace / en este convento de la Orden Trinitaria, / a la cual debió principalmente su rescate, la Academia Española”.

El 5 de enero, Molins vio la necesidad de acreditar hasta donde fuera posible el lugar donde estarían los restos de Cervantes. La Academia, dice García de la Concha, acuerda que sea el propio Molins quien trate de demostrarlo. Así es como el 8 de febrero éste presenta una memoria muy extensa que comenzará a leer en la junta del 2 de marzo y continúa “entre exclamaciones, aplausos y plácemes” en los días 3, 9 y 10. Constataba que Cervantes estaba allí, en ese convento edificado en 1609 y reconstruido en 1673. La Academia tuvo que intervenir en 1870 para que el Ayuntamiento no lo destruyera.


Ciento cuarenta y cinco años después, un enjambre de periodistas y cámaras de televisión esperan frente al convento la penúltima noticia el genio de la literatura española, enterrado sin solemnidad ya que una procesión recorría las calles pidiendo lluvia a la Virgen de Atocha.

EL QUIJOTE 31. EL INFORTUNIO DE LA FORTUNA

José Manuel Caballero Bonald, Premio Cervantes de 2012, nos habla de Cervantes como un Perdedor:


         Siempre anduvo escapándose de algo: de la justicia, del desamor, de la penuria, del hastío. No huía, se ausentaba, se desamarraba de un puerto ineficiente para amarrar en otro puerto igualmente defectuoso. Las secuencias del infortunio iban señalizando una continuidad narrativa que conducía a la casa del perdedor. Padeció guerras, cautiverios, descalabros, desdenes. La familia quebrantada, la voluntad consumida, el destino trunco fueron las únicas credenciales con las que pretendió lo no alcanzado. Nunca medró en ninguna cofradía porque no era adicto a la lisonja ni condescendió con la inequidad de los desaprensivos. Residió de modo recurrente en ciudades impensadas y se ejercitó en oficios indeseados. Con prosa pobre y humillación mucha solicitó trabajos difusos nunca concedidos. Compartió lo que amaban los decentes y luchó contra lo que los falsarios defendían, pues era amigo de los perseguidos y abominaba de los perseguidores. Un día, fatigado de privaciones tantas, defraudado del que quiso haber sido, regresó al refugio equívoco de los suyos como un combatiente menoscabado por la fatalidad. Publicó entonces, ya casi sexagenario, un libro que habría de constituir hasta hoy mismo una de las cimas triunfantes de la literatura universal. Ni siquiera se conoce el paradero de sus huesos. Aunque un día se encontraran, nunca remediarían la obstinación de la injusticia.