jueves, 5 de febrero de 2015

¿CÓMO LLAMAR A LOS PARTIDOS QUE NO QUIEREN LLAMARSE CON NOMBRES?

José Antonio Millán  es lingüista. Es responsable del blog El Candidato Meláncólico. El martes pasado pudimos leer una Tribuna en El País. Leámosla aquí: 


EL NOMBRE DEL PARTIDO

Da la impresión de que las denominaciones sólidamente descriptivas de los partidos políticos del pasado están perdiendo fuerza, junto al desdibujamiento de las ideologías que los sustentaban. Están lejos los tiempos en que podía existir un “Partido Comunista Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse Tung”. Hoy, una agrupación como Syriza debería incluir en su nombre, si quisiera que fuera un reflejo adecuado de su ideología, el euroescepticismo, el ecosocialismo, el secularismo, la alter-globalización y varios ismos más, con lo que sería difícil de manejar. Por eso se limita a llamarse Coalición de Izquierda Radical, por cuyas siglas griegas se conoce. Pero la tendencia más actual creo que es la síntesis, a ser posible opaca, como vemos en nuestro Partido X. De modo que quizás sea el momento de plantearse: ¿qué hay exactamente en el nombre de un partido?
Clásicamente, la denominación incluía una descripción del programa y tal vez de sus constituyentes. Agrupaciones políticas de la actualidad arrastran etiquetas históricas (Partido Socialista Obrero Español), alguno de cuyos componentes hoy tal vez les suponga un lastre. Eran también muy frecuentes los posicionamientos ideológicos, usando la terminología surgida de un azar espacial de la Revolución Francesa: Esquerra Republicana, Centro Canario Nacionalista, o Derecha Navarra y Española. Pero también en estos temas hay curiosos desplazamientos: “popular”, es decir, “del pueblo”, en los años 30 del siglo pasado aludía a coaliciones de izquierda (como en el Frente Popular), para acabar siendo prácticamente monopolizado por la derecha (Alianza Popular, Partido Popular). También hay connotaciones que cambian con la geografía: “Radical” hoy en Grecia indica algo mucho más suave que en otros lugares.

En estos tiempos da la impresión de que el nombre de una agrupación política camina en dos direcciones. Una es expresar su especialización, el nicho al que se dirigen, pasados ya los tiempos de programas omniabarcadores: los Verdes son eso, ecologistas; el Partido Pirata sueco (con emulaciones en otros lugares) hace bandera de su lucha relacionada con el copyright. Hay también nichos de edad, denominados por sus circunstancias, como el italiano Partido de los Pensionistas, o —en agrupaciones más informales— de forma humorística, como los Panteras Grises o los Yayoflautas. Pero el nombre puede mostrar también el afán de no excluir a nadie a priori, como el indio Aam Aadmi, “Partido del Hombre Corriente” (¿y quién no se incluiría en esta categoría?), o incluso entre nosotros Ciudadanos (¿qué votante no lo es?). Fijémonos en que en este último caso se prescinde incluso del rótulo “Partido”. Sí: los partidos han tenido mala prensa en diferentes momentos históricos, lo que ha hecho que existieran agrupaciones que, por huir de la etiqueta, se autodenominaban Movimiento o Frente, y por eso también hay algunos partidos recientes que paradójicamente no proclaman que lo son.

La otra tendencia es un puro ejercicio de naming: apelar a palabras bellas, preferentemente vagas, que diferencien de la competencia, y que expresen ideas positivas. En esto hay que reconocer que el sector político no está demasiado lejos de otros sectores del consumo, de las compañías de telefonía a las marcas de vino. En el pasado ha habido diversos grupos y plataformas llamados Convergencia, que es un nombre con raíces geométricas y que tiene resonancias técnicas. Pero el reciente partido griego To Potami, “El río”, expresa la misma idea bajo la metáfora de la reunión de distintas corrientes de agua en una sola (es decir: la confluencia, en sentido propio). Podemos, que también carece de la palabra “Partido”, es otro buen caso de mensaje borroso e implícito. El origen es la consigna que utilizó Barack Obama en su campaña (quien la tomó a su vez del sindicalismo campesino estadounidense de décadas atrás): “Yes we can”. Pero una cosa es una consigna y otra es el nombre de una agrupación. Podemos es una expresión abierta (¿podemos qué?, podría preguntarse) y por otra parte hace la pequeña trampa de traer a su campo al que pronuncia su nombre. Por eso algunos han acogido con alborozo la humorada de llamarle Podéis. Un problema lateral de este tipo de denominaciones es cómo llamar a sus miembros. Si en el Partido Comunista militaban comunistas y en el Popular, populares, para los miembros de Podemos se ha acuñado “podemitas”.

Guanyem —“Ganemos”, movimiento social en el trance de convertirse en partido— es otro caso de enunciación abierta, y en primera persona del plural. Pero que no nos engañe la rima: mientras que Podemos, con su uso del presente de indicativo, es la expresión de una certidumbre, el imperativo Ganemos refleja más su origen combativo, y quien lo dice casi pronuncia una arenga.

Los breves y desprogramados nombres de estos partidos modernos, que en muchos casos ni dicen que lo son, representan bien a las claras lo que les alienta: con mucha frecuencia solamente la voluntad de poder. O el enigma de lo que contienen: ríos, gente corriente, incógnitas y proclamas… Algunos por suerte los conocemos: llevan tiempo en el activismo, ayudando a la gente. De otros, lamentablemente, no sabemos nada más que lo que (no) dice su nombre.


                        

¿ESCUCHARÁ EL GOBIERNO?


Los editores españoles lanzan un SOS
El ecosistema del mundo del libro en España está en riesgo, y con él el futuro de la principal industria cultural del país. Para intentar cambiar ese destino, la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) y demás grupos del sector (libreros, distribuidores e industria gráfica) propondrán al Gobierno un Plan Integral de Fomento del Libro y de la Lectura. Será en las próximas semanas y con petición de urgencia.
Este verdadero SOS del sector surge frente a la inacción o acción deficiente de los diferentes gobiernos ante la falta de políticas adecuadas en educación y fomento de la lectura, el equivocado enfoque más comercial que cultural del propio sector editorial y cierta apatía de la sociedad frente al libro. “No queremos un plan cosmético, sino integral. No queremos solo una campaña en televisión que diga ‘Leer es sano para el cerebro’. Debe ser algo más serio, permanente y acorde a los tiempos de lo analógico y lo digital”, reclama Daniel Fernández, nuevo presidente de la FGEE, en una entrevista con este diario.
“Este es uno de los fracasos de la democracia. Nuestros hábitos de lectura no han crecido de la misma manera que lo han hecho nuestra riqueza y desarrollo”, se lamenta Fernández. Ante este panorama, en el séptimo año de crisis y reconversión del sector, advierte: “Sin el ánimo de ser nacionalistas, si no defendemos el territorio en lo que somos líderes, estamos condenados a ser colonizados cultural e ideológicamente”.
La petición del plan de lectura busca cambiar unos números que empujan al sector al abismo:
ü  300 millones de euros es lo que se dejaría de estar percibiendo, cada año, por la piratería.
ü  14,1 euros es el precio medio de un libro, frente a los 12,72 de hace diez años.
ü  3.223 es la tirada media de ejemplares por cada título, mucho menor que hace unos años.
El libro es la primera industria cultural de España. Aporta el 0,7% del Producto Interior Bruto (PIB), con 2.700 millones de euros en 2013 (todas las industrias culturales del país representan el 3,7% del PIB y el 2,6% del empleo). Por eso, el sector no entiende, como ya dijera el presidente de la FGEE, que solo reciban “migajas, cuando no el desprecio del Gobierno”. La intención es que se ponga en valor la mayor industria cultural del país, “y que la sociedad tome conciencia del respeto al libro y se convierta en el centro del conocimiento, la cultura y el ocio, estrechamente vinculados a la educación y el progreso humano”. La sensación es que se ha pasado de casi un analfabetismo funcional al ordenador, dejando el libro por el medio: “Hemos pasado del burro al ave, no leíamos en burro y no mucho en ave”.
Para no ser colonizados cultural e ideológicamente, Fernández considera clave mantener la posición de liderazgo cultural en España y del libro en América Latina, que ha amortiguado el retroceso, e incluso ampliar a otros mercados. Para lograrlo, dice, debe haber empresas fuertes, dinámicas y con capacidad para responder a las demandas de los lectores. Pero, advierte: “O cambia la actitud de los poderes y administraciones públicas con respecto a la lectura y el libro, o vamos a ser más pequeños y a arriesgarnos a una bancarrota relativa. O a que también este sector pase a estar controlado por bancos de inversión foráneos o grandes grupos multimedia no precisamente de aquí”.
El 65% de los españoles que no lee o lo hace a veces argumenta que no le gusta, no le interesa o no lo hace por falta de tiempo, revela la reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Pese a que la oferta de títulos supera el medio millón.
La propuesta para recuperar el valor del libro incluye actualizar la enseñanza en las aulas, convertir la lectura en algo transversal a todas las materias, preparar a los profesores, recuperar las bibliotecas escolares y contribuir a la supervivencia del tejido de librerías, y también un refuerzo de la lucha contra la piratería. Sobre los libros de texto, la FGEE pide que se devuelva la ayuda a las familias y se retome la compra para bibliotecas públicas.
Cuando el informe PISA dice que los chicos españoles no tienen buena comprensión lectora, ni capacidad de expresión oral o escrita, lo que está diciendo, aclara Fernández, es que hay un déficit de lectura básico: “El futuro de los países se juega en la educación y la capacidad de los editores y de los lectores van intrínsecamente unidos”.
Hasta 2008 se vendían muchos libros: 3.739 millones de euros en facturación, mientras que en 2013 fueron 2.500 millones, lo cual devuelve a la industria a cifras de hace dos décadas. Daniel Fernández admite que pudo haber una burbuja editorial y que poco se hizo para fomentar la verdadera lectura: “Esto no es solo un negocio, debe tener además valores culturales”.
El presente es consecuencia, también, de una tormenta perfecta: jubilación de un modelo de negocio centenario, transformación tecnológica, cambio de hábitos de consumo cultural y crisis económica. Pero reconoce Fernández: “Los editores no supimos convencer a la sociedad de la importancia de la lectura en el sistema educativo. Y, tal vez, renunciamos a que los libros fuesen el centro de esa educación que nos debía hacer mejores. Puestos a ser más autocríticos, se han publicado muchos engendros que no merecían la edición”.
En 2005, en plena euforia de la bonanza económica, el precio medio del libro era de 12,72 euros. Hoy es de 14,6 euros. Es uno de los renglones que menos se ha visto afectado. Han desaparecido empresas, se han reducido las plantillas o se han bajado los porcentajes a los autores mientras el precio de la obra ha aumentado. “No son caros, y en comparación con lo que gastamos en otras formas de ocio tiene un buen precio”, defiende el presidente de los editores. El sector del libro, a diferencia de otros, no es subvencionado. Las subvenciones apenas representan un 1% de la facturación.
El libro electrónico es de lo poco que ha crecido en facturación. Sobrepasa los 80 millones de euros anuales, es decir el 3,7% del total de venta obras en todos los formatos. Los que triunfan en digital son el texto no universitario y el de Ciencias sociales y humanas, que representa el 58% de ventas, mientras la literatura logra el 17,8%. Se trata de un área de lento pero continuado crecimiento. Cada nuevo título se ofrece, prácticamente, de manera simultánea en papel y digital y las editoriales no paran de digitalizar su catálogo. La oferta en este formato alcanza ya los 122.000 títulos.
Es el mundo dual. De ahí que el Gobierno deba tener lo digital como una política educativa y preparar a la sociedad, opina Fernández. Lo primero, añade, es la necesidad de adaptar la enseñanza a los nuevos tiempos. No se trata, por tanto, dice, de una mera dotación de herramientas tecnológicas sino que debe ir acompañada de contenidos digitales adaptados a las necesidades de profesores y alumnos. Sin olvidar, afirma el editor, la necesidad de explicar desde la escuela la importancia de la creación y el respeto a la propiedad intelectual. España está a la cabeza de la piratería en Europa “y esto es algo que también hay que combatir desde la escuela”.
Del 58% de los españoles que dicen leer en formato digital, solo el 32% paga por las descargas. El restante 68% lo hace de manera ilegal. El derecho de autor es una conquista social, reivindican desde la FGEE: “Necesitamos que la Ley proteja de una forma adecuada la propiedad intelectual y la creación porque, de lo contrario, existe el riesgo de que esta desaparezca y seamos colonizados culturalmente". Si no se defiende al autor y a la creación, dicen, se tenderá hacia un mundo en función del mecenas que no desean. “La nueva ley es un parche más, pero estamos vigilantes ante su aplicación. Es esencial, recomienda Fernández, empezar pronto el camino de la concienciación en la sociedad.
Frente a empresas globales como Amazon, involucradas en los diferentes eslabones de la cadena de valor del libro, lo que hay que hacer, según la FGEE, es establecer unas reglas del juego que sean las mismas para todos. Por lo demás, “sus intereses son muy distintos, salvo en lo de pagar los menos impuestos posibles y jugar con la ingeniería fiscal”.
El cambio de paradigma empuja a la concentración de editoriales y permite la renovación del sector con nuevos sellos o librerías debido a los campos desatendidos que dejan las grandes marcas. Es el resurgimiento del editor artesano o del librero más especializado y cuidadoso.
Estamos ante un ecosistema anfibio, analógico y digital en su minuto uno de vida. Y es ahora cuando, más que nunca, el libro recuerda que no es un lujo o un capricho, sino una necesidad personal, social y nacional que contribuye a la evolución del ser humano.