miércoles, 16 de octubre de 2013

Al morir don Quijote


ALONSO QUIJANO TENÍA FANTASÍA Y ANDRÉS TRAPIELLO TAMBIÉN 



Como gustaba tanto de los libros de caballerías dice nuestro narrador que el hidalgo de la novela "se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos"  



Como si esto fuese malo. Tenía suficiente para vivir y disponía de tierra para poder comprar cuantos libros quisiese. Como si eso fuese malo, repetimos. La hanega o fanega variaba entre media y una hectárea y media, según la calidad de la tierra; en la región de don Quijote, la extensión media de los campos de sembradura estaba en torno a las cinco fanegas. Los libros de caballerías eran regularmente gruesos infolios de alto costo (aunque se depreciaban mucho en el activo mercado de segunda mano): en 1556, en el inventario de un editor toledano, el Palmerín, el Cristalián, el Cirongilio y el Florambel, sin encuadernar, se valoraban, respectivamente, a 80, 136, 102 y 68 maravedíes cada uno (naturalmente, un comprador particular habría tenido que pagar el ejemplar a mayor precio); en ese mismo año, medio kilo de carne de vaca costaba en la región algo más de 8 maravedíes, y otro tanto de carnero, unos 15.  




Gastaba en libros. Como aquel que en aquellos mundiales de fútbol se compró la tele en color, aun sabiendo que la cosa no estaba muy bien. Como ese señor que ve películas y películas en la televisión disfrutando tanto con Harry el sucio; como esa señora que vive atenta a la vida de Belén, la mamá que quiere que su niña se como el pollo. Y así. Todos viviendo otras vidas, no las suyas, porque las de cada uno no valen nada, porque nadie daría nada por nuestras vidas aburridas.

Y luego dice que "y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete".

Y lo pudo haber hecho, pues al decir esto el narrador nos asegura que tenía imaginación. Y conocimiento de qué cosas pasan en las novelas de caballerías. Recordemos que lo hubiera hecho muy bien a tenor de cómo narra en el capítulo XXI, pues don Quijote hace un perfecto resumen de la trama de una novela de caballerías:

—No dices mal, Sancho —respondió don Quijote—, mas antes que se llegue a ese término es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando las aventuras, para que acabando algunas se cobre nombre y fama tal, que cuando se fuere a la corte de algún gran monarca ya sea el caballero conocido por sus obras, y que apenas le hayan visto entrar los muchachos por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen dando voces, diciendo: «Este es el Caballero del Sol», o de la Sierpe,, o de otra insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes hazañas. «Este es —dirán— el que venció en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza; el que desencantó al Gran Mameluco de Persia del largo encantamento en que había estado casi novecientos años.» Así que de mano en mano irán pregonando sus hechos, y luego al alboroto de los muchachos y de la demás gente, se parará a las fenestras de su real palacio el rey de aquel reino, y así como vea al caballero, conociéndole por las armas o por la empresa del escudo, forzosamente ha de decir: «¡Ea, sus! Salgan mis caballeros, cuantos en mi corte están, a recebir a la flor de la caballería, que allí viene». A cuyo mandamiento saldrán todos, y él llegará hasta la mitad de la escalera y le abrazará estrechísimamente, y le dará paz, besándole en el rostro, y luego le llevará por la mano al aposento de la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta, su hija, que ha de ser una de las más fermosas y acabadas doncellas que en gran parte de lo descubierto de la tierra a duras penas se pueda hallar. Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el caballero, y él en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que humana, y, sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y enlazados en la intricable red amorosa y con gran cuita en sus corazones, por no saber cómo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde allí le llevarán sin duda a algún cuarto del palacio, ricamente aderezado, donde, habiéndole quitado las armas, le traerán un rico manto de escarlata con que se cubra; y si bien pareció armado, tan bien y mejor ha de parecer en farseto. Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, donde nunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes, y ella hará lo mesmo, con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará a deshora por la puerta de la sala un feo y pequeño enano, con una fermosa dueña que entre dos gigantes detrás del enano viene, con cierta aventura hecha por un antiquísimo sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballero del mundo. Mandará luego el rey que todos los que están presentes la prueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero huésped, en mucho pro de su fama, de lo cual quedará contentísima la infanta, y se tendrá por contenta y pagada además por haber puesto y colocado sus pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno es que este rey o príncipe o lo que es tiene una muy reñida guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huésped le pide, al cabo de algunos días que ha estado en su corte, licencia para ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de muy buen talante, y el caballero le besará cortésmente las manos por la merced que le face. Y aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de un jardín, que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras muchas veces la había fablado, siendo medianera y sabidora de todo una doncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará él, desmayaráse ella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene la mañana y no querría que fuesen descubiertos, por la honra de su señora. Finalmente, la infanta volverá en sí y dará sus blancas manos por la reja al caballero, el cual se las besará mil y mil veces, y se las bañará en lágrimas. Quedará concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos o malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga lo menos que pudiere; prometérselo ha él con muchos juramentos; tórnale a besar las manos y despídese con tanto sentimiento, que estará poco por acabar la vida. Vase desde allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor de la partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la reina y de la infanta; dícenle, habiéndose despedido de los dos, que la señora infanta está mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el caballero que es de pena de su partida, traspásasele el corazón, y falta poco de no dar indicio manifiesto de su pena. Está la doncella medianera delante, halo de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual la recibe con lágrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es no saber quién sea su caballero y si es de linaje de reyes o no; asegúrala la doncella que no puede caber tanta cortesía, gentileza y valentía como la de su caballero sino en subjeto real y grave; consuélase con esto la cuitada: procura consolarse, por no dar mal indicio de sí a sus padres, y a cabo de dos días sale en público. Ya se es ido el caballero; pelea en la guerra, vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas, vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase que la pida a su padre por mujer en pago de sus servicios; no se la quiere dar el rey porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa, y su padre lo viene a tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de estar en el mapa. Muérese el padre, hereda la infanta, queda rey el caballero, en dos palabras. Aquí entra luego el hacer mercedes a su escudero y a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su escudero con una doncella de la infanta, que será sin duda.

Así que imaginativo y con estilo.
Concluir la historia de Don Belianís. Buen propósito. AL morir don Quijote el escritor Andrés Trapiello decidió continuar la historia. Se llama así: Al morir don Quijote. Leamos un fragmento: 

El ama, que había ido a la cocina a preparar unos gazpachos, oyó aquel hondísimo suspiro, dejó las sartenes y corrió alarmada a donde estaban todos. Se abrazó a la sobrina y rompió en un penoso llanto.
Antonia quiso llorar, por no desentonar en ese trance, pero no lo logró y hubo de conformarse con la tristeza, aunque envidió aquellas lágrimas del ama. El fleco de un pensamiento sombrío rozó fugaz su frente: ''¿Por qué el ama, que no es nada suyo, puede llorar, y yo, que soy de su misma sangre, no tengo lágrimas? Debería llorar yo y no ella».
Los demás se pusieron de pie y no sabían si acudir a consolar a la sobrina o entrar en el aposento donde yacía don Quijote.
Fue lo que hizo maese Nicolás, barbero, amigo de don Quijote desde hacía más de cuarenta años y partidario de la lanceta. En ausencia del médico, hizo la suerte él, y ganó de un salto la delantera, y entró y salió del mechinal en un punto. La gravedad de su rostro y las solemnes cabezadas con que se acompañó, certificaron el desenlace.
El primero en darle pésame y besamanos a la sobrina fue el escribano señor Alonso de Mal. Se veía a una legua que era escribano por la barba de cola de pato que lucía y la garnacha vieja, color algarroba. Era un viejo con cara de pocos amigos, en los huesos y con la tez moscada. Le llevaba a don Quijote las cuentas y asientos de la hacienda, pagaba las alcabalas y buscaba los abogados si pleiteaban en la Audiencia. Fue él también el que tres días antes había hecho traslado a su enrevesada letra procesal de las últimas voluntades de don Quijote-Junto al señor De Mal se hallaba el bachiller Sansón Carrasco. SÍ el barbero era un amigo viejo de don Quijote, el bachiller lo era reciente, de ayer como quien dice.
Así como Antonia pareció darse prisa en soltarse de los abrazos del señor Alonso de Mal, no mostró ninguna acucia por salir de los del bachiller, que repetía la misma jaculatoria como sí no se le ocurriese otra:
—Consuélese vuesa merced, señora Antonia, que su tío ha pasado a mejor vida.
No se enriende por qué le habló de aquella manera, ya que nunca gastaba con ella ese tratamiento. La llamaba de tú, nunca de vos, pero se conoce que debió de parecerle que aquel trago pasaría mejor circunstanciándolo un poco.
El señor cura don Pedro Pérez se había quedado dormido leyendo su breviario hacia unos minutos, cuando el sollozo de Antonia le despertó. Miró a todos lados con ojos saltones. Y gracias a que estaba leyendo su breviario y a que era puntualísimo y escrupuloso en sus devociones, sabemos que don Quijote murió durante la hora tercia, porque su dedo índice se había quedado metido en esa parte del libro. Y no le preocupó esa noticia; sabía que don Quijote había arreglado sus cuentas con Dios hacía tres días, en confesión. Lo que confesó don Quijote a don Pedro sí que no podrá saberlo nadie nunca, ni Cide Hamete ni Cervantes ni nadie, porque todo lo enterró el secreto del sacramento. ¿Para qué pecados suyos pidió clemencia "y perdón don Quijote? ¿De ira, de orgullo?
;Acaso confesó que en aquellos tres últimos meses de sus aventuras no había entrado en sagrado ni oído misa ni un solo domingo, como manda la Santa Madre Iglesia? ¿Se sintió eximido de arrepentirse cuerdo de los pecados que cometió loco? En cualquier caso no debieron de ser sus pecados ni muchos ni graves, porque la confesión fue somera, duró unos minutos y en ella don Pedro se limitó a humillar la mirada y mover la cabeza, como si le diera a entender a su amigo: «No, si ya me hago cargo. Siga vuesa merced». Así que a don Pedro la noticia de que había muerto don Quijote le dejó tranquilo, con el trabajo hecho.
Maese Nicolás Calderón se quedó un poco apartado, esperando junto al cura turno para formalizar el besamanos con la sobrina. Era barbero, sangrador, albéitar, colmenero y médico si no había uno cerca. Era también corresponsal de cinco academias manchegas. Con esto último ya está dicho todo para saber que era un hombre buenísimo. Quizá porque él mismo era corpulento y estaba forrado de buenas mantecas, se mostraba muy partidario de sangrar a los enfermos. Y no sólo eso: durante unos días él se culparía de la muerte de su amigo por haber tardado tanto en sangrarle y dejar que los malos humores se la pudrieran, contra la opinión del médico, enemigo de las sangrías y con el que no se llevaba nada bien, hay que decir.


martes, 15 de octubre de 2013

Sé que puedo ser fotógrafo en Play boy

¿Quién no quiere ser otro?
 
Hemos hablado en clase de nuestro hidalgo, del que todavía no sabemos ni cómo se llama. La descripción que se hace de don Quijote  como “un hidalgo de los de …”  es muestra de los hidalgos rurales con pocos medios de fortuna  (por debajo, pues, de los caballeros, hidalgos ricos y con derecho a usar el don) y sin otra ocupación que mantenerse ociosos, para no decaer al estado de los pecheros perdiendo los contados privilegios que aún contaban, como la exención de muchos impuestos. Para que esta nueva situación se produzca, el personaje ha nacido en un lugar cercano, en un tiempo memorable. Y lo mismo parece que sucede con el resto de los personajes, que parece que han sido tomados de la realidad.


Vive en la aldea. No se pretende averiguar ni su nombre, ni su tamaño. Seguramente no se diferenciará mucho de las aldeas manchegas que vio Azorín. Allí, cuando nos sentimos asfixiados por el ambiente, tomamos un tren y nos vamos a la capital. “A la corte” se decía entonces; y a la corte emigraban. También tenían la salida de la milicia, la iglesia o las Indias. El hambre ayudaba a tomar la decisión. Pero este hidalgo no pasaba hambre. La idea de gloria la descubrió con sus lecturas. Buscar la gloria por la acción en aquella época ya no se le ocurría a nadie. A Hernán Cortes, que era un humanista, en tiempos del Emperador, le interesaba la gloria; a su pariente Francisco de Pizarro, que era un analfabeto, le movía el interés. ¿Por qué cuando las trompetas en la plaza del pueblo reclamaban voluntarios para combatir al luteranismo, o soldados contra el otomano no cogió las armas? A lo mejor porque su pecunia le alcanzaba para ir tirando. Sin embargo su vida debió ser aburrida, una vida en un pueblo en el que cada día es igual al siguiente. Y el único remedio contra el aburrimiento es la enajenación, vivir las vidas de los otros. Si se lee, es por eso. Como todo lector, sustituye su propia vida, su propia acción, por vidas y acciones de otros, con los que se identifica.

El narrador dice que en un momento que estuvo a punto de meterse a escritor. ¿Por qué no lo hizo? Porque si lo hubiera hecho no habría novela. A los cincuenta años  don Quijote, desde el aposento de los libros, lo oye pasar cada tarde. Para él está a punto de pasar el último tranvía. Y sin pesarlo mucho, va y lo toma.

Insistamos en la idea de escribir libros de caballerías. En concreto dar cima al inconcluso Don Belianís. El narrador, así, reconoce en el hidalgo capacidades imaginativas.


Pero lo que quiere Alonso Quijano, o como se llame, es ser otro.
Así el hidalgo de esta novela a lo largo del primer capítulo se nos presenta como “un loco simpático”. Bueno, lo de loco lo hablaremos más tarde. La simpatía es consecuencia de sus indudables excelentes cualidades morales.

Empezamos sin saber cómo se llama. El narrador no lo sabe a ciencia cierta, y de los nombres que propone, Quesada o Quijada, no está tampoco seguro.  Más adelante se dice que se llama Alonso  Quijano, y después sabremos su sobrenombre: el Bueno.

Ser otro es enajenarse. Todos queremos, a veces, o siempre, ser otros. Joaquín Sabina lo dice muy bien en su canción La del pirata cojo. Lee la letra y escucha la canción:
No soy un fulano
con la lágrima fácil,
de esos que se quejan sólo por vicio.
Si la vida se deja yo le meto mano
y si no aún me excita mi oficio,
y como además sale gratis soñar
y no creo en la reencarnación,
con un poco de imaginación
partiré de viaje enseguida
a vivir otras vidas,
a probarme otros nombres,
a colarme en el traje y la piel
de todos los hombres
que nunca seré:

Al Capone en Chicago,
legionario en Melilla,
pintor en Montparnasse,
mercenario en Damasco,
costalero en Sevilla,
negro en Nueva Orleans,
Viejo verde en Sodoma,
deportado en Siberia,
sultán en un harén.
¿Policía? ni en broma,
triunfador de la feria,
gitanito en Jerez,
tahur en Montecarlo,
cigarrillo en tu boca,
taxista en Nueva York,
el más chulo del barrio,
tiro porque me toca,
suspenso en religión,
confesor de la reina,
banderillero en Cádiz.
tabernero en Dublín,
comunista en Las Vegas,
ahogado en el Titánic,
flautista de Hamelín.

Pero si me dan a elegir
entre todas las vidas, 

yo escojo
la del pirata cojo
con pata de palo
con parche en el ojo,
con cara de malo,
el viejo truhán, capitán
de un barco que tuviera
por bandera
un par de tibias y una calavera.

Billarista a tres bandas,
insumiso en el cielo,
dueño de un cabaret,
arañazo en tu espalda,
tenor en Rigoletto,
pianista de un burdel,
bongosero en la Habana,
casanova en Venecia,
anciano en Shangri-la,
polizón en tu cama,
vocalista de orquesta,
mejor tiempo en Le Mans,
cronista de sucesos,
detective en apuros,
conservado en alcohol,
violador en tus sueños,
suicida en el viaducto,
guapo en un culebrón,
morfinómano en China,
desertor en la guerra,
boxeador en Detroit,
cazador en la India,
marinero en Marsella,
fotógrafo en Play Boy.

Me mandas, reina, renovar el dolor


Como estamos trabajando la narración, y leemos con cuidado el comienzo de El Quijote, aquí tenéis otro comienzo. Se trata de el Libro II de  La Eneida, de Virgilio



Infandum, regina , iubes renovare dolorem,
Troianas ut opes et lamentabile regnum
eruerint Danai, quaeque ipse miserrima vidi
et quorum pars magna fui. Quis talia fando
Myrmidonum Dolopumve aut duri miles Vlixi
temperet a lacrimis? et iam nox umida caelo
praecipitat suadentque cadentia sidera somnos.
Sed si tantus amor casus cognoscere nostros
et breviter Troiae supremum audire laborem,
quamquam animus meminisse horret luctuque refugit,
incipiam . Fracti bello fatisque repulsi
ductores Danaum tot iam labentibus annis
instar montis equum divina Palladis arte
aedificant, sectaque intexunt abiete costas;
votum pro reditu simulant; ea fama vagatur.

 
Que en castellano dice algo así como
 Un dolor, reina, me mandas renovar innombrable,
cómo las riquezas troyanas y el mísero reino
destruyeron los dánaos, y tragedias que yo mismo he visto
y de las que fui parte importante. ¿Quién eso narrando
de los mirmidones o dólopes o del cruel Ulises soldado
contendría las lágrimas? Y ya la húmeda noche del cielo
baja y al caer las estrellas invitan al sueño.
Mas si tanta es tu ansia de conocer nuestra ruina
y en breve de Troya escuchar la la fatiga postrera,
aunque el ánimo se eriza al recordar y huye del llando,
comenzaré. Quebrados por las guerra, por el hado rechazados
los jefes de los dánaos al pasar ya tantos los años,
como una montaña un caballo con arte divina de palas
levantan, tejiendo sus flancos con tablas de abetos; 
lo fingen un voto por el regreso; así la noticia se extiende.

Y continúa relatando la historia de Eneas y su huida de Troya.
 

Por cierto, don Quijote, en el capítulo XXVI, de la segunda parte, imita (como siempre) este texto.

domingo, 13 de octubre de 2013

Los pistoletes son pedreñales





De nuevo, Alex Grijelmo. También de nuevo, El Quijote. También de nuevo, la reflexión sobre la lengua. Falta tu opinión.
El catalán de Don Quijote 
Don Quijote avanza hacia Barcelona cuando se topa con Roque Guinart, bandolero catalán que cabalgaba “sobre un poderoso caballo” y “con cuatro pistoletes a los lados”. “Cuatro pistoletes”, escribe Cervantes; pero incorpora una aclaración: …”que en aquella tierra se llaman pedreñales”. 
El manco de Lepanto muestra así un reconocimiento ante la diversidad cultural y ante la manera de llamar a las cosas en las tierras a donde envía a su ingenioso hidalgo. El catalanismo “pedreñal”, en efecto, nombraba un arma de mano a partir de la piedra que producía la chispa para su disparo (la pedrenyera, o pedernal).

El encuentro del caballero de la triste figura con el bandolero bonachón ofrece alguna enseñanza más. Aquellos forajidos, que se cifran en cuarenta, rodean de improviso a Don Quijote y a Sancho “diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen hasta que llegase su capitán”. Y se infiere que los dos manchegos entienden perfectamente las órdenes. Líneas más adelante, los bandoleros hablarán de nuevo “en su lengua gascona y catalana”, sin que allí nadie se queje ni pida traducción. El diálogo de Roque Guinart tanto con Don Quijote como con los capitanes españoles, los escuderos y los peregrinos que van apareciendo por la escena se produce sin hacer cuestión del asunto, en una situación de bilingüismo tácito que invita a imaginar a cada uno comunicándose en su idioma.

El episodio da pie a deducir un Cervantes que asume el léxico hermano (también escribe lladres, en vez de ladrones) y que retrata el deseo de entendimiento de la época por encima de diferencias entre catalanes y castellanos o bandoleros y caballeros.

Los pistoletes se llamaban entonces “pedreñales” en Cataluña; y Gerona se llama ahora Girona. Y Lérida se llama Lleida; palabras de la toponimia mayor catalana.

La distinción entre “toponimia mayor” y “toponimia menor” se puede discutir técnicamente, pero en este caso nos vale para la exposición que perseguimos.

La toponimia mayor es la que se traduce generalmente a otras lenguas, a tenor de la importancia del lugar: decimos Marsella y no Marseille, o Ginebra y no Genève. En cambio, la toponimia menor no ha adquirido esa trascendencia y por tanto se queda por lo común en su propio idioma: Aix-en-Provence o Interlaken.
La toponimia mayor del castellano tiene, lógicamente, su versión catalana. Zaragoza (único nombre oficial de esa ciudad) es en catalán Saragossa; y Cuenca, Conca, entre otros casos. A su vez, la toponimia mayor del catalán da en castellano Ibiza (Eivissa) o Gerona (Girona), por ejemplo.
La dictadura (1939-1975) se empeñó en traducir al castellano gran parte de la toponimia menor de las otras lenguas españolas, en contra de la costumbre. Y así las Vilanovas se convirtieron en Villanuevas, y los Poblenou en Pueblonuevo.
El franquismo actuó por tanto en la toponimia menor en contra de la tradición; y ahora la corriente dominante actúa en la toponimia mayor…en contra de la tradición. Por eso muchos escribimos en castellano Lleida y Girona; mientras que se mantienen en catalán Ciutat Reial o Cadis.
Quienes deseen oponerse a ello habrán encontrado en estos párrafos inmediatos alguna razón para hacerlo. Sin embargo, el arriba firmante prefiere tomar como referencia la buena intención de Cervantes, Guinart y Don Quijote, sin olvidar a doña Guiomar, que también aparecía por allí.
Los catalanes, los vascos y los gallegos han vivido tantos años la opresión oficial sobre su idioma, que no nos debiera costar nada a los castellanohablantes disponer nuestra voluntad para compensar mínimamente aquellos golpes, aunque ninguna culpa tuviéramos en ellos. Asumir Girona en vez de Gerona puede no hallar base técnica, pero muestra sin duda un gesto de mano tendida, un acto de desagravio.
Pistoletes o pedreñales, galgos o podencos, amigo Sancho, son poco más que palabras, sí. Pero con palabras creamos la amistad y la convivencia, y a veces las palabras son en sí mismas hechos que hablan.

Se vienen a hacer verdaderos


Ahora que en clase comenzamos a leer El Quijote se nos ocurre traer a esta página un poema de Góngora. Y es que nos acordamos del momento en el que don Quijote describe ante Vivaldo la belleza de Dulcinea. Como verás los caracteres de su belleza los conoce muy bien:
Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta o no de que el mundo sepa que yo la sirvo. Solo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas.


Algo después Sancho descubre que Dulcinea  no es otra que Aldonza Lorenzo, y don Quijote le replica:
Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.

Leamos ahora el poema de Góngora:

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello.
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:
goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,
no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.