miércoles, 20 de enero de 2016

EL QUIJOTE 49. LEER AUNQUE NO QUIERAN QUE LOS LEAMOS

Siempre leemos la Zona fantasma de Javier Marías, y hoy más, que nos recuerda algunos nombres que nosotros nombramos en clase.

Que no sigan hablándonos

Todo plan de estudios procura borrar el pasado de nuestros escritores. ¿Cree hoy algún español que debería leer a Baroja?


La cosa no es nueva en absoluto, pero nunca había adquirido las proporciones actuales en España, quizá el país que tiene más a gala la indiferencia por sus mejores hombres y mujeres, cuando no el desdén y la ingratitud hacia ellos. Pero el fenómeno va a más, y alcanza también a los regulares y malos: en realidad alcanza a cuantos no están vivos, y éstos son legión y siempre más numerosos que los que aún pisan la tierra. Los que nos dedicamos a actividades públicas deberíamos notarlo, y, lejos de sentirnos halagados por vernos solicitados o porque se nos otorguen ocasionales premios, nos tocaría preocuparnos por el hecho de que nuestra presencia –física las más de las veces, en todo caso incesante– se haya convertido en requisito indispensable para la visibilidad de nuestras obras. Como si éstas no se bastaran, ni tuvieran carta de existencia, a menos que las arrope con su rostro, sus declaraciones triviales, sus sesiones de firmas y sus apariciones en insoportables “festivales” literarios el desgraciado autor convertido en vendedor puerta a puerta, o por lo menos en viajante de comercio. Si uno no da entrevistas acerca de lo que ha escrito (o de lo que ha rodado: los cineastas emplean un año entero en promocionar su nueva película hasta en el último rincón en que se estrene), si no se desplaza a cada país al que se le traduce, no ocupa páginas de prensa ni se habla de él en las redes sociales, es casi como si no hubiera hecho nada. Hay excepciones meritorias, como Elena Ferrante, pseudónimo de alguien italiano cuyos rostro e identidad se desconocen, pero que no por ello renuncia a expresarse por email en público. Aún tiene la suerte de estar viva o vivo.

Los muertos no pueden resumir y banalizar sus escritos, no están en disposición de defenderlos ni de “venderlos”, y a fe mía que lo pagan caro en esta España a la que sólo interesa el presente. Dejemos la calidad de lado; centrémonos en la fama tan sólo. Pocos autores han vivido más dedicados a su autobombo y a la preparación de su posteridad que Cela; este año se volverá a hablar de él por cumplirse el centenario de su nacimiento, pero desde que murió, ¿cuán vigente está en la sociedad española, y cuánto es leído? Uno tiene la impresión de que poco, al no poder seguir dando espectáculo. Lo mismo sucede con Umbral, que cultivó su figura con enorme denuedo, o con Vázquez Montalbán, mucho más tímido y menos presumido, pero cuya presencia en los medios era continua, o con Terenci Moix, que además poseía el talento de un showman y caía en gracia. No soy quién para decir si las novelas de estos autores (popularísimos hace escasos años) merecen perdurar, pero lo que asombra es que los españoles parecen haber decidido: “El que no está vivo no nos concierne”. Estremece esta despiadada capacidad para sentirse ajenos a cuanto es pasado. Para mí es propia de desalmados, de gente que va tachando con despreocupación (con breves lágrimas de cocodrilo al principio, después probablemente con alivio, si es que no con alegría) a quienes dejan de “ocupar un sitio”, a quienes ya no pueden conseguir ni otorgar nada, a quienes ya carecen de poder e influencia. No en balde uno de nuestros dichos más característicos es “El muerto al hoyo …”


Lo grave y lo embrutecedor no es, sin embargo, lo que sucede con los muertos recientes, de los que se decía que atravesaban un purgatorio de olvido de unos diez años, y que hoy, me temo, se alarga indefinidamente. Si miramos a los muertos antiguos (y por seguir con los escritores, que son los más frecuentables), no creo que más de tres permanezcan “presentes” en nuestra imaginación colectiva: Lorca, pero tal vez en gran medida por su trágico asesinato y por la tabarra que sus devotos dan con el paradero de sus huesos; Cervantes, que quizá lo estaría menos de no haberse cumplido en estos años varios centenarios a él relativos y no haberse inventado una búsqueda de sus restos desmenuzados en la Iglesia de las Trinitarias; y Machado, que asoma a veces, me temo que en parte por su triste fin y el lugar extranjero en que reposa. Estudiosos aparte, ¿cree hoy algún español que debería leer a Lope de Vega, al magnífico Bernal Díaz del Castillo, a Quevedo más allá de un par de célebres sonetos, a Manrique, a Ausiàs March, a Garcilaso, a Aldana? ¿O a Baroja y Valle-Inclán y Clarín, a Aleixandre y Cernuda, a Blanco White y Jovellanos, ni siquiera a Galdós y Zorrilla, tan populares? Para qué, si hace mucho que no andan por aquí haciendo ni diciendo gracias. A mí me cuesta imaginar un Reino Unido que no mantuviera vivísimos a Shakespeare y Dickens, Austen y Stevenson y Lewis Carroll, Conan Doyle y Conrad. Una Francia que no conviviera permanentemente –y dialogara– con Montaigne y Flaubert y Baudelaire y Proust, con Balzac y Chateaubriand. Una Alemania en la que Hölderlin y Goethe, Rilke y Thomas Mann, fueran meros nombres. Una Austria que hubiera olvidado a Bernhard, y eso que éste se despidió de ella echando pestes. Unos Estados Unidos que no juzgaran contemporáneos a Melville y Dickinson y Twain, a James y Whitman y Faulkner. Aquí, en cambio, no hay plan de estudios que no procure borrar, suprimir, aniquilar el pasado, cercenarnos. En las elecciones recién celebradas, ¿algún político ha lamentado esta amputación, este empobrecimiento, esta ignorancia deliberada, este desprecio, la espalda vuelta hacia lo que, pese a morir, nunca muere y sigue hablándonos?

EN ESPAÑOL SE DICE CATALUÑA

El escritor extremeño Javier Cercas escribe en su columna habitual del suplemento de los domingos de El País sobre un tema del que ya hemos hablado en clase. Nos alegra que diga lo mismo que nosotros en clase. Lo leemos:


¡Visca Cataluña, viva Espanya!
El lema del PP catalán durante la pasada campaña electoral rezaba así: “España, amb seny”. Madre mía. Como sabe cualquier catalán (o cualquier español con un mínimo conocimiento del catalán), España, en catalán, se escribe Espanya y no España, igual que, como sabe cualquier español, Cataluña, en castellano, se escribe Cataluña y no Catalunya. Así que, respecto al idioma de su lema de campaña, el PP tenía ante sí tres opciones sensatas. La primera consistía en escribirlo en catalán: “Espanya, amb seny”; la segunda consistía en escribirlo en castellano: “España, con sentido común” (o “con dos dedos de frente”); la tercera consistía en escribirlo unas veces en catalán y otras en castellano. Pero, en vez de optar por la sensatez, el PP optó por el disparate; cabe preguntarse por qué. ¿Porque algún descerebrado creyó que mezclar el catalán y el castellano supone abogar por el bilingüismo? ¿Porque esa lengua macarrónica les pareció simpática y moderna y guay? ¿Para subrayar que quieren una Cataluña dentro de España? ¿O fue con el fin de insinuar que son catalanes ma non troppo, como si sospechasen que ser del todo catalán es incompatible con ser español del todo? ¿No será por ventura que esa frase memorable es obra de un hábil submarino de la CUP, tan hábil como para colarles un lema que en realidad viene a decir: “No me voten, catalanes, que no tengo dos dedos de frente”?

Es imposible descartar ninguna de las anteriores explicaciones, pero me atreveré a añadir otra, más sencilla. La explicación es que desde hace tiempo el disparate lingüístico se ha apoderado de nuestro país. Yo, cuando hablo en inglés, digo London y New York, cuando hablo en italiano digo Napoli y cuando hablo en francés digo Paris (sin la ese final); en cambio, cuando hablo en castellano digo Londres y Nueva York y Nápoles y París (con la ese final). Es lo que hace todo el mundo, porque es lo que dicta el sentido común, la lógica histórica de las lenguas (la lógica de una lengua es su historia): en castellano, Nueva York y Nápoles y París (con la ese final) se llaman así, igual que en catalán se llaman Nova York y Nàpols y París (con la ese final) o que en castellano Cataluña se escribe Cataluña y no Catalunya, que es como casi todo el mundo escribe esa palabra en español, al menos en España (en Latinoamérica no: allí no llegó el disparate). Yo me temo que acabaré siendo la última persona que escriba, en castellano, Gerona y Lérida, que es como Gerona y Lérida se escriben en castellano, del mismo modo que, en catalán, escribo Saragossa y Osca, que es como Zaragoza y Huesca se escriben en catalán. Considerar un signo de respeto por el catalán el hecho de escribir, en castellano, Girona y Lleida constituye no sólo una falta de lógica y de sentido común, sino también una falta de respeto al lenguaje y al propio idioma catalán: algo parecido a escribir, en castellano, San Cucufate en vez de Sant Cugat (en castellano Ultramort es Ultramort y Sant Aniol d’Aguja es Sant Aniol d’Aguja). No digo que, en este terreno de la toponimia, todo esté siempre claro: yo creo, por ejemplo, que hay casi tantas razones para escribir en castellano Banyoles o Figueres como para escribir Bañolas o Figueras (ambas son ciudades pequeñas o pueblos grandes, y de ahí el problema), igual que hay casi tantas razones para llamar a una calle del barrio de Gracia de Barcelona, en castellano, Perill como para llamarla Peligro, que es como muchos la han llamado siempre en castellano. Aunque quizá me equivoco; estoy dispuesto a discutirlo. Pero lo que no admite discusión es que, en castellano, Cataluña se escribe Cataluña y, en catalán, España se escribe Espanya, sencillamente porque esa discusión no la admiten ni el catalán ni el castellano.


Ya sé que este artículo es inútil. Ya sé que seguiremos escuchando a los locutores de la radio y la tele diciendo en castellano Girona y Lleida después de haber dicho Nueva York y Londres, porque algún insensato les ha hecho creer que así muestran un gran aprecio por el catalán cuando en realidad muestran un gran desprecio por él, ­destruyendo de paso el castellano. Pobres de ellos; pobres de nosotros. Nuestros disparates políticos son un reflejo de nuestros disparates lingüísticos, porque quien no respeta el lenguaje no respeta la realidad.

EL QUIJOTE 48. SHAKESPEARE VIVE, ¿Y CERVANTES?

         Este año de 2016 celebramos el 400 aniversario de la muerte de los dos escritores más importantes e influyentes en la literatura universal: Cervantes y Shakespeare.

Es verdad que hay que aclarar  la fecha de su muerte. Siempre se ha sostenido que ambos murieron el 23 de abril de 1616, pero ninguno lo hizo en tal fecha. Cervantes falleció el 22 y fue enterrado el 23, mientras que la diferencia de fechas es aún mayor con Shakespeare, ya que en aquella época Inglaterra se regía por el calendario juliano, por lo que en realidad su muerte se produjo un 3 de mayo.

Pero poco importa a nuestro cuento. David Cameron, el primer ministro de Reino Unido,  nos regaló el pasado 5 de enero con este artículo de opinión en el periódico El País. Está muy bien escrito, y creo que ayuda a reconocer la importancia de este genial autor. Y a darnos cuenta de cómo se toman en serio a Shakespeare.


Shakespeare vive
Los personajes y tramas creados por el escritor ejercen gran influencia en la sociedad actual


El 400 aniversario de la muerte de William Shakespeare de este año no es solo una oportunidad para conmemorar a uno de los dramaturgos más grandes de todos los tiempos. Es también una ocasión para celebrar la extraordinaria y persistente influencia de un hombre que —tomando prestada su descripción de Julio César“se pasea por el mundo, que le parece estrecho, como un coloso”.

El legado de Shakespeare no tiene parangón: sus obras se han traducido a más de 100 idiomas y han sido objeto de estudio en medio mundo. Como señaló uno de sus coetáneos, Ben Jonson, Shakespeare no es de una época, sino para todos los tiempos”. Sigue vivo hoy en día en nuestro lenguaje, nuestra cultura y nuestra sociedad, así como por su permanente influencia en la educación.

Shakespeare desempeñó un papel crucial en la formación del inglés moderno y ayudó a convertirlo en el principal idioma del mundo. El primer diccionario importante compilado por Samuel Johnson recurrió a Shakespeare más que a cualquier otro autor.

Tres mil palabras y expresiones nuevas del inglés aparecieron por primera vez impresas en las obras de Shakespeare. Recuerdo de mi infancia cuántas de ellas se encontraron por primera vez en inglés en Enrique V. Palabras como descorazonar, despojar, adicción, inmovilidad, salto —y expresiones como “una vez más a la brecha”, “banda de hermanos” y “corazón de oro”— han pasado a nuestro idioma actual sin que sea necesario remitirse a su contexto original. Shakespeare fue pionero en el uso innovador de la forma y estructura gramaticales —lo que incluye los versos sin rimas, los superlativos y las expresiones o palabras formadas a partir de otras existentes, como “manchado de sangre”—, y la preponderancia de sus obras contribuyó también en gran medida a estandarizar la ortografía y la gramática.

Sin embargo, la influencia de Shakespeare va mucho más allá de nuestro idioma. Sus palabras, sus tramas y sus personajes siguen ejerciendo una gran influencia en nuestra cultura y en nuestra sociedad en un sentido más amplio. Nelson Mandela, en sus años como prisionero en Robben Island, adoraba esta cita de Julio César: “Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte; el valiente no saborea la muerte sino una vez”. La huella de Shakespeare se encuentra en todas partes, desde Dickens y Goethe hasta Chaikovski, Verdi y Brahms; desde West Side Story hasta la obra de Agatha Christie inspirada en Hamlet, La ratonera, la producción teatral que más tiempo lleva en cartel en el West End de Londres. Sus obras siguen entreteniendo a millones de personas: desde los alumnos de escuelas de todo el mundo hasta los centenares de admiradores que el año pasado hacían cola toda la noche en el Barbican Hall de Londres para conseguir entradas de última hora y ver a Benedict Cumberbatch interpretando a Hamlet.

Pero quizás uno de los legados más apasionantes de Shakespeare sea su influencia en la educación. Por eso, el 5 de enero, noche de Reyes, y cada día a lo largo de 2016, Gran Bretaña les invita a celebrar con nosotros la vida y el legado de William Shakespeare. Hoy presentamos Shakespeare Lives (Shakespeare vive), un interesante programa mundial de actividades y acontecimientos pensados para resaltar su persistente influencia y extender el uso de Shakespeare como recurso educativo para mejorar la alfabetización en todo el mundo.
El programa se desarrollará en más de 70 países, España entre ellos. El British Council en Madrid está desarrollando líneas de colaboración con teatros, museos, educadores y artistas en torno a la obra de Shakespeare.

Más allá del gran don del lenguaje, la representación de nuestra historia, su influencia continua en nuestra cultura y su capacidad formativa, la inmensa fuerza de Shakespeare es fuente de inspiración por sí sola. De la historia de amor más célebre a la mayor de las tragedias; de la fantasía más poderosa a la comedia más ingeniosa; y de los discursos más memorables a sus numerosos personajes legendarios: William Shakespeare es un hombre dotado de una imaginación inmensa, una creatividad sin fronteras y un instinto de humanidad que abarcan toda la experiencia humana como nadie lo ha hecho nunca antes o desde entonces.

En 2016 le animamos a participar en esta oportunidad única para celebrar la vida y el imperecedero legado de esta gran figura. Y así confirmará que —tal como él mismo afirmó— “el mundo es un escenario” y que a través de su legado, verdaderamente, Shakespeare vive.