sábado, 8 de noviembre de 2014

EL EQUILIBRISTA DE LA TELE

En la televisión vemos un funambulista que cruza, sobre un alambre, la distancia entre dos rascacielos. Lo pasan varias veces. Yo no puedo mirar hacia la pantalla porque es como si mirara hacia abajo.  Recuerdo este poema de Jesús Munárriz


Equilibrista

Lleva toda su vida
sobre la cuerda floja.

Saber que a más de uno
le gustaría ver
cómo se estrella
le ayuda a mantenerse
allá en lo alto,

motivado,

meciéndose.

EL QUIJOTE 23. YO SÉ QUIÉN SOY


MÁS CLARO TODAVÍA
Hemos estando planteado a lo largo de las entradas anteriores cómo Don Quijote es una creación de un Alonso Quijano cuerdo, que decide, por distintas razones, jugar a ser caballero andante imitando sus lecturas. Esto se ve muy claro en el arranque del capítulo V de la primera parte. Leamos.

CAPÍTULO V

Donde se prosigue la narración de la desgracia 
de nuestro caballero
Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros, y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos, y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Esta, pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba, y así, con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del bosque:
   —¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y desta manera fue prosiguiendo el romance, hasta aquellos versos que dicen:
   —¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal!
Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía, que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó sin duda que aquel era el marqués de Mantua, su tío, y, así, no le respondió otra cosa sino fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.
El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos, de los palos, le limpió el rostro, que le tenía cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:
—Señor Quijana, —que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante—, ¿quién ha puesto a vuestra merced desta suerte?
Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida, pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecerle caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico y de cuando en cuando daba unos suspiros, que los ponía en el cielo, de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual dijo:
—Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo.

Nuestro personaje, en el suelo, trata de imitar algún episodio de sus libros. Pero en los libros de caballerías no hay ninguna derrota tan infamante, le viene a la memoria el romance del Marqués de Mantua, como sucede en el anónimo Entremés de los romances, del que ya hablamos, en el que Bartolo, el protagonista, apaleado con su propia lanza, recuerda ese mismo romance. Se haría, pues, entre el capítulo anterior y este, la parodia de una parodia.

Carloto es el hijo de Carlomagno, y el herido es Valdovinos. Los romances de Valdovinos y del Marqués de Mantua derivan de la leyenda francesa de Ogier li Danois. Era un romance, en efecto, muy conocido pues este larguísimo texto se empleaba en las escuelas para aprender a leer. Aunque la versión que recuerda Don Quijote no procede directamente del romance antiguo, sino de una adaptación que aparece en la Flor de varios romances nuevos de Pedro de Moncayo (1591). Aunque el lo modifica  diciendo “mi tío y señor carnal”, cuando el romance antiguo dice «mi señor tío carnal» quedando la versión de Don Quijote  no sólo algo disparatada, sino que suena hoy divertidamente obscena.

Su vecino, le limpia el rostro y descubre que es Alonso Quijano. La acción del labrador coincide con lo que el romance dice de Daniel Urgel al encontrar a Valdovinos malherido.

Ya en el jumento del labrador, éste, al oírle suspirar, le pregunta qué le pasa y olvidando el romance de Valdovinos se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía. Se trata de la historia de El Abencerraje y la hermosa Jarifa, incluida en el Inventario de Antonio de Villegas, y recogida en el libro IV de La Diana de Jorge de Montemayor a partir de la edición de Valladolid de 1561. Jarifa es ahora Dulcinea del Toboso le dice don Quijote, a lo que el labrador le responde:

—Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.

El labrador le recuerda la verdad. Vuestra merced es el honrado hidalgo del señor Quijana, y no Valdovinos ni Abindarráez. Pero, el personaje de la novela responde:

Yo sé quién soy—respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.

Yo sé quién soy y sé quién puedo ser. Alonso Quijano sabe quién es, pero también sabe que con la imitación y la imaginación puede ser, jugar a ser hemos dicho en otras partes, quien quiera. Como todos. 

EL QUIJOTE 22. ESTA PRIMERA DE POLLINOS


LA CARTA MERCANTIL

Si la carta de amores estaría firmada por El Caballero de la Triste Figura, la otra ya no puede ser. A Sancho le interesa mucho que aparezca la firma, y que ésta sea legible, y que ponga bien claro el contenido: que la sobrina ha de entregar a Sancho tres de los cinco burros que hay en la casa. Un pago es un pago. Esto es serio.

Leamos el fragmento:

—Ea, pues —dijo Sancho—, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cédula de los tres pollinos, y fírmela con mucha claridad, porque la conozcan en viéndola.
—Que me place —dijo don Quijote.
Y, habiéndola escrito, se la leyó, que decía ansí:
Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé en casa y están a cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y pagar por otros tantos aquí recebidos de contado, que con esta y con su carta de pago serán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto deste presente año.
—Buena está —dijo Sancho—, fírmela vuestra merced.
—No es menester firmarla —dijo don Quijote—, sino solamente poner mi rúbrica, que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para trecientos, fuera bastante.
—Yo me confío de vuestra merced —respondió Sancho—. Déjeme, iré a ensillar a Rocinante, y aparéjese vuestra merced a echarme su bendición, que luego pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que yo diré que le vi hacer tantas, que no quiera más.

Sépase que en época de Cervantes se leyó esta carta y su contexto como una sátira contra el duque de Lerma: Sancho representa al secretario Pedro Franqueza, y los pollinos a tres de los cinco hijos de Emanuel de Saboya, cuando fueron llamados a España como posibles sucesores de Felipe III. Sea así.

Ya vemos que se reproduce, con modificaciones cómicas, la estructura de una «cédula comercial de libranza».

En fin, todo claro. Sólo falta firmarla, pero Don Quijote asegura que no hace falta firma, sino sólo rúbrica. Firma es el nombre escrito, imprescindible en todo documento mercantil real; la rúbrica es el signo dibujado que acompaña a la firma. ¿Qué documento mercantil no lleva firma? Ninguno. Pero ¿qué firma poner? La transacción económica es real, es un pago, y por lo tanto tendría que aparecer el nombre verdadero. Si Alonso Quijano pone su nombre se estaría desdiciendo de ser Don Quijote; si pone Don Quijote la señora sobrina nunca pagaría.

Todo muy claro, y el hidalgo, muy cuerdo. 

EL QUIJOTE 21. EL ESCUDERO ES EL CORREO


LA CARTA DE AMOR

Volvamos a la novela y al personaje. Sancho habría de llevar una carta de amor, junto al documento de la libranza de los pollinos dirigido a su sobrina. En esa amorosa carta habría de contarle la penitencia y la imitación que andaba haciendo de Amadís:


Sacó el libro de memoria don Quijote y, apartándose a una parte, con mucho sosiego comenzó a escribir la carta, y en acabándola llamó a Sancho y le dijo que se la quería leer porque la tomase de memoria, si acaso se le perdiese por el camino, porque de su desdicha todo se podía temer. A lo cual respondió Sancho:
—Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro, y démele, que yo le llevaré bien guardado; porque pensar que yo la he de tomar en la memoria es disparate, que la tengo tan mala, que muchas veces se me olvida cómo me llamo. Pero, con todo eso, dígamela vuestra merced, que me holgaré mucho de oílla, que debe de ir como de molde.
—Escucha, que así dice —dijo don Quijote.
CARTA DE DON QUIJOTE A
DULCINEA DEL TOBOSO
Soberana y alta señora: 
El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,
El Caballero de la Triste Figura
—Por vida de mi padre —dijo Sancho en oyendo la carta—, que es la más alta cosa que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que le dice vuestra merced ahí todo cuanto quiere, y qué bien que encaja en la firma El Caballero de la Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo y que no hay cosa que no sepa.

Recuerde que Oriana escribe una carta a Amadís firmándola: «Yo soy la doncella ferida de punta de espada por el corazón»; la metáfora, que sustituye el arma física por la moral, es, estilísticamente, muy efectiva. Desde la primera letra está imitando este tipo de correspondencia. Es imitación también  el saludo inicial: “Te envía la salud que él no tiene”, pues es un tópico literario ya usado por Cervantes en La Galatea, pero que aquí aparece en forma de endecasílabo. En fin, todo lo que dice son tópicos literarios de la poesía trovadoresca, del amor cortés. Tópicos: no dice nada.

¿No quedamos que mandaba una carta de amor para contarle cómo quedaba en Sierra Morena haciendo penitencia por Dulcinea? Pues eso, que es lo importante, no lo dice. Sino que ya en la carta le encarga a su escudero que sea él el que se lo cuente.

A Don Quijote no le interesa el objetivo de la carta, sino sólo el objeto: la propia carta, que sólo es una taracea de expresiones que aparecen en otras cartas de los libros de caballerías ¿Por qué? Por la propia realidad de Dulcinea, claro. Es decir: su irrealidad. 

EL QUIJOTE 20. ¿ESA ES LA PRINCESA DE SU PENSAMIENTO?


LA HIJA DE LORENZO CORCHUELO Y ALDONZA NOGALES

Estamos ahora en el captulo XXV, que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros. Sancho ha de dejar a don Quijote en Sierra Morena , porque imitando a Amadís de Gaula va a hacer penitencia. Beltenebros es el bello tenebroso, en provenzal, nombre que asume Amadís cuando, rechazado por Oriana, que lo cree desleal, se retira a la isla de la Peña Pobre para hacer penitencia. Don Quijote, actuando como los escritores de la época (¡Sí, HEMOS DICHO ESCRITOES!), decide obrar como en el libro, meditando bajo los árboles y componiendo canciones. A ello se añade la imitación de Orlando, rechazado por Angélica, acaso guiado por el ejemplo de Cardenio, desnudo y saltando por el monte: don Quijote se quedará en camisa y dará volteretas.

Y si Amadís es ahora Beltenebros, él lo será el Caballero de la Triste Figura. El quiere IMITAR a Amadís.

Ya hablaremos más adelante del yelmo de Mambrino. Ahora a lo nuestro:

Don Quijote le dice a Sancho que en el cuaderno de Cardenio escribirá dos textos: uno, la carta de amor para Dulcinea. Otro, la carta mercantil, el documento por el cual su sobrina ha de librar tres burros, la libranza de pollinos, en recompensa para Sancho. En el primer lugar que encuentre a alguien que escriba le ha de mandar que pase los escritos a papel. Pero qué pasa con la firma?:

—Todo irá inserto —dijo don Quijote—; y sería bueno, ya que no hay papel, que la escribiésemos, como hacían los antiguos, en hojas de árboles o en unas tablitas de cera, aunque tan dificultoso será hallarse eso ahora como el papel. Mas ya me ha venido a la memoria dónde será bien, y aun más que bien, escribilla, que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio, y tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el primer lugar que hallares donde haya maestro de escuela de muchachos, o, si no, cualquiera sacristán te la trasladará; y no se la des a trasladar a ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás.
—Pues ¿qué se ha de hacer de la firma? —dijo Sancho.
—Nunca las cartas de Amadís se firman —respondió don Quijote.
—Está bien —respondió Sancho—, pero la libranza forzosamente se ha de firmar, y esa, si se traslada, dirán que la firma es falsa y quedaréme sin pollinos.
—La libranza irá en el mesmo librillo firmada, que en viéndola mi sobrina no pondrá dificultad en cumplilla. Y en lo que toca a la carta de amores, pondrás por firma: «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura». Y hará poco al caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me sé acordar, Dulcinea no sabe escribir ni leer y en toda su vida ha visto letra mía ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin estenderse a más que a un honesto mirar. Y aun esto tan de cuando en cuando, que osaré jurar con verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he visto cuatro veces, y aun podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento con que sus padres, Lorenzo Corchuelo y su madre Aldonza Nogales, la han criado.
—¡Ta, ta! —dijo Sancho—. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?


Releemos:

Porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin estenderse a más que a un honesto mirar. Y aun esto tan de cuando en cuando, que osaría jurar con verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he visto cuatro veces, y aun podría ser que destas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento con que sus padres, Lorenzo Corchuelo y su madre Aldonza Nogales, la han criado.


Ahora es cuando descubre Sancho la verdadera identidad de Dulcinea: la hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales. Y los amores también los conocemos: son platónicos, es decir es un amor que se centra en la esencia de la Belleza, que don Quijote ha depositado en una moza, Aldonza Lorenzo,  a la que sólo ha visto cuatro veces, es decir, unas cuantas veces, y ella a él, tal vez ninguna.

No,  claro que no hay amor real, carnal, sexual, de hombre, Alonso Quijano, a mujer, Aldonza Lorenzo. Es el amor  de las formas o ideas eternas, inteligibles, y perfectas. Ella es sólo la depositaria de ese ideal amoroso platónico que se nos describe en El banquete.

Pero miremos ahora a Sancho:

—¡Ta, ta! —dijo Sancho—. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?
—Esa es —dijo don Quijote—, y es la que merece ser señora de todo el universo.
—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, señor Caballero de la Triste Figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras por ella, sino que con justo título puede desesperarse y ahorcarse, que nadie habrá que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que le lleve el diablo. Y querría ya verme en camino, solo por vella, que ha muchos días que no la veo y debe de estar ya trocada, porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confieso a vuestra merced una verdad, señor don Quijote: que hasta aquí he estado en una grande ignorancia, que pensaba bien y fielmente que la señora Dulcinea debía de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado.


Ya sabe quin en REALIDAD Dulcinea: Aldonza Lorenzo. ¿Cómo es ella realmente?
1.       Tan forzuda como el hombre más forzudo del pueblo pues tira la barra como ninguno. Este juego rural consiste en arrojar un rejón con puntas afiladas, unas veces lo más lejos posible, otras a un lugar determinado.
2.       Es hombruna pues tiene pelo en pecho, esto es, valiente.
3.       Es de complexión fuerte y robusta: su rejo, su voz, que le permite llamar a los mozos lejanos desde lo alto del campanario.
4.       Dice de ella que es cortesana, que más aquí significa prostituta que la mujer cortés renacentista.
5.       En nada ha de parecerse a las mujeres de belleza renacentista de las que antes hablábamos, pues  debe de estar ya trocada, porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire.
6.       Cómo enviar regalos a una mujer que al tiempo de arrodillarse ante ella, como princesa, estuviese ella rastrillando lino o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se riese y enfadase del presente.

       Y ahora viene el cuento que explica el sentido de que sea Aldonza Lorenzo la amada de don Quijote:

                 Has de saber que una viuda hermosa, moza, libre y rica, y sobre todo desenfadada, se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de buen tomo; alcanzólo a saber su mayor, y un día dijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprehensión: «Maravillado estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced pudiera escoger como entre peras, y decir: Este quiero, aqueste no quiero». Mas ella le respondió con mucho donaire y desenvoltura: «Vuestra merced, señor mío, está muy engañado y piensa muy a lo antiguo, si piensa que yo he escogido mal en fulano por idiota que le parece; pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe y más que Aristóteles».


  Y concluimos:

Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra.

Para lo que la quiere (tener una enamorada en su imaginación) claro que vale la machorra de Aldonza Lorenzo, si al cabo su belleza es sobrehumana, como ya hemos visto.

Y sigue:

Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.


Ya se sabe: Dulcinea es sólo el fruto de su imaginación, una imaginación que CREA la realidad IMITANDO sus modelos.

jueves, 6 de noviembre de 2014

UNA MENTIRA QUE NOS CONVIERTA EN MÁS VIVOS



Carlos Marzal nació en 1961. Se suele decir que él forma parte del grupo de poetas pertenecientes a la Poesía de la experiencia. Ya conocemos a Luis García Montero. Con  Metales pesados obtuvo el Premio Nacional de Poesía y el de la Crítica, y con Fuera de mí ganó el Premio Antonio Machado y el Internacional de Poesía Fundación Loewe. También es autor de novelas, como Los reinos de la casualidad. Hoy leemos este poema suyo, que tiene que ver con algunas cosas que hemos estudiado:


Que otras vidas más hondas sofoquen mi nostalgia
y que el don del valor me sea concedido.
Que el amor se engrandezca y sea fiel y dure
y que ajenos paisajes impidan la tristeza.
Que el olvido y la muerte, que el tiempo y el dolor
formen por esta vez en el bando vencido.
Que las luces se apaguen, y en la noche del cine
una breve mentira nos convierta en más vivos.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

TODOS USTEDES PARECEN FELICES



De su libro, Sin esperanza, con convencimiento releíamos ayer este poema de Ángel González, tal vez uno de los más representativos poetas de la llamada Generación del medio siglo. Leamos:
AYER
Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
y hubo un claro
movimiento de pánico hacia los
tranvías
que llevan los bañistas hasta el río.

A eso de las siete cruzó el cielo
una lenta avioneta, y ni los niños
la miraron.
                                      Se desató
el frío,
alguien salió a la calle con sombrero,
ayer, y todo el día
fue igual,
ya veis,
qué divertido,
ayer y siempre ayer y así hasta ahora,
continuamente andando por las calles
gente desconocida, o bien dentro de casa merendando
pan y café con leche, ¡qué
alegría!
La noche vino pronto y se encendieron
amarillos y cálidos faroles,
y nadie pudo
impedir que al final amaneciese
el día de hoy,
tan parecido
pero
¡tan diferente en luces y aroma!

Por eso mismo,
porque es como os digo,
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día              
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.

lunes, 3 de noviembre de 2014

¿QUÉ TIENEN HOY EN COMÚN?


 




DONDE EL AYER NAUFRAGA



Luis García Montero (1958) es profesor y crítico literario, pero también es el mejor representante de la Poesía de la experiencia. En sus poemas nos reconocemos y así también nos conocemos. Este poema es de su libro Habitaciones separadas.


HISTORIA DE UN TELÉFONO


Teléfono que suenas en medio de la noche
y con palabras lentas me conduces
al lugar de la vida recordada,
al lugar del insomnio.

Es una voz inútil,
muy bebida, quiere apoyarse, busca
el hombro más difícil de la muerte
y los silencios pesan aún más que las palabras.

Porque el dolor es nada si debajo
no suenan las canciones de los días felices,
la intimidad del conjurado,
llámame cuando puedas,
me gusta aquel muchacho de la barra,
qué postura llevamos a la reunión del viernes,
acabo de comprarte "Las personas del verbo".
A través del teléfono llegaban
las historias de amor, los libros, la política.

Una roca sin árboles la vida,
una roca sin árboles, me dices,
inútil, peligrosa
sin un motivo para levantarse
en medio del océano.

Y la noche se calla, me rodea.
Yo conozco ese frío de la voz,
esa herida en el agua,
no me resulta extraño
lo que mecen las olas del silencio,
la noche sin pudores ni mentiras,
las palabras del miedo, el alcohol desvalido,
la botella de un náufrago.

Lo que pudo existir brilla un instante,
luego deja sus sombras marcadas para siempre.
Fue un tiempo de soñar, y sin embargo
estaban ya las cartas repartidas.