jueves, 18 de diciembre de 2014

PARA LOS AMANECERES DE LOS AÑOS VENTUROS


Para terminar este trimestre, ahora que terminan tantas cosas, traemos aquí, ahora, este cuento, tal vez el cuento más hermosos del mundo, escrito en ninguna lengua, que no nos habla de finales, sino de un tiempo venturo que alguno de vosotros quiera conocer alguna vez. Lo escribió Gabriel García Márquez. Y se llama El ahogado más hermoso del mundo. Leamos:

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado-

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento-

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

domingo, 14 de diciembre de 2014

JUAN VÁZQUEZ: CON ANSIAS Y PASIONES




El villancico se remonta a las postrimerías del siglo XIII, pues ciertas cantigas de Alfonso X el Sabio muestran una forma métrica y musical que veremos en los siglos XV y XVI. Surgido del pueblo, pasó a ser elaborado por escritores y músicos cultos. Juan del Enzina solía acabar sus églogas con un villancico cantado y a veces bailado. Su forma es la de estribillo o refrán seguido de las coplas (con su mudanza, enlace y vuelta) y la repetición del estribillo. El villancico musicado puede no repetir el estribillo al final, pues la vuelta de la copla suele tener la misma rima que aquél, y por tanto lo normal es que tenga la misma música. El esquema rítmico del villancico musicado no corresponde del todo a la forma musical.

Hacia el año 1400, don Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, puso el título de villancico a uno de sus poemas, pero en lo musical el villancico empieza a dar numerosos frutos desde mediados del siglo XV. Los Cancioneros de la Colombina y de Palacio recogen un buen número de piezas de este género, que representan una vieja tradición polifónica en la Península Ibérica. En el segundo encontramos ejemplos de una corriente más compleja desde el punto de vista vocal, acaso consecuencia de la creciente relación entre Castilla y Flandes.

El villancico no es aún exclusivamente religioso y, si lo es, no necesariamente hace referencia a la Navidad. Tuvieron que pasar años para que en el hoy llamado Cancionero de Uppsala (Venecia, 1556) apareciese un apartado que dice: Villancicos de Navidad a tres bozes. Son 10, entre los que hallamos los muy conocidos No la debemos dormir, Dadme albricias hijos de Eva o Yo me soy la morenica.

Los villancicos de Juan Vázquez, publicados en 1560, son todos profanos. Los que aparecen en los libros de Luis Milán, Miguel de Fuenllana y Alonso Mudarra ni siquiera son polifónicos, sino para voz con vihuela. En sus Canciones y villanescas espirituales (Venecia, 1589), Francisco Guerrero incluye 20 villancicos a 5 voces, de tema sacro, aunque no todos navideños. En el fresco sabor popular de estos años se adivina ya un deseo de convertir el género en el cauce formal donde el pueblo pueda manifestar su júbilo por la venida al mundo del Salvador.

El siglo XVII irá dando la razón a Guerrero, pues el villancico comienza a entrar en el templo con enorme aceptación. El primer gran maestro que incorpora el villancico en castellano frente al uso del latín en el templo es el villenense Juan Bautista Comes (1582-1643). Mateo Romero, Carlos Patiño, Juan Hidalgo, Joan Cererols y Miguel de Irizar compusieron bellos villancicos en el estilo característico del siglo XVII, con sus ritmos ternarios muy sincopados y el uso inexcusable del bajo continuo.

El paso del siglo XVII al XVIII representa el apogeo barroco español en ese campo: Sebastián Durón, Antonio Literes, fray José Vaquedano, Miguel Ambiela, Antonio de Yanguas, Jerónimo de Carrión. Especial interés tiene el alcarreño Juan Manuel de la Puente (1692-1753), cuya obra ofrece ya una clara separación entre la cantata, con sus arias precedidas de recitativos, y el villancico, que sigue la vieja fórmula de estribillo y coplas.

De la Puente, maestro de capilla de la catedral de Jaén de 1716 hasta su muerte, cultiva ya el tipo de villancico que predominará en el siglo XVIII, con las novedades formales y estilísticas del clasicismo (como el uso del violín en los templos, rechazado en principio por la severa tradición polifónica española), en autores como Rodríguez de Hita, Manuel Mencía, Melchor López, Joaquín García y el Padre Soler.

El siglo XIX, salvo excepciones, trae consigo la caída del villancico, que no puede hacer frente al auge de otros géneros en latín, principalmente la misa y el motete, pero sobre todo a un sinfonismo cada vez mayor que excede a las posibilidades económicas de la Iglesia. El villancico, que había generado en tiempos un género tan aceptado como la tonadilla escénica, moría ahogado por la pasión de la ópera italiana.

Pero la Navidad siguió inspirando un tipo de canción popular llamada villancico, nadal, panxoliña, navidad, coplas a lo divino, caramelles, y que creará pequeñas joyas por todo el país. En Extremadura (Ya viene la vieja); Madrid (Campana sobre campana), Murcia (Dime niño), Cataluña (Fum, fum, fum); Castilla y León (En Belén tocan a fuego); Castilla-La Mancha (Hacia Belén va una burra); País Vasco (Ator, ator); Andalucía (Chiquirriquitín), Aragón (Ya vienen los reyes); Galicia (Falade ben baixo) y el resto del territorio.
Nosotros hoy no queremos olvidar a Juan Vázquez, por paisano y por ser uno de los grandes maestros del villancico. Juan Vásquez (o Vázquez) (c. 1500, Badajoz - después de 1560, Sevilla) fue sacerdote y compositor español del Renacimiento. Nuestro paisano estuvo muy vinculado a los compositores renacentistas andaluces, entre los que encontramos a nombres tan importantes como Francisco Guerrero o Cristóbal de Morales. Se le conoce principalmente por su obra profana compuesta de villancicos, canciones y sonetos (madrigales) y por la única obra religiosa que ha llegado hasta nosotros: su monumental Agenda defunctorum.

Sabemos muy poco de Juan Vásquez. Sí que nació en Badajoz la primera década del siglo XVI, pero nada de la fecha exacta de su nacimiento ni de su familia, ni de su formación musical. Sabemos que fue cantor, contralto,  de la Catedral de Plasencia. Sabemos que también fue cantor de la catedral de Badajoz. Y después s desempeñó el cargo de maestro de los niños cantorcicos de la catedral, enseñándoles canto llano, canto de órgano y de contrapunto. Después fue nombrado sochantre de la catedral.
En 1538, Juan Vásquez, abandona su ciudad natal, a donde no volvería hasta 1545. Fue cantor de la Catedral de Palencia, lo que le permite entrar en contacto con las capillas castellanas y con músicos vinculados a la nobleza. Gracias a estos contactos sus obras fueron conocidas por los vihuelistas castellanos. Después ingresó en Madrid como cantor en la capilla del Arzobispo. Su nombre no figura en las listas de cantores de la capilla ni en Toledo ni en Arévalo, que fueron lugares a los que se desplazó la capilla del arzobispo a continuación. Esto hace suponer que su estancia en la capilla arzobispal fue corta.
En 1545 regresa a la Catedral de Badajoz como maestro de capilla. Allí estuvo hasta el verano de 1550. Sabemos que por esa época ya era clérico aunque no en qué fecha se hizo presbítero. Estuvo en Vila Viçosa, donde residía la corte de los duques de Braganza.
Después marcha a Andalucía, empleado por Antonio de Zuñiga, prior de San Juan, a quién dedicó su colección de música Villancicos y canciones. En Sevilla publica la Agenda defunctorum.
En 1560 publicó su libro Recopilación de sonetos y villancicos a cuatro y a cinco voces. Vásquez vivió en Sevilla hasta su muerte, posiblemente después de 1560. Con este villancico festejamos la palabra navideña:
¿Con qué la lavaré
La tez de la mi cara?
¿Con qué la lavaré
Que bivo mal penada?
Lávanse las galanas
Con agua de limones,
Lávome yo, cuytada,
Con ansias y pasiones.
¿Con qué la lavaré
La tez de la mi cara?
¿Con qué la lavaré?
                                                           Que bivo mal penada. 

LAS PALABRAS NO SOLO SIGNIFICAN, TAMBIÉN EVOCAN


Otro domingo más  Álex Grijelmo nos pone las palabras en 
La punta de la lengua 
Lo que encubre "ajuste de cuentas"
Tres hombres resultan heridos en Valencia por un ajuste de cuentas; un menor muere en un ajuste de cuentas; y un ajuste de cuentas entre ultras provoca el homicidio de un hincha del Deportivo.
Cuando escuchamos esa expresión, todos nos quedamos más tranquilos. Quizá la policía lo sabe, y por ello la usa a menudo en sus comunicados: el ajuste de cuentas parece un asunto bilateral y privado, y aleja del suceso a los demás ciudadanos.
El asesinato de una persona que circulaba normalmente por la calle hace que podamos ponernos en su lugar, porque nosotros circulamos normalmente por la calle. El robo a mano armada en una tienda de regalos nos hace vernos dentro de ella para comprar, o al otro lado del mostrador como posibles dueños, o como amigos o parientes de alguien que trabaja en una tienda de regalos; lo mismo que el atraco en un banco, donde nos imaginamos cajeros o clientes. En esos casos no nos creeríamos tan ajenos al suceso.
Pero si alguien atribuye el acto de violencia a un ajuste de cuentas nos sabemos a salvo: se trata de cuentas pendientes entre el asesino y el asesinado, en las que no tenemos nada que ver. Cosas de otros.
No obstante, podemos plantearnos algunas reflexiones sobre esa expresión que tiende a poner en igualdad de condiciones al agresor y a su víctima, quienes supuestamente saldan con la sangre un desequilibrio en su balanza de agravios. Parece inevitable que la mención de ajuste evoque el acto de ajustar: “Hacer y poner algo de modo que case y venga justo con otra cosa”. Pero esos ajustes de cuentas suelen implicar un desajuste en la proporcionalidad: un insulto se arregla con una cuchillada, el impago de una mercancía (legal o ilegal) se cobra con un disparo, el grito en favor de un equipo se hace abonar con el lanzamiento de un hincha al agua helada.
El significado de la expresión se ha tasado bien en el Diccionario. La entrada ajuste incluye la locución ajuste de cuentas, que remite a su vez a arreglo y su correspondiente arreglo de cuentas, definido así: “Acto de tomarse la justicia por su mano o vengarse”.
Sin embargo, sabemos que las palabras no sólo significan sino que también evocan. Y evocan porque se contaminan, porque los distintos usos en que las hemos conocido influyen en cómo las procesamos. La fuerza de ajuste en la expresión ajuste de cuentas sugiere un equilibrio de las acciones. Si un contable nos dice que está ajustando las cuentas, entenderemos que trabaja en que cuadren el activo y el pasivo de su empresa, o en que el resultado del año responda a las salidas y entradas de dinero. Ajuste de cuentas da título incluso un exitoso programa de la cadena Cuatro referido a la economía familiar.
El significado exacto de la expresión remite a la venganza, en efecto, como sucede con la novela Ajuste de cuentas, de Benjamín Prado; pero podemos imaginar que esa locución fue promovida por los agresores y no por los agredidos. El que ajusta las cuentas pendientes cree que su acción violenta queda justificada por la deuda de su víctima y que la agresión no hace sino dejar las cosas en su sitio, con el balance en orden. Por el contrario, el que sufre la puñalada no considerará que ése sea el justo pago por su débito ni que con ella se ajuste la cuenta pendiente mediante un equilibrio entre los ingresos y los costes.
Aun con esas trampas, la expresión ajuste de cuentas leída tras un suceso nos deja tranquilos, sí. Nosotros no somos ultras, ni debemos dinero a un mafioso, ni hemos dejado deudas de droga. Pero si esa locución encubre la venganza, el odio, el desquite, la ira, la salvajada, tal vez sea bueno que nos sintamos implicados al oírla, empezando por el inmediato reconocimiento del peligro que significan las palabras que desaloja.
Los ultras, los delincuentes... también forman parte del género humano, y sus acciones nos conciernen por ello. Algo habrá fallado en el lenguaje colectivo si unos violentos tienen en su mente la expresión ajuste de cuentas en vez de asesinato.