sábado, 11 de octubre de 2014

Por 99 euros

93.111 PALABRAS

El próximo jueves estará entre nosotros la vigésimo tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE). El nuevo diccionario tiene 93.111 entradas (unas 9.000 más que el anterior), recoge 195.439 acepciones (entre ellas cerca de 19.000 americanismos) y ocupa 2.376 páginas. 

Costará 99 euros y tendrá, según la RAE, una tirada en España de 55.000 ejemplares. Su redacción ha tenido en cuenta la Nueva gramática, la Ortografía y el Diccionario de americanismos. En él encontramos términos que no aparecían antes. Son el caso de precuela, interactuar, tuit, tuitear, serendipia, impasse, multiculturalidad, feminicidio, hacker, externalizar y spa. Pero no estarán, algunas otras que ya usamos como link, cronopio, clicar, teocentrismo, identitario, choni, retroalimentar, vintage, pibón y táper, que tendrán que esperar para, según la RAE, confirmar si su uso es efímero o si se consolidan.

El DRAE anterior data de 2001. Desde 2003 tiene una versión electrónica gratuita que ha sido objeto de 21.000 actualizaciones. Recibe de media 1,3 millones de consultas diarias. La mayoría llega desde España, México, Argentina, Estados Unidos y Colombia. La nueva edición que se presenta la semana que viene no estará, por ahora, disponible en la Red, solo en papel.
Si el futuro de los repertorios lexicográficos es digital, el futuro del español es americano. Mucho ha llovido desde que a finales del siglo XV Nebrija incluyera en su vocabulario hispanolatino la primera palabra americana del castellano: canoa

Guía para un español sin uniforme

Un español para todos 
También en El País leemos un excelente artículo de Javier Rodríguez Marcos en el que reflexiona sobre la unidad y la diversidad de nuestra lengua. Lo leemos ahora: 

Guía para un español sin uniforme

Qué puede llevar a subtitular en español una película hablada en español? La risa. En septiembre de 2000, durante la proyección en el Festival de San Sebastián de la mexicana La perdición de los hombres, el productor José María Morales reparó en una paradoja: los españoles no se reían; los extranjeros que seguían los subtítulos en inglés, sí. La cinta ganó la Concha de Oro y Morales la llevó a las salas subtitulándola en español de España. Director de Wanda Films y exvicepresidente de la Federación Iberoamericana de Productores Cinematográficos y Audiovisuales (FIPCA), Morales explica aquella decisión: “Lo importante es que las películas viajen. A Ripstein [el director] y a Paz Alicia Garciadiego [guionista] les pareció bien”. Con un recurso tan poco habitual trataba de sortear la barrera de los arcaísmos mexicanos de la película. “Para el productor de títulos como La teta asustada (Perú) o XXY (Argentina), “los modismos son una riqueza; estoy en contra de uniformar la lengua. ¿La solución? Para las obras más autorales, subtítulos. Para las destinadas a un público general, promoción. Antes había más semanas de cine en español. Eso ayudaría a que el espectador se adaptara”.

El mes pasado, el argentino Damián Szifron llevó al mismo festival Relatos salvajes, escrita y dirigida por él y producida por El Deseo, la factoría de los hermanos Almodóvar. Sabiendo que su película tendría una vida internacional, ¿evitó los localismos? “Las particularidades de los idiomas me resultan atractivas”, responde Szifron. “Mientras imagino, permito que los personajes se expresen con libertad olvidándome de que se trata de una película”. Reconoce, eso sí, que cuando la productora española se involucró en el proyecto, él volvió sobre el guion: “Lo leí cuidadosamente para cerciorarme de que la incomprensión de alguna frase central no interrumpiera la fluidez de las historias”. No cambió nada: “Tanto a Pedro y Agustín [Almodóvar] como a Esther García [la directora de producción] les pareció que las pequeñas extrañezas de nuestra forma de hablar incluso enriquecían la experiencia del espectador”. ¿Y qué le parece la solución de los subtítulos? “No estaba al tanto de que se hacía”, dice. “Mientras se pueda evitar, mejor. El cine narra con muchas herramientas. El diálogo es fundamental, pero hay otras, y las expresiones de los actores, por ejemplo, completan el sentido de las oraciones. Si bien puede haber alguna pérdida, me parece tolerable; sucede cada vez que leemos un libro traducido o vemos una película doblada. Algo ganamos y algo perdemos. Pero es cierto que cuando se habla muy cerrado o en jerga, el espectador ajeno a esos códigos lo puede padecer”.

Pese a lo chocante del recurso, los subtítulos son una excepción. Lo habitual es que los padecimientos de los espectadores queden mitigados por el contexto gracias a la homogeneidad del español. Cuando el lingüista mexicano Juan Manuel Lópe Blanch comparó el léxico del DF con el de Madrid llegó a la conclusión de que el 97% de las palabras eran comunes. Lo cuenta Darío Villanueva en su despacho de la Real Academia Española. La corporación de la que es secretario y la asociación que reúne a las 22 academias de América y Filipinas lanzarán el próximo jueves una nueva edición del Diccionario de la lengua española. La última apareció en 2001. Con 93.111 artículos (por 84.431 de la anterior) desplegados en 2.376 páginas y a un precio de 99 euros, será la 23ª desde que en 1780 el primer repertorio de uso relevara a los seis tomos del venerable Diccionario de autoridades, de 1726. Dejando a un lado que incluya términos como tuitear, feminicidio, precuela, hacker o externalizar, ¿qué lo hace especial? Al menos tres cosas: que si la RAE nació en 1713 (con 8 miembros, hoy son 46) fue para hacer un diccionario con criterios modernos, que no será el último en papel, pero sí el último pensado para aparecer antes en papel que en versión electrónica, y que será el más panhispánico: 19.000 de sus casi 200.000 acepciones son americanismos.

A los factores del presente se le suman además los del pasado. A partir de 1820, con las independencias de las repúblicas americanas, algunos le auguraron al castellano una fragmentación similar a la del latín. Pese a extravagancias como la de proponer el francés como lengua oficial para Argentina, lo cierto es que el español sirvió como elemento de cohesión de los Estados recién nacidos: en muchos de ellos, la dispersión de las lenguas indígenas hacía necesaria una común. Con todo, el presidente argentino Domingo F. Sarmiento promovió una ortografía que reflejara, por ejemplo, el seseo mayoritario en América: en lugar de ceniza se escribiría senisa. Por entonces, y para atajar el cisma, la RAE nombró académicos correspondientes al otro lado del Atlántico y animó la creación de sus academias. La primera, en 1870, la colombiana. La ecuatoguineana está hoy en fase de constitución en África. “Con las academias de América”, explica Villanueva, “se estabiliza la norma gramatical y ortográfica, que luego, y esto es clave, se difunde en el sistema educativo”.

No obstante, el español de España siguió funcionando como patrón de prestigio. Hasta 1934 no se permitió sustituir patata por papa en documentos oficiales argentinos. Tal vez por eso José Antonio Pascual habla de la importancia de las mentalidades. Además de vicedirector de la RAE, Pascual es el responsable del Diccionario histórico, una obra exclusivamente digital que ha completado 1.000 de sus 75.000 entradas (que podrían llegar a 150.000). La falta de medios hace ser pesimista a Pascual, un erudito bienhumorado que colaboró con Joan Coromines en su mítico diccionario etimológico. “En el Histórico trabajan tres personas”, dice. “A 200 palabras por persona y año, calcula”. Dado que su trabajo consiste en seguir el rastro a todas las palabras que han existido en español —“las que encontremos”, matiza él—, ¿podría decirse que ese idioma es más global que nunca? “Sí”. Tras evocar la globalización de la aldea hispana, Pascual añade una razón: “Ahora estamos a favor”. Y se explica: “No hay nada en la lengua que no exija una adaptación mental. Pensemos que la gramática recomendaba en los años treinta evitar el seseo, ¡el seseo! Yo mismo hace años corregí en mi ejemplar de una novela de Vargas Llosa la expresión ‘de rompe y raja’ tomándolo por un error. La literatura hispanoamericana, su calidad y su difusión, ha ayudado mucho. Y la televisión. En Salamanca puedes oír chévere por influencia de los culebrones”. La lengua, dice Pascual, se ha vuelto más homogénea y más “distinta” a la vez: “Hoy la norma no tiene un solo foco”. Hay además palabras de ida y vuelta. “Ahora se usa en informática, pero los de mi generación empezamos a oír amigable por las traducciones chilenas y argentinas de las novelas policiacas”, cuenta. “En España se decía amistoso, que es más reciente, lo tradicional aquí era amigable. Como se sabe que coger es un tabú en ciertos países, muchos hablantes tienden a evitarlo. Por cierto, es un verbo que se usaba mucho en las definiciones de los diccionarios y ahora tratamos de corregirnos”.

Al otro lado del Atlántico, Pedro Luis Barcia, expresidente de la Academia Argentina, reconoce que la política panhispánica da sus frutos: “Se ha aventado la desconfianza americana acerca de que cada español tenía un emperador idiomático en el bolsillo, porque hemos superado complejos de inferioridad y hoy nos sentimos herederos de todo el español. ‘Todo lo que hablamos lo hablamos entre todos’, diríamos con variante de la frase que Giner de los Ríos escuchó al labriego. La convivencia de las diferentes regiones lingüísticas con sus propias normas cultas diferenciadas ha consolidado esta perspectiva renovadora. En mi pueblo decimos que somos más desconfiados que un tuerto con dos canastas: hemos empezado a confiar en todos los partícipes de la ASALE [la asociación de academias]”.
La confianza de Barcia vale el doble si se piensa que fue muy crítico con la Ortografía académica publicada hace cuatro años. No le gustó que propusiera opciones en lugar de dictar normas y atribuye al peso de México y España algunas decisiones polémicas. Baste pensar en el incendio provocado por el baile de nombre de las letras: la i griega como ye o la be baja/corta como uve. “Hay”, dice el académico argentino, “dos imperios, el español y el azteca, que deben convivir sin imponer sus razones: uno, la histórica, y el otro, la numérica [México es el país con más hispanohablantes del mundo]. Y en medio estamos los demás. Si no hay acuerdo, cada cual dispara para su feudo. Si en algo debemos ceder todos es en favor de la simplificación del código ortográfico, que es, junto a la rotundez del fonético en español, una afirmación de unidad interna y un reaseguro para la expansión como segunda lengua”. Pero ¿no es la opcionalidad una forma de respeto a la diversidad? “La opcionalidad es el cáncer de la ortografía. La diversidad la podemos mantener en el léxico, en la fraseología, en las tonadas…”.
Después de apuntar “un detalle erudito desconocido: el primero que usó la voz panhispánica fue Amado Alonso, en 1927, en una revista argentina, El Hogar”, Barcia admite que el español es hoy más global que antes y que los hablantes aceptan mejor las variantes regionales que les son ajenas: “El crecimiento es lento pero firme. El negocio económico de la lengua empuja a ello (las traducciones, las películas, las telenovelas). Es una causa interesada en lo suyo que ayuda a todos y beneficia al poder expansivo del español. El criterio de optar por la voz que usa el mayor número de hablantes es muy lícito. Hoy estamos, en la mayoría de las naciones que hablan la lengua común, en un 95% de español general y un 5% de local. La versión en línea de los diarios ayuda. La radio, la vía más penetrativa, sigue demasiado atada a lo regional, por su impronta coloquial. Lo probamos cada día que las variantes locales se allanan sin mucho esfuerzo entre los hablantes”.
La editora Adriana Hidalgo comparte la opinión de su compatriota sobre la facilidad para sortear localismos, pero con matices. Lo que en una obra original es riqueza, en una traducción puede ser un chasco. Y recuerda una versión de Salinger con la palabra gilipollas en la primera página: “Sabiendo que el autor no es español, como que me hacía ruido”. Trata de que las traducciones de su editorial, que a veces vende a algún sello español, estén hechas en un “lenguaje puro”. De entrada, usan el y no el vos. “No se nos ocurriría hablar de , pero sí lo leemos. Pensamos en un término usado en todas partes, no en uno porteño. Todo sin caer en lo aséptico, porque no suena lindo”.
Según la mexicana Selma Ancira, Premio Nacional de Traducción en España en 2011 y Premio de Traducción Literaria Tomás Segovia en México en 2012 por sus versiones del ruso y el griego moderno, hay textos que piden localismos y textos que piden neutralidad. Afincada en Barcelona desde hace 28 años, Ancira trabaja tanto para editoriales mexicanas como españolas y lo primero que necesita saber es a quién se dirige “para emplear, por ejemplo, el vosotros de ustedes o el ustedes de nosotros”. A veces la diversidad es una aliada. Cuando tradujo Loxandra, una novela de María Iordanidu que transcurre en Estambul y en Atenas, usó el español de México para el primer escenario y el de España para el segundo. “El carnicero a veces ofrecía guajolote, a veces pavo”, cuenta. “Así el lector en español sentía las diferencias que siente el lector original con el griego de cada ciudad. Hay que ensanchar las fronteras del español, no hacerlas más angostas. Si lo encerramos, lo empobrecemos. A veces una pincelada da alas a la traducción: cuando está resuelta con sensibilidad no se ve al guajolote”. Hay además un género con el que tiene especialmente presente al receptor de cada país: el teatro, donde la naturalidad es innegociable. “Aunque no adaptamos a Valle-Inclán para representarlo en Veracruz”, matiza. “Algún día le pasará a las traducciones. Cuando hayamos ensanchado las fronteras”.
Entretanto, el mundo sin fronteras del ciberespacio también tiene sus leyes. El próximo 29 de octubre, la editorial Planeta publicará en todos los países de habla hispana After. En mil pedazos, primera entrega de una tetralogía escrita por la estadounidense de 25 años Anna Todd y traducida por Vicky Charques y Marisa Rodríguez. La novela, nacida como fenómeno de fan fiction (sobre el grupo One Direction), generó mil millones de impactos en la plataforma Wattpad antes de convertirse en libro. Para explotar debidamente el filón, Planeta ha salpicado el primer tomo con números que remiten a una aplicación en la que el lector debe responder a una pregunta. La respuesta es una palabra escrita en la página de la que partió. Si acierta, el lector accede a contenidos extra. La editora María Guitard cuenta que al seleccionar esas palabras buscaron términos universales: vida, libro, verdad, mensaje… De las 50 de la lista, tan solo uno no pasó la criba del español global: magdalena. En México le dicen panquecito. Tuvieron que buscar otro para que el invento funcionara. También el marketing —en castellano antiguo, mercadotecnia— quiere ser panhispánico. Por eso hablan de los fans del libro como de “la comunidad que nunca duerme”. Lo mismo podría decirse de las palabras del diccionario.
Al español, no obstante, le queda una prueba de fuego. Hasta ahora ha convivido en España y América con lenguas minoritarias. En Estados Unidos la población hispana ronda los 52 millones pero tiene como vecino al inglés. ¿Afectará a su homogeneidad la vecindad del gigante? “Todo dependerá de que los hispanounidenses tengan acceso a la educación”, contesta Gerardo Piña-Rosales, director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), que se queja del “triunfalismo huero” de los políticos españoles: “Se les cae la baba cada vez que hablan de los hispanos en EEUU. Pero, ¿qué ha hecho el Gobierno español por una institución como la ANLE? Nada”.
De vuelta a la lingüística, y dado que en Nueva York o Los Ángeles conviven hablantes de español de muchas procedencias, ¿la lengua se vuelve homogénea limando localismos de origen? ¿Qué idioma resulta? Precisamente, la Academia Norteamericana tiene una comisión dedicada a estudiar la posibilidad de crear una norma del español en los EEUU. “Nos parece un problema fundamental”, cuenta Piña-Rosales. “Por ejemplo, tratamos de utilizar un español, no diría neutro, pero sí universal. Me refiero, por ejemplo, al uso del español en los documentos oficiales del Gobierno de los EEUU, con el que hemos firmado un convenio. A veces el problema no está en evitar un localismo sino en que el español que se emplee haga referencia a una realidad cultural estadounidense. En otras palabras, no traducimos palabras, sino conceptos”. Respecto al esplanglish, objeto de grandes temores, la anterior edición del RAE —y todavía su edición digital— lo definía como “modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados Unidos, en la que se mezclan, deformándolos, elementos léxicos y gramaticales del español y del inglés”. Esa definición, aclara Gerardo Piña, no es la que propuso la ANLE. En la edición impresa del DRAE que se presenta la semana que viene se ha modificado esa definición: desaparece el término deformándolos. "Nosotros no hablamos de deformación, porque nos parece demasiado simplista". Su opinión ha pesado. Como los diccionarios, el español de hoy tiene miles de voces.
El responsable del nuevo Diccionario

Pedro Álvarez de Miranda es el responsable de la vigésimo tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española,  que el próximo 16 de octubre podremos tener en nuestras manos. Tal vez sea el último de papel de características similares a las anteriores ediciones. El periódico El País, se entrevistó con él. Leemos el trabajo de Tereixa Constenla:   
“El error de hoy puede ser norma de mañana”
Los lexicógrafos parecen señores normales que trabajan en un banco. Engañan. Se pasan la vida haciendo inventarios de palabras, analizando si han envejecido, si tendrán futuro, si se han colado de fuera o si han sumado otro significado al que ya tenían. Como si radiografiar el vocabulario fuese tan común como radiografiar esqueletos. Pedro Álvarez de Miranda (Roma, 1953), el académico y lexicógrafo que está al frente de la revisión del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), también parece un señor normal cuando llega al restaurante. Hasta que se sienta y desvela cuándo percibió la llamada de la selva. O, cuando menos, el primer toque del futuro.
A los 15 años, sin saber claro está que sería el principio de una larga amistad, asistió a una sesión de ingreso en la Academia. Convengamos que el hecho, a tales edades, resulta singular. Su efecto lo es más: “Me impresionó”. Se convirtió en coleccionista de discursos. En 2011, cuando leyó el propio tras ser elegido académico, disponía de 258 de los 260 publicados hasta entonces. De ellos echó mano para construir el suyo, un repaso por la oratoria desplegada por los académicos el día que accedían a la casa y que arrancó más de una sonrisa. “Hay que tener piedad del público, no puedes endosarle un discurso técnico sobre lexicografía. Creo que resultó ameno”, recuerda en este local situado a pocos minutos de la RAE.
Zorrilla lo hizo en verso. Azorín trenzó una pieza literaria. Galdós teorizó sobre la novela. Merino contó un cuento. ¿Han cambiado los temas? “En el XIX había una gran preocupación por el purismo. Hay discursos muy conservadores y alarmistas sobre los peligros que acechan a la lengua. Hay un académico que pone el grito en el cielo por el lenguaje del telegrama diciendo que va a destrozar la sintaxis, que no sufrió el más mínimo menoscabo. La lengua es muy sabia y sobrevive a los fenómenos novedosos”. El telegrama de ayer es el SMS de hoy. A Álvarez de Miranda, catedrático de Lengua española en la Universidad Autónoma de Madrid, no le asusta. Si un alumno wasapea donde puede y redacta un examen como debe, nada preocupante observa el lexicógrafo, que incluso elogia el impacto positivo de esa “gimnasia mental”.
La historia de la lengua, además, aconseja huir del integrismo. “El error de hoy puede ser la norma de mañana. No se puede poner puertas al campo. Es más fácil rasgarse las vestiduras que ser eficaz, pero si la lengua decide ir por un camino, es soberana para hacerlo. Es imprevisible y muy democrática”, sostiene.
Otra cosa son los diccionarios. Por lo general, lentos en la era Gutenberg (se presume que sus ritmos digitales cambiarán). El actual, con 88.000 entradas, se publicó en 2001. “El DRAE necesita refundarse, sigue siendo el tataranieto del Diccionario de autoridades. Uno de sus problemas no es lo que le falta sino lo que le sobra”, afirma su director. La versión 23ª saldrá en 2014, como guinda del tricentenario de la RAE. Incorporará nuevas voces que representan nuevas realidades. Mileurista, por ejemplo. Una palabra acuñada en una carta enviada a este periódico y que hizo fortuna. Álvarez de Miranda la cazó al vuelo y la sometió a debate en la Academia. Una palabra que la realidad económica ha matizado, como reconoce el lexicógrafo: “Qué más quisieran muchos ahora que ser mileuristas”.

Palabras en busca de diccionario

PENSANDO EN LAS PALABRAS

Como seguimos leyendo, traemos también aquí este artículo de Álex Grijelmo que versa sobre las palabras que están y no están en el Diccionario. ¡Qué interesante para nuestras clases! Lo leemos ahora: 
Palabras en busca de diccionario

Alex Grijelmo


Miles de palabras seguirán existiendo aunque no figuren en el nuevo Diccionario, que ya llega. Pero casi todos hemos caído alguna vez en la calamidad de decir “esa palabra no existe”, cuando el mero hecho de haberla oído certifica lo contrario.
El lexicón académico dejará fuera muchos términos cuyo uso, sin embargo, no suena extraño. Si alguien dice “esto es cabreante” no se nos ocurrirá corregirle: “Cabreante no está en el Diccionario”; aunque no esté (que no está). Se trata de una creación legítima, igual que “ilusionante” o “escuchante” (ambas entran ahora) o “murmurante” (que sigue fuera); formas todas ellas derivadas de “cabrear”, “ilusionar”, “escuchar” y “murmurar” (y que se han llamado “participios presentes”, “participios activos” o “adjetivos verbales”). No estarán algunas en el Diccionario, pero sí en la gramática. Porque la lengua tiene recursos creativos. Si de “anónimo” deriva “anonimato”, ¿cómo no dar validez a “seudonimato” a partir de “seudónimo”?
El idioma nos sirve para comunicarnos, y todas sus herramientas son buenas o malas en función de los interlocutores. Muchos vocablos expresan lo que tanto el emisor como el receptor entienden; y su ausencia del Diccionario no les resta eficacia.
El director del diario As, Alfredo Relaño, se refería en su periódico el 24 de agosto de 2013 al estaribel montado en el estadio Bernabéu (y luego desmontado) para la presentación del galés Gareth Bale. Muchos lectores se estarán extrañando ahora al saber por estas líneas que la voz estaribel no ha sido bendecida por la Academia como instalación provisional que se destina a un fin perecedero: por ejemplo, los tenderetes de feria, el escenario del grupo verbenero o el tingladillo que se monta en el estadio madridista en días de fichaje. Sin embargo, otros no la habrán oído nunca, porque no ha logrado un uso muy amplio.
Han escrito estaribel autores como Pérez Galdós, Valle-Inclán, Luis Mateo Díez o Juan Madrid, pero ni siquiera los significados que le otorgan todos ellos parecen coincidentes, pues el vocablo puede interpretarse en unos casos como referencia a una instalación provisional y en otros como un lío o un embrollo. El sentido que le dio Relaño quizás sea el más extendido, y no resultaría mala alternativa esa palabra ante el anglicismo stand que se va colando en las distintas ferias comerciales.
Pifostio tampoco ha entrado en el nuevo Diccionario, y sin embargo miles de lectores entenderán la oración “se montó un pifostio”. Y no figuran igualmente trantrán (“ese camarero trabaja al trantrán”, es decir, sin correr demasiado, dejándose llevar) o bocachancla, expresión inventada para definir a la persona charlatana, indiscreta, cuya boca se abre y se cierra como la chancla en su chasquido contra el pie.

Otras palabras que siguen en su busca de diccionario pueden sorprendernos también desde sus rinconcillos: Rompesuelas (amante del senderismo), vallenato (género musical colombiano), cotolengo (asilo), ojiplático (sorprendido), escaldasono (calientacamas, palabra ésta que tampoco ha sido recogida), analema (fotos hechas desde un mismo punto para reflejar el movimiento del Sol), viejuno...
García Márquez lamentaba en 1997 que la voz condoliente (el que sufre junto a otro) aún no se hubiera inventado. Y tenía razón. No estaba documentada entonces, según se verifica en los bancos de datos académicos; pero era una palabra posible. De hecho, el corpus del siglo XXI ya registra cinco usos literarios (en autores de España, Ecuador, México, Guinea y Colombia).
El Diccionario, pues, no debe ser la única referencia para criticar el empleo concreto de una palabra. También se ha de analizar si las personas a quienes nos dirigimos la entenderán o no. Y eso resulta más fácil cuando el neologismo lo forman cromosomas reconocibles. Por ejemplo, en esta expresión oída a un adolescente: “Jo, tengo la pantalla de la tableta muy dedoseada”. Tal sentido de tableta ya ha sido consagrado por la Academia. El verbo dedosear quizás deba acreditar todavía un mayor uso. Pero se entiende de maravilla.

¿Por qué ‘cultura’ es la palabra más buscada?

El próximo día 16 aparecerá la vigésimo tercera edición de nuestro Diccionario de la Real Academia. Por eso queremos leer algunas páginas de interés para saber qué pasa con las palabras de nuestra lengua. 


El primero de los artículos lo publicó Rut de las Heras Bertrín. Leámoslo:

¿Por qué ‘cultura’ es la palabra más buscada?
Las consultas al diccionario digital de la Academia dan información sobre el uso del idioma

¿A qué nos referimos cuando usamos la palabra cultura? Esta pregunta se la han repetido 51.085 veces durante el pasado mes de septiembre los 15.085 usuarios que la han buscado en la edición digital del diccionario de la Real Academia Española (DRAE), de lo que se deduce que algunos la han buscado más de una vez.
Un resultado sorprendente, al que no se encuentra una explicación evidente. Al propio director de la 23ª edición del diccionario de la lengua, Pedro Álvarez de Miranda, le resulta "chocante" y no halla una respuesta. No sabe qué lleva a los usuarios a buscar tantas veces esa palabra y confirma que los que, como él, conocen las interioridades del diccionario no dan con el motivo. Coincide con la académica Soledad Puértolas en que se ha podido trivializar el significado de cultura. "A veces la usamos y no significa nada. En algunos contextos, como el político, lo hacen porque queda bien", explica Puértolas, que se teme que haya quedado como una palabra comodín, recurrente, un concepto vago que se aplica a todo.
Ambos académicos coinciden en que es una palabra muy amplia, con gran peso semántico (el mismo caso que amor, que ocupa el número seis en este ranking del DRAE). Tratan de imaginar si ese puede ser el motivo de tantas consultas, que el usuario quiera cerciorarse o acotar el significado. Pero mantienen que son hipótesis muy difíciles de comprobar porque no responden a ningún hecho concreto.
También es destacable que cultura no solo sea la palabra más buscada el pasado mes de septiembre, sino que lo es desde que en 2012 la Real Academia Española (RAE) comenzó a usar Google Analytics para examinar los resultados de sus búsquedas en Internet. Solamente ha sido desbancada de ese primer puesto en momentos puntuales como en junio de 2014, cuando abdicar y puto ocuparon las primeras posiciones. La primera está directamente vinculada con el anuncio y la posterior abdicación de Juan Carlos I. La mayoría de las búsquedas de puto se realizaron desde México, ya que la FIFA amenazó con sancionar a su Federación de fútbol durante la celebración del Mundial de Brasil por la connotación homófoba de este insulto, usado por los aficionados mexicanos en los partidos contra Camerún y Brasil.
Darío Villanueva, secretario de la RAE, concluye que, aunque sin saber el motivo, lo que muestran los resultados es que es el término por el que los hispanohablantes sienten más curiosidad, y se plantea: "¿Qué significa cultura hoy día? Se habla de cultura de la droga, cultura del crimen, cultura de la muerte, cultura de la tapa…". Se ha ampliado el concepto. Villanueva explica que las palabras se arraigan cuando son muy usadas, y si este uso se confirma, se crea una nueva acepción y comienza a tener significados adicionales. Los actuales de cultura son: 1. Cultivo. 2. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. 3. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social…
No es un defecto que acusen a la Academia de ir por detrás de la sociedad. "Es cierto e inevitable, lo que va por delante es el uso de la lengua, en eso consiste su dinamismo", comenta Villanueva que explica cómo las nuevas herramientas de análisis ayudan a "tomarle el pulso a la lengua".
El número de consultas que han tenido las palabras bizarro y procrastinar es fruto de esta fluctuación del uso del idioma. Bizarro ocupa el segundo lugar con 35.172 búsquedas de 21.645 usuarios. Este número indica que realmente ha sido buscada con menos frecuencia, pero por más personas, que cultura, consultada por poco más de 15.000 personas —lo que Google Analytics denomina "usuarios únicos"—. La utilización de la palabra bizarro, como procrastinar (diferir, aplazar), responde a modas —estaban en desuso—. Entre los académicos surge la duda de si se le estará dando el uso correcto: valiente, generoso, lucido, espléndido. Álvarez de Miranda se teme que se haya recuperado por la influencia del inglés y se esté utilizando como estrafalario, raro, estrambótico, lo que responde a la traducción de la palabra inglesa bizarre.
Un apunte a tener en cuenta es que todas estas palabras aparecen en el diccionario. Hay otro listado en el que figuran las que se buscan pero no están admitidas por la RAE; este lo encabezan los nombres Facebook y Google, que, por cierto, da 642 millones de resultados cuando se introduce cultura como término a localizar.
A pesar de las modas, cultura es la palabra que se mantiene en la parte más alta de la lista de las más buscadas, quizá, como apunta el ensayista argentino José Emilio Burucúa, "porque vemos en ella nuestra tabla de salvación".