jueves, 16 de enero de 2014

Jugarse la vida





Hoy leo en el periódico que ha fallecido Juan Gelman. Nacido en Buenos Aires en 1930, el escritor se exilió del país en 1976 y residió en distintas ciudades del mundo hasta finalmente radicarse en México, donde continuó desarrollando su carrera. Poeta y militante, Juan Gelman falleció a las 16:30 hora de México (19:30 hora argentina) de este martes en el Distrito Federal, a los 83 años. Gelman murió a causa de un síndrome de mielodisplasia, una disfunción de la médula ósea, dijeron distintos medios de prensa. El escritor, ganador del premio Cervantes en 2007 y autor de más de treinta libros, se encontraba en su casa de la Ciudad de México en la que vivía hace más de 20 años y desde donde escribía una columna semanal para el matutino Página/12. Incansable militante por los derechos humanos, en 1955 fue uno de los fundadores del grupo de poetas El pan duro, integrado por militantes comunistas que proponían una poesía comprometida y popular y actuaban cooperativamente para publicar y difundir sus trabajos.
Hoy leemos su poema El juego en que andamosSi me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

martes, 14 de enero de 2014

Pensar volando


Un día hablaremos de Gloria Fuertes. Ahora sólo vamos a leer un poema de su libro Aconsejo beber hilo:

Me gusta,
divertir a la gente haciéndola pensar.
Desayunar un poco de harina de amapola,
irme lejos y sola a buscar hormigueros,
santiguarme si pasa un mendigo cantando,
irme por agua,
cazar cínifes,
escribir a mi rey a la luz de la una,
a la luz de las dos,
meterme en mi pijama
a la luz de las tres,
caer como dormida
y soñar que soy algo
que casi, casi vuela.

La alegría de vivir



OTRA VEZ PABLO GARCÍA BAENA


El cordobés Pablo García Baena no es un desconocido para nosotros. Fundador del Grupo Cántico, revitalizó la poesía española de posguerra.  Publicó sus primeros poemas y dibujos en la prensa local, en Caracola, en El Español y en La Estafeta Literaria. En 1942 estrenó en Córdoba una versión teatral de cuatro poemas de San Juan de la Cruz. Su primer libro de poemas, Rumor oculto, apareció en la revista Fantasía en enero de 1946. Junto con los poetas Juan Bernier, Julio Aumente y Mario López y los pintores Miguel del Moral y Ginés Liébana formaron el grupo Cántico y editaron una revista (Córdoba, 1947-1949 y 1954-1957), que se convertiría en una de las más importantes de la posguerra española. La poesía barroca, exaltada y vitalista de Baena influyó entre las generaciones más jóvenes e hizo de puente entre los Novísimos y la Generación del 27. Ahora leemos este poema que convierte la memoria en vida:

Como el árbol dorado sueña la hoja verde...
Como el árbol dorado sueña la hoja verde,

ahora que no estás y en los bosques nevados
cruje lívidas urnas, fantasmal, el invierno,

los jóvenes deseos a la deriva quieren
cubrir tu memorial de húmedas laureas.


Era el marzo feliz que oreaban los vientos
primaveral basílica los juncos erigían,

las varitas moradas de san José, la avena
como lluvia menuda y un recado secreto
la cardelina lleva por alfarjes de ramas.


Así como la tierra mi corazón hinchado
germinaba de ocultas semillas sepultadas.

Así como la tierra nupcias al mar ofrece
el oleaje crespo de los besos unía
labio y tierra en anillos de herrín indestruibles.

Veíamos el mundo juntos sobre la roca...

Qué lejos el sollozo, los dioses, la leyenda
que luego tú serías, rojeantes racimos
de riparia cubriendo, armoniosa, tu estatua
cuando ya fuiste mármol inaccesible y ciego.

Pero el cielo era puro y fugaz y la loca
alegría de vivir, esa máscara errante
y beoda reía bajo el galoneado
raso del capuchón del dominó talar,

otorgando antifaces que realidad cubrían.


La tristeza, una calle por donde no pasábamos,

la poesía, una flauta que gime abandonada
y el rezo y los sociales lazos y la amistad,

esa vieja burguesa con labor de ganchillo,

nos vieron ir desnudos bajo constelaciones.


Sabíamos que un soplo acabaría con todo:

estancias en la noche centelleante de arañas,

copas alzadas, senos, más hielo, el jardín rosa
y verde de la aurora irrumpiendo en cristales,

desgarrando la cola de satén de la huida.


Sabíamos que un soplo... Y que no volvería
aquel vino jamás a mojar nuestros labios.

Confusamente turbia tiendo la mano ahora
hacia la puerta, arcano, tarot, encantamiento,

y allí encuentro tu mano entreabriendo el recuerdo.



lunes, 13 de enero de 2014

La loca de la casa


Cada mes, desde la Biblioteca de nuestro IES, se nos ofrece un artículo para la lectura. Queremos decir para la reflexión, para el pensamiento, para el gozo, para la crítica. Porque todo eso es leer. El que la profesora Coro Carrillo ha seleccionado tiene ya algunos años. Lo escribió Antonio Muñoz Molina en 1998. Pero es tan actual que su elección no nos dejará indiferentes.  A ella, que la eligió, y a él, que la escribió,  les agradecemos esta nueva lectura: 

"La disciplina de la imaginación"
Con alguna frecuencia voy a dar conferencias a institutos, y siempre compruebo, con tanto entusiasmo como melancolía, una doble verdad. Primero, que en esas aulas está el mejor público que puede desear un escritor: el más receptivo, el más limpio de vanidad y de prejuicios. Segundo, que hay muy pocas cosas tan hirientes como el contraste entre el dispendio ilimitado de las ceremonias culturales organizadas por ayuntamientos, diputaciones y comunidades, y la penuria absoluta en la que casi siempre se desenvuelven los centros públicos de enseñanza.Este es un país donde, al tiempo que vienen las mejores orquestas del mundo, muchos conservatorios se encuentran en condiciones nigerianas, y donde las Administraciones gastan en televisiones consagradas a emitir basura comercial e ideológica el mismo dinero que escatiman en bibliotecas o plazas de profesores.
Aunque lo parezca, todo lo anterior no es en absoluto ajeno a la literatura, (...). Si la literatura, como tiende a creerse ahora, es un adorno, un fetiche de prestigio para pavonearse ante los ojos embobados de la tribu, si es una materia fósil, apartada de la vida y que solo interesa a los eruditos universitarios, entonces tienen razón quienes la desdeñan, quienes la eliminan poco a poco de los planes de estudio, y también el público que jamás se interesa por ella. Si la literatura es superflua, si no es útil para vivir y no alude a honduras fundamentales de la experiencia humana, lo mismo los escritores que los profesores, que nos ganamos la vida gracias a ella, tendremos razón para sentirnos impostores.
Cuando yo estudiaba sexto de bachillerato, hace casi treinta años, la clase de literatura consistía en una ceremonia tediosa y macabra. Un profesor de cara avinagrada subía cansinamente a la tarima con una carpeta bajo el brazo, tomaba asiento con desgana y nos dictaba una retahíla de fechas de nacimientos y de muertes, títulos de obras y características que tenías que conocer al piede la letra si no querías suspender. Afortunadamente para mí, yo ya era un adicto irremediable a la literatura: pero la mayoría de mis compañeros la habrán considerado para siempre ajena y odiosa. (...) la educación literaria era, y en ocasiones sigue siendo, una manera rápida y barata de alejar a los adolescentes de los libros.
A nadie le interesa aprender cosas inútiles. Solo amaremos los libros si nos damos cuenta de que son útiles y pertenecen al reino de nuestra propia vida. Leer no es hacer méritos para aprobar ni para demostrar que se está al día. Un libro verdadero -también los hay impostores- es algo tan necesario como una barra de pan o un vaso de agua. Como el agua y el pan, como la amistad y el amor, la literatura es un atributo de la vida y un instrumento de la inteligencia, de la razón y de la felicidad.
Un amigo mío que se dedica a enseñarla dice que la literatura no es cultura, sino algo más serio y más elemental.La literatura, su médula, es una consecuencia del instinto de la imaginación, que opera con plenitud en la infancia y que poco a poco suele ir atrofiándose, como todo órgano que se deja de usar. A medida que crecemos y se nos empieza a adiestrar para el trabajo, para la mansedumbre y la desdicha, el hábito de la imaginación se vuelve incómodo, peligroso e inútil. No porque sea un proceso natural, sino porque hay una determinada presión social para que no nos convirtamos en individuos sanos, felices y autónomos, sino en súbditos dóciles, en empleados productivos, en lo que antes se llamaba hombres de provecho. (...)
La tarea del que se dedica a introducir a los niños y los jóvenes en el reino de los libros es enseñarles que estos no son monumentos intocables o residuos sagrados, sino testimonios cálidos de la vida de los seres humanos, palabras que nos hablan con nuestra propia voz y que pueden darnos aliento en la adversidad y entusiasmo o fortaleza en la desgracia. Decía ortega y Gasset que los grandes escritores nos plagian, porque al leerlos descubrimos que están contándonos nuestros propios sentimientos, pensando ideas que nosotros mismos estábamos a punto de pensar.
La literatura no es aquel catálogo abrumador y soporífero de fechas y nombres con que nos laceraba mi profesor de sexto, sino un tesoro infinito de sensaciones, experiencias y de vidas. Gracias a los libros, nuestro espíritu puede romper los límites del espacio y del tiempo, de manera que podemos vivir a la vez en nuestra propia habitación y en las playas de Troya, en las calles de Nueva York y en las llanuras heladas del Polo Norte. Es una ventana y también es un espejo. Es necesaria, aunque algunos la consideren un lujo. En todo caso, es un lujo de primera necesidad.
Pero que resulte necesaria no quiere decir que sea un tesoro puesto al alcance de la mano, que cualquiera pueda sin esfuerzo escribirla y leerla. Cunde desde hace años la superstición irresponsable de que el empeño, la tenacidad, la disciplina y la memoria no sirven para nada, y de que cualquiera puede hacer cualquier cosa a su antojo. Eso que llaman lo lúdico se ha convertido en una categoría sagrada. Del aula como lugar de suplicio se ha pasado a la idea del aula como permanente guardería, lo cual es una actitud igual de estéril, aunque mucho más engañosa, porque tiene la etiqueta de la renovación pedagógica.
Todos sabemos, aunque a veces se nos olvide, que las cosas que nos salen sin esfuerzo han requerido un aprendizaje muy lento y muy difícil, y que la lentitud y la dificultad nos han templado mientras aprendíamos. Los mayores logros del arte, la música, la literatura o el deporte tienen en común una apariencia singular de facilidad. Pero a ese atleta que corre cien metros en menos de diez segundos ese instante único le ha costado años de entrenamiento, y ese músico que toca delante de nosotros sin mirar la partitura, como ese aficionado que se la sabe de memoria, han pasado horas innumerables consagrados al estudio, negándose al desaliento y a la facilidad.
Se nos educa —cuando se nos educa, cosa cada vez menos frecuente— para disciplinarnos en nuestros deberes, pero no en nuestros placeres y en nuestras mejores aptitudes. Por eso nos cuesta tanto trabajo ser felices. Aprender a escribir libros es una tarea muy larga, un placer extraordinariamente laborioso que no se le regala a nadie y al que se llega después de mucho tiempo de dedicación disciplinada y entusiasta. Esos genios de la novela que andan a todas horas por los bares son genios de la botella más que de la literatura. Y aprender a leer los libros y a gozarlos también es una tarea que requiere un esfuerzo largo y gradual, lleno de entrega y paciencia, y también de humildad. Pero ya decía Lezama Lima que sólo lo difícil es estimulante.
La literatura no está sólo en los libros, y menos aún en los grandilocuentes actos culturales, en las conversaciones chismosas de los literatos o en los suplementos literarios de los periódicos. Está en la habitación cerrada en la que alguien escribe a altas horas de la noche o en el dormitorio en el que un padre le cuenta un cuento a su hijo, que tal vez dentro de unos años se desvelará leyendo un tebeo, y luego una novela. Uno de los lugares donde más intensamente sucede la literatura es el aula en donde un profesor sin más ayuda que su entusiasmo y su coraje le transmite a uno solo de sus alumnos el amor por los libros, el gusto por la razón en vez de por la brutalidad, la conciencia de que el mundo es más grande y más valioso que todo lo que puede sugerirle la imaginación.
La enseñanza de la literatura sirve para algo más que para descubrirnos lo que otros han escrito y es admirable: también sirve para que nosotros mismos aprendamos a expresarnos mediante ese signo supremo de nuestra condición humana, la palabra inteligible, la palabra que significa y nombra y explica. No la que niega y oscurece, no la que siembra la mentira, la oscuridad y el odio.

Guarda la navaja. saca las palabras


Las banderas no se ofenden
Todos estamos atentos, muy atentos, a la nueva legislación. Nuevos delitos: ¡¿Será posible?! Leamos atentos el último artículo de Álex Grijelmo en El País. Nos ayudará a entender las cosas: 



Un objeto no puede sentirse ofendido. Tampoco una idea. Por mucho que lo intentemos, ni una mesa se dará por injuriada ni el concepto “libertad” creerá que lo hemos menospreciado.

“Ofender” se define en el Diccionario como “humillar o herir el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos”. “Ultrajar” equivale por su parte a “ajar” o “injuriar”, donde “ajar” se corresponde con la acepción de “tratar mal de palabra a alguien para humillarle”; y donde “injuriar” equivale a “ultrajar”; y “ultrajar”, a “despreciar o tratar con desvío a alguien”. Definiciones todas ellas en las que el indefinido “alguien” solo puede referirse a personas.

“España” es una palabra que representa una cosa o una idea: o bien un territorio físico o bien el concepto espiritual de una nación. “España” no tiene emociones, ni ojos, ni boca, ni brazos ni axilas, ni rodillas ni corvas. ¿Cómo se podría entonces ofender a España, según señala un proyecto de ley, si España no es “alguien”, sino “algo”? España o la bandera son algo que amamos, algo que nos une o nos separa, no son alguien que sufre, que hace o deshace (salvo en usos metafóricos que representen a unas personas; por ejemplo, si decimos: “España es alguien en el fútbol mundial”).
 
Los sentimientos de España, como el fútbol de España, solo se pueden residenciar en los españoles (y en los futbolistas españoles). Está claro que “España” somos los españoles. Pero los españoles mostramos gran variedad de pareceres tanto a la hora de pedir los cafés (“yo quiero un cortado descafeinado con leche fría, en vaso y con azúcar moreno”) como en todo lo que concierne a los asuntos públicos (“yo me siento más de mi región que de mi pueblo, pero más de mi pueblo que español, y un poco más español que de mi provincia”).

Entre esos tipos de españoles se encuentran los que se molestan con facilidad y también los que, por el contrario, piensan que la palabra perro nunca les muerde.

Entonces, ¿cómo se pueden regular las ofensas y los ultrajes a España, a la bandera, a las comunidades y, ya puestos, también a los ayuntamientos, las diputaciones, las comarcas, las vegas y los valles?

Malamente.

El filósofo británico John Austin (1911- 1960) nos enseñó que una cosa es decir palabras; otra hacer con palabras, y una tercera hacer al decir palabras.

En los tres casos decimos palabras, pero las consecuencias difieren. Si pronunciamos “te felicito”, hacemos con palabras, pues en la oración “te felicito” va el mismo acto de felicitar. Pero si nos dicen “te regalo este libro”, se precisan la palabra y el libro para hacer al decir, porque lo uno sin lo otro no completa la acción.
Así que no todas las palabras consiguen por sí mismas lo que se proponen. Puedo pronunciar “te doy las gracias”, y en ese momento estoy agradeciendo. Pero si digo “te persuado”, tal vez no esté logrando persuadir a nadie, porque para ello hace falta que el receptor dé sentido al verbo.

Está en marcha una ley que se prevé incluya palabras desviadas de su significado, como “ofender” o “ultrajar”; verbos que tampoco se realizan por sí mismos, sino que necesitan la contribución del complemento que recibe la acción. Y los complementos de esta ley no pueden contribuir a ello porque no son personas.

La bandera, la palabra “España” (o “Cataluña”, o “Galicia”) representan ideas, y como ideas reciben ataques que no son en sí mismos injuriosos contra nadie, no son personales. Quien se envuelva en la bandera se estará arrogando como ultraje personal lo que solamente se expresó como desacuerdo democrático, por desagradable que nos parezca. Pero esa futura ley no defiende la bandera ante las ofensas, sino más bien determinadas ideas ante las críticas.

Ni el término “gato” araña ni la palabra “hielo” enfría. Y quemar una bandera es quemar una bandera, no quemar a quienes amamos una bandera. Así es la libertad de expresión, así es la democracia, así es el lenguaje. Y si usted discrepa, queme este artículo. No será ninguna ofensa

El lector también es un fingidor


FERNADO PESSOA
Es bien posible que Fernando Pessoa sea el más grande poeta portugués de todos los tiempos. Además de poeta, fue ensayista y traductor. Y también una de las almas de la ciudad de Lisboa, donde nació en 1888. 
Sus primeros años transcurrieron en Ciudad del Cabo mientras su padrastro ocupaba el consulado de Portugal en Sudáfrica.  A los diecisiete años viajó a Lisboa, donde después de interrumpir estudios de Letras alternó el trabajo de oficinista  con su interés por la actividad literaria. La influencia que en él ejercieron autores como Nietzsche, Milton y Shakespeare, le llevaron a traducir parte de sus obras y a producir los primeros poemas en idioma inglés. Dirigió varias revistas  y pronto se convirtió en el propulsor del surrealismo portugués.
 Mensaje fue su primera obra en portugués y única publicada en vida del poeta. Parte de su obra está representada por los numerosos heterónimos creados durante su vida, siendo los más importantes  Alvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro. Falleció en Lisboa en 1935.


Almada Negreiros retrató a Fernando Pessoa en este lienzo que ahora colgamos aquí, para así colgarlo en las paredes de nuestras casas:
Autopsicografía


El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que hasta finge que es dolor

El dolor que de veras siente.


Y quienes leen lo que escribe,

Sienten, en el dolor leído,

No los dos que el poeta vive

Sino aquél que no han tenido.


Y así va por su camino,

Distrayendo a la razón,

Ese tren sin real destino

Que se llama corazón.