domingo, 22 de marzo de 2015

QUE NO EMPUJE TANTO, QUE NOS CAEMOS

Lola Galán es la Defensora del lector de El País. Todos los periódicos tienen su Libro de Estilo. El de El País es muy interesante y, desde luego, pide rigor en el uso del vocabulario, tratando de evitar que los redactores se dejen llevar por los falsos amigos. Los escritos de algunos lectores hacen que la Defensora reconozca que hay que estar más vigilantes cuando escribimos. Leamos sólo la parte que nos interesa:
La ‘invasión’ inglesa
Quejas por el abuso de traducciones literales

El inglés es la lengua global. La lengua del poder, de la cultura, de las finanzas, de Internet. Indispensable para los periodistas, pero tan potente como invasora. Tanto, que el supervisor francés de medios audiovisuales acaba de adoptar una estrategia para frenar la penetración abusiva de este idioma, que se aprecia también en EL PAÍS. Escribimos crimen en lugar de delito, como me señala un lector, Daniel Pérez Ortega, y traducimos mal palabras de uso corriente y refranes.

Víctor Luaña se ha dirigido a mí más de una vez, la última, después de leer la siguiente frase referida a la técnica de la fractura hidráulica: “Se emplea para extraer gas o petróleo a través de la inyección en el subsuelo de agua a presión mezclada con arena y químicos”.

En su mensaje se queja de que los periodistas de EL PAÍS “no logran meterse en la cabeza que traducir chemicals por químicos es un patético ejemplo de falsos amigos. Químicos (sustantivo) designa a quienes ejercemos la profesión química. Químicos (adjetivo) complementa a cualquier sustantivo”. Así es en español. Mientras que en inglés, prosigue, chemicals (sustantivo) designa específicamente los compuestos químicos”. Por tanto, hay que traducir chemicals por productos químicos y no por químicos a secas.

Otro lector, que no quiere ser citado por su nombre, me escribía a propósito del siguiente titular del periódico: Europa debe considerar la arriesgada opción de armar a Ucrania para frenar a Moscú. “No puedo dejar de pensar que es un calco del inglés to consider que se debe traducir por sopesar, plantear, entre otras opciones”.

Un asiduo y atento lector británico, Michael Nicholas, me alerta con frecuencia de traducciones literales de términos ingleses, como el que encontró hace unos días en una noticia de Internacional. Se nos habla de que los ejercicios se llevan a cabo de tiempo en tiempo ¿Una traducción literal de from time to time?”. Eso parece. Porque en español lo correcto sería: Se llevan a cabo de vez en cuando.

Este mismo lector encontró la siguiente frase en una columna de opinión: “Cuando la cola mueve al perro, las cosas andan mal”, que no es otra cosa, me dice, que una traducción literal del dicho inglés, It´s a case of the tail wagging the dog. En español, sin embargo, no existe esta expresión que quiere decir algo así como es el mundo al revés. Para traducirla habría que buscar un refrán equivalente, ya que, como ha explicado el filólogo Valentín García Yebra, los refranes rara vez pueden traducirse de forma literal.


El lenguaje sirve para comunicarse y es además nuestra herramienta de trabajo. Debemos evitar tratarlo con descuido en un medio de difusión tan amplia como EL PAÍS.

¡HE PERDIDO EL TELÉFONO EN EL BAR!

Álex Grijelmo nos habla de nuevo sobre las palabras, que hora usamos, y mañana tal vez no. Deje un rato el teléfono y lea con nosotros:

LA PUNTA DE LA LENGUA
La feria del 'smartphone'
Al genio del idioma le gusta seguir un cierto rito ante las innovaciones técnicas


Algunas palabras que hoy nos parecen imprescindibles se convertirán pronto en inútiles. Incluso le puede pasar a smartphone.

Al genio del idioma le gusta seguir un cierto rito ante las innovaciones técnicas:
1. Existe un aparato de uso común con su nombre tradicional.
2. Aparece una innovación que, siendo en esencia lo mismo, posee ventajas adicionales y se llama de otra forma.
3. El viejo aparato queda obsoleto, superado por la nueva tecnología.
4. El aparato nuevo domina el mercado, pero su neologismo no se consolida con él, sino que la vieja palabra, la del aparato tradicional, regresa vigorosa y recupera su lugar.

Los discos cuya música se oía gracias al gramófono (y luego al tocadiscos) se fabricaron con pizarra, y después con vinilo. Más tarde llegaron las cassettes, que ofrecían la ventaja de acompañarnos en el coche y que servían ya como incipiente camino hacia el pirateo. Su extendido uso castellanizó la grafía (casete), y el término resultó útil mientras esas carcasas necesitaron diferenciarse del engorroso soporte anterior para magnetófono: aquella cinta o cinta abierta redonda que no alcanzó un uso masivo como soporte musical aunque resultó muy útil para el aprendizaje de idiomas. Pero cuando las cintas abiertas desaparecieron de la tienda, la vieja palabra cinta recuperó el espacio ocupado por el galicismo casete, que ya no tenía ninguna misión diferenciadora. De ese modo, las obras musicales se compraban “en cinta” o “en disco” (todavía de vinilo).

Años después llegó el compact disc, con el cual se obtenía un sonido digital supuestamente perfecto. Esa locución inglesa triunfó en los años noventa, porque el objeto debía diferenciarse también de sus predecesores los discos de vinilo (entonces sólo discos) y de las cintas. Y se dejó vestir con las grafías CD y cedé, para luego sucumbir también ante la vieja palabra: disco. Y hoy decimos que Shakira lanza un nuevo disco, y no un nuevo cedé.

Un camino parecido recorrió el término nevera. La nevera consistía antiguamente en un armarito destinado a guardar la nieve o el hielo de fábrica para conservar allí los alimentos. Con ese sentido entra en el Diccionario en 1936, si bien el vocablo existía antes (al menos desde el siglo XVII) para referirse al lugar de la casa que se mantenía fresco. Después aquel armario se transformó en un electrodoméstico, dotado ya de un motor. Se comercializó en España a partir de 1952, y lo llamamos aquí frigorífico, palabra que había entrado en el Diccionario en 1884 como vocablo científico referido a las mezclas químicas que generaban frío.

Años después, la diferencia entre ambos armarios refrigeradores dejó de tener sentido (porque nadie usaba ya el antiguo), y hoy volvemos a hallar vacía la nevera, término que va ganando a frigorífico en el lenguaje común (26,1 millones de citas frente a 8,4 millones, en Google España).

Se ha reunido hace dos semanas en Barcelona el Mobile World Congress, la gran feria de la telefonía, y la prensa ha nombrado a menudo el término smartphone. Hubo un tiempo en que la voz teléfono sólo podía referirse a uno fijo y pegado a la pared. Cuando nacieron los portátiles, necesitamos diferenciarlos de aquéllos y los llamamos móviles o celulares. Hoy en día esa distinción entre aparatos viejos y nuevos se va haciendo también irrelevante, pues nos importa más el medio de telecomunicación (como opuesto al diálogo en persona) que su modelo o sus conexiones. Y de nuevo la vieja palabra recupera terreno: “Llamé por teléfono desde el coche”, “he perdido el teléfono en el bar”


Ahora bien, los viejos móviles se han quedado ya anticuados ante los smartphones (o listófonos), capaces de administrar nuestro correo y nuestra agenda, y hasta de tomarnos fotos. ¿Cuánto tiempo seguiremos diciendo smartphone? Puede que no mucho. Quizás cuando todos los aparatos sean igual de listos la vieja palabra teléfono renazca tan campante.