jueves, 6 de marzo de 2014

El paraíso de Flora Tristán



Para el día de la mujer, que celebramos mañana

LA MUJER QUE NUNCA SERÉ

Flora Tristán, mujer ejemplar, una maldita en un siglo de malditos
Flora Tristán fue la abuela de Paul Gauguin. Andaluza universal, casi desconocida por nosotros, es posiblemente la vida más interesante de una mujer de la primera mitad del siglo XIX, en pleno Romanticismo. Lo es por sus ideas y por su defensa de la libertad y la igualdad, sobre todo de la mujer. Pero también por la relación con su pareja, un maltratador, del que logró liberarse.

En otras parte el homenaje está en todas las partes
A veces encontrar el paraíso en esta vida es alcanzar el infierno.  En parte le sucedió a Paul Gauguin en la Polinesia. También a Flora Tristán. Leamos un fragmento de la novela de Mario Vargas Llosa El paraíso en la otra esquina:

¿Qué habría pasado si el coronel don Mariano Tristán hubiera vivido muchos años más? No hubiera conocido la pobreza, Florita. Gracias a una buena dote, estarías casada con un burgués y acaso vivirías en una bella mansión rodeada de parques, en Vaugirad. Ignorarías lo que es irse a la cama con las tripas torcidas de hambre, no sabrías el significado de conceptos como discriminación y explotación. Injusticia sería para ti una palabra abstracta. Pero, tal vez, tus padres te habrían dado una instrucción: colegios, profesores, un tutor. Aunque, no era seguro: una niña de buena familia era educada solamente para pescar marido y ser una buena madre y ama de casa. Desconocerías todas las cosas que debiste aprender por necesidad. Bueno, sí, no tendrías esas faltas de ortografía que te han avergonzado toda tu vida y, sin duda, hubieras leído más libros de los que has leído.  Te habrías pasado los años ocupada en tu guardarropa, cuidando tus manos, tus ojos, tus cabellos, tu cintura, haciendo una vida mundana de saraos, bailes, teatros, meriendas, excursiones, coqueterías. Serías un bello parásito enquistado en tu buen matrimonio. Nunca hubieras sentido curiosidad por saber cómo era el mundo más allá de ese reducto en el que vivirías confinada, a la sombra de tu padre, de tu madre, de tu esposo, de tus hijos. Máquina de parir, esclava feliz, irías a misa los domingos, comulgarías los primeros viernes y serías, a tus cuarenta y un años, una matrona rolliza con una pasión irresistible por el chocolate y las novenas. No hubieras viajado al Perú, ni conocido Inglaterra, ni descubierto el placer de los brazos de Olympia, ni escrito, pese a tus faltas de ortografía, los libros que has escrito. Y , por supuesto, nunca hubieras tomado conciencia de la esclavitud de las mujeres ni se te habría ocurrido que, para liberarse, era imprescindible que ellas se unieran a los otros explotados a fin de llevar a cabo una revolución pacífica tan importante para el futuro de la humanidad como la aparición del cristianismo hacía 1884 años.


Mario Vargas Llosa: El paraíso en la otra esquina.