sábado, 28 de febrero de 2015

PEQUEÑAS GRANDES FRASES

Fernando Aramburu nos presenta estos aforismos que, seguro, tan breves, nos harán pensar toda la tarde:
Pequeña magnitud

Las corridas de toros son cultura. A mí lo único que me sorprende y me preocupa es que los libros no tengan cuernos.

Debo al pesimismo algunos de los instantes más dichosos de mi vida.

¡Qué listo es el olvido! Deberíamos encargarle la confección de nuestros trajes. No sé cómo se las arregla, pero a todo el mundo le encuentra su medida.

Comprendo que equipares la existencia con la náusea; pero, por favor, si vas a vomitar hazte a un lado.

¿De qué te sirve negar el tiempo si al mismo tiempo no descuelgas el espejo de la pared?

Es el inconveniente de ser libre, que está uno todo el santo día condenado a tomar decisiones.

En política, como en todo, lo contrario de un golpe con el puño derecho no es un golpe con el puño izquierdo, sino un abrazo.

Juzgo improbable que los peces sean capaces de concebir un dios seco.

Como Sócrates, sólo sé que no sé nada, si bien con el agravante de que, conforme transcurren los años, también se me está olvidando lo que nunca he sabido.

Me puedo imaginar el asco invencible que se apodera de las arañas cada vez que encuentran una sopa en la mosca.

Déjate de deporte, verduritas y mandangas. De la vejez sólo te librará una muerte prematura.

No tengo nada en contra de que me dirijan críticas negativas. Pues eso faltaba, privar a la gente de su legítimo derecho a equivocarse.

A medida que me educo voy perdiendo pujanza revolucionaria.

Un libro no es sólo lo que hay en él, también lo que a uno se le ocurre mientras lo lee. Por eso hay libros ostensiblemente ligeros o triviales que, sin embargo, pueden dejarnos una huella más honda que otros de mayor densidad intelectual o literaria.

He buscado afanosamente, entre las diversas manifestaciones patrióticas, la más elevada, al mismo tiempo la más sincera y genuina; una manifestación de tal pureza que ni siquiera un consumado actor la podría fingir. Tras larga búsqueda he dado finalmente con ella. Ahora sé que el acto supremo de patriotismo consiste en el pago honrado de los impuestos.

A poco que uno se pare a pensar, descubrirá que la experiencia de morir dista mucho de aprovechar a la persona que muere. Se mire por donde se mire, la muerte es una pérdida de tiempo.

Quien mucho se queja, en mucho se tiene.

Me fui a vivir lejos de casa para no tener que viajar.

¿No será, ahora que sabemos a ciencia cierta que la posteridad no es nada, cuando se hace de veras apasionante tratar de perpetuarse en ella?

Por tu bien, amigo, no confundas el sosiego con la mansedumbre si no quieres que se te suban a la espalda y te claven las espuelas.

No descarto la posibilidad de que algún día se me recuerde como el hombre de quien todo el mundo se olvidó.

¿Necesitas urgentemente un motivo de risa? Muy fácil. Haz una lista de los actos heroicos que llevaste a cabo en la vida. No falla.

                  

martes, 24 de febrero de 2015

EL QUIJOTE 34. ASÍ ESTAMOS HOY


MULTITUD ÁVIDA DE NARRACIONES

 En DESPIERTA Y LEE Fernado Savater nos habla del placer de aquellas lecturas que hicimos hace tiempo
El placer de la novela

La discusión sobre si la novela ha muerto o está en la UVI, esperando que la desconecten del respirador mecánico, resurge cada cierto tiempo desde hace ya bastantes años. La alientan por lo general algunos novelistas que intentan dejar el vicio o que no consiguen repetir sus éxitos de antaño; se les unen otros que se empeñan en imponer al género innovaciones perentorias para que recupere su fuerza juvenil perdida, como la inyección de grandes dosis de crónica verídica a la ficción, de modo que no sepamos si lo que leemos es fábula o una crónica periodística muy sofisticada; algunos añaden que lo que ha muerto es la novela decimonónica (les apoya la evidencia de que el siglo XIX no tiene supervivientes) y sus convenciones narrativas, el narrador omnisciente, la descripción exhaustiva de paisajes y personajes, etc…: para ser un novelista vivo basta con no ser Flaubert o Tolstói, que ya murieron.

Los hay finalmente que excusan el fallecimiento como inevitable, porque va acompañado de otros muchos, como el de la poesía, el ensayo, la plegaria… dado que lo único que queda es el fluir interactivo de palabras y emoticonos a través de la red, que ora es verso, ora prosa, ora defecación o balbuceo, y órale…

Sin duda es difícil tomarle el pulso a un género literario que tanto incluye entre sus artífices a Zane Grey como a Philippe Sollers. A mí, que disfruto con ambos y muchos de los intermedios, me parecen sugestivas las reflexiones que aporta Fernando Aramburu sobre la cuestión entre otras delicias de su Las letras entornadas (Tusquets), un libro que no es una novela —aunque puede que sí— donde señala que, como la gente tiene hambre de historias escritas, filmadas o contadas de viva voz, “el muerto vive y seguirá exhibiendo su vitalidad y su lozanía mientras persista una multitud ávida de narraciones”. El certificado de defunción de la novela solo podrían extenderlo sus destinatarios, no los propios creadores aburridos ni mucho menos los gacetilleros quisquillosos…


Como soy uno de ellos, impenitente, recuerdo al antes invocado Zane Grey, pero también a sus hermanos menores del western hispánico José Mallorquí, Marcial Lafuente Estefanía o Silver Kane. Esas galopadas y tiroteos disfrutadas con humilde fascinación en el metro o el autobús por lectores que no habían hecho cursos de literatura comparada. El imaginario del Oeste les hizo gozar tanto como en la pantalla nos deleitó John Ford, otro narrador de vibrante pureza. Pues bien, esa dicha no es incompatible con la mayor calidad expresiva. Hace poco acabé de leer Apaches, el último episodio de la trilogía de Oakley Hall sobre el Oeste precedida por Warlock y Badlands (las tres publicadas por Galaxia Gutenberg). Pueden leerse por separado, aunque se complementan, y me siento incapaz de decir cual es mejor: perfectas en su trama, inolvidables en sus personajes, ricas en momentos felices o angustiosos de emoción, insuperables en su pulso narrativo y en la riqueza sin afectación de su prosa. Mientras sigan escribiéndose novelas así, todo lo que se afirme de la muerte del género sonará a palabrería y esnobismo. O quizá mientras queden para esos libros lectores de mi misma cofradía…

domingo, 22 de febrero de 2015

MATÉFORAS


LA PUNTA DE LA LENGUA
La metáfora mal entendida
La eficacia de ese recurso expresivo requiere la colaboración de quien recibe el mensaje, nos dice Álex Grijelmo. Leamos juntos:


Llamamos “metáfora” a un recurso del lenguaje mediante el cual vaciamos una expresión de su significado común para dotarla de un sentido abstracto, figurado. Por ejemplo, si decimos “tiene la boca de fresa” sabemos de inmediato que esas palabras no pueden implicar un significado literal, pues la boca es de carne y no de frutos del bosque. Al oír esa expresión, advertimos en cuestión de milisegundos la incongruencia del significado, y buscamos enseguida el sentido imaginario para conectar los valores de la fresa con la imagen de la boca. Así funcionan por lo general las metáforas.

Hemos escuchado hace poco: “El esfuerzo del Atlético ganó el partido”. Estamos ante otra metáfora, pues el esfuerzo solo no gana nada. Ahora bien, ayuda a que se marquen los goles necesarios. Y al expresar la idea así, silenciamos unas cuantas palabras para concentrar el mensaje y lograr un énfasis que el enunciado plano no ofrecía; del mismo modo que no decimos “tiene una boca cuya textura imagino igual a la de una fresa” sino “tiene una boca de fresa”.

Pero el uso de las metáforas en nuestra pobre retórica moderna incurre a veces en ciertas trampas. La eficacia de ese recurso expresivo requiere la colaboración de quien recibe el mensaje, porque ha de poner lo que falta. Y para ello, tiene que conocer el contexto necesario; saber, por ejemplo, que las fresas son sabrosas y que se precisa esfuerzo para ganar al Real Madrid.
En ciertos debates, sin embargo, aparece una metáfora cuestionable al abordar el caso de Tania Sánchez, concejal de IU en Rivas-Vaciamadrid (80.000 habitantes). Un periodista habitual de las teletertulias repite y repite que ese Ayuntamiento madrileño “le dio 1,2 millones de euros” al hermano de la edil. Quien disponga del contexto adecuado sabrá que “le dio” no significa “le dio”, sino que el hermano en cuestión administraba una cooperativa, que ésta firmó contratos para prestar servicios culturales al municipio entre 2002 y 2008, que la cooperativa cobró por esas prestaciones y que el dinero fue a parar en su mayor parte a los trabajadores que las hicieron posibles; que en esas decisiones participó el padre de Tania Sánchez pero no ella, que la concejal tuvo relación solamente con uno de esos contratos (136.000 euros) y que éste se adjudicó por unanimidad en la comisión correspondiente, por lo cual su voto no resultó ni siquiera decisivo. Quien conozca todo eso entenderá una metáfora técnicamente correcta como “tu Ayuntamiento le dio 1,2 millones a tu hermano” (a veces “a la empresa de tu hermano”).

No obstante, quien desconozca los datos que acabamos de recordar (el contexto) escuchará simplemente “le dio 1,2 millones a tu hermano”, y quizá no le otorgue un sentido sino sólo un significado. Es decir, el espectador puede quedarse en el valor literal de cada palabra si no aprecia incongruencia entre los términos que oye.

Los crédulos entenderán, por tanto, que Tania Sánchez le regaló a su hermano 1,2 millones por su cumpleaños; y los escépticos, que el periodista está soltando una mentira tan grande como la catedral de Burgos, pues no les parecerá fácil extraer todo ese dinero de una caja municipal para dárselo a un familiar en un callejón oscuro.

Por otro lado, alguien puede decir “la empresa de tu primo” aunque el primo tenga en ella un trabajo eventual de media jornada y mal pagado; pero también “la empresa de Secundina” cuando se refiera a su dueña, y aunque se trate asimismo de “la empresa de tu primo”. Sólo los datos previos que conozca el receptor le evitarán confundir los dos tipos de propiedad.

Así pues, nos preguntamos si será tramposa la intención de quien usa palabras comprensibles para unos pocos a riesgo de que otros muchos las entiendan de forma errónea, y si se puede asegurar sin mayor precisión “tu Ayuntamiento le dio 1,2 millones a la cooperativa de tu hermano”.


Sabemos que, bien por la ceguera o bien por el cierre de los ojos, en Rivas no se guardó la debida distancia ética entre familiares; pero también nos damos cuenta de que la metáfora puede convertirse, quizá sin querer, en una forma de la mentira.

YO COLECCIONO INFANCIAS

Niños de ayer
En su columna de hoy Elvira Lindo nos recuerda las memorias de Fernando Fernán Gómez al hablar de la niñez y de Boyhood. Leamos juntos: 

Hay algún momento en que todo creador siente la necesidad de contar su infancia. Es el gran misterio, la caja negra, los años que contienen casi todo. Louis Armstrong sobrevivió a una niñez en un prostíbulo gracias al amor de su abuela y a quienes supieron ver en él un niño prodigio, lo que siguió siendo, por cierto, el resto de su vida. Los hermanos Marx eran cómicos de nacimiento pero vivieron de su comicidad gracias a una madre coraje. Proust deseó desesperadamente que su madre le diera un beso de buenas noches; el resto está escrito en siete tomos. Gila describe como nadie lo ha hecho el Madrid popular, el de las buhardillas, y Arturo Barea el de las lavanderas del barrio de las Injurias. Harper Lee, que tanto ha dado que hablar esta semana, contó su infancia en una novela e incluyó como personaje al que fuera su compañero de correrías en Monroeville, Truman Capote, el niño pedante y desamparado que también narró su niñez en Alabama valiéndose del velo de la literatura. Yo colecciono infancias, ese momento de la vida en el que cualquiera, desde el tierno de corazón hasta el que habrá de convertirse en un repugnante asesino, tiene derecho al perdón. No sé si la infancia explica el futuro, pero los psicólogos afirman que las vivencias de los seis primeros años condicionan la capacidad de sobreponerse a la desgracia o de encararla y convertirla en jugosa experiencia.

Fernán Gómez comienza así, con esa caballerosa distancia irónica que impregnaba su prosa, a contar su infancia: "Recuerdo haber leído no sé dónde que no se debe escribir sobre la propia infancia porque la infancia de todos los hombres es la misma. Efectivamente, yo nací, como todo el mundo, en Lima, pero no me registraron allí, sino que, como a todos los hombres, me sacaron del Perú casi de contrabando porque la compañía en la que actuaba mi madre cambiaba su gira; fui inscrito días después en Buenos Aires. Mi abuela, como las abuelas de todos los demás, tuvo que desplazarse a sus 60 años de costurera madrileña a la ciudad del Plata para hacerse cargo del evento, ya que mi madre se había contratado en otra compañía trashumante, la de Antonia Plana y Emilio Díaz, y no sabía qué hacer con aquel regalo de la Providencia. Durante algunos meses, también, como todos los niños del mundo, tuve un ama negra".

Quien de esta manera recuerda una infancia procelosa es porque ha sido bendecido con el don de la comedia y todo aquello que a otro le abocaría a la desgracia al artista le nutre la fantasía y le aviva la inteligencia. Todos los niños, por muy distinta que sea su realidad, poseen una capacidad de supervivencia que los distingue de los adultos y les hace habitar en un universo común. Contemplas a una manada de chiquillos jugar en mitad del campo etíope, pequeños e insignificantes en un paisaje en el que la vista se pierde, y esos juegos casi parecen los mismos que los que maquinan unos chavales en la calle de un pueblo español o en el patio de un colegio. A pesar de que el bebé humano es el más indefenso de la naturaleza estamos hechos para sobrevivir, encajar, sobrellevar, crecer, separarnos, y comenzar un nuevo capítulo en la vida, aquel que tan exactamente define el Génesis: "Dejará el hombre a su padre y a su madre y formará con la mujer una sola carne".

De eso trata exactamente la película que a tantos nos dejó estremecidos este año,. Richard Linklater filma, con la precisión que le permitió contar durante 12 años con los mismos actores y asistir al proceso natural de crecimiento y envejecimiento de todos ellos, cómo una criatura irrumpe en la vida de sus padres, la transforma, la descoloca y la enriquece; la condiciona tanto como a su vez el padre y la madre marcan la vida futura de un hijo. Cuenta Boyhood de una manera tan exacta que acaba por sacudir el peso de tu propia memoria cómo los hijos observan en silencio los errores de los padres, cómo hacen todo lo posible por perdonarles, y cómo finalmente sienten la necesidad de caminar solos y desvincularse de quienes se han desvelado por ellos.

El milagro de Boyhood es que el espectador se ve a sí mismo en el papel de madre o de padre, más aún si ha tenido hijos, pero también se identifica con el personaje del hijo, y siente representada tanto la emoción de la crianza como el dolor de la pérdida, tanto el paraíso de vivir bajo la protección materna como la firme resolución de inventar una vida propia.

Pasado mañana se celebran los Oscars y al margen de chafardear un rato con los amigos sobre trajes y discursos, de eso se trata, yo me uniré a ese batallón de espectadores que este año fueron seducidos por una historia que ha sido popular y a la vez excelente. Una película que podría comenzar con los mismos versos que eligió Fernán Gómez para abrir sus memorias: "Algún día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía". Versos que definen el paso del tiempo con la exactitud que construye la gran poesía, de los que Fernando tomó prestado un título tan acertado, El tiempo amarillo, y que fueron escritos por alguien, Miguel Hernández, al que no le dejaron ver crecer a su hijo pero que aún tuvo tiempo de describir la arrolladora fuerza de un recién nacido que se aferraba a la vida contra toda desgracia.

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