jueves, 15 de octubre de 2015

ALATRISTE VA AL CORRAL DEL PRÍNCIPE ... Y EL REY TAMBIÉN

Arturo Pérez Reverte es autor exitoso que todos conocemos. Su Capitán Alatriste  es una novela leída y filmada, con más o menos éxito.  En el capítulo décimo, el narrador, junto con Alatriste y otros acude al corral del Príncipe a la representación de El Arenal de Sevilla, de Lope de Vega. Como es lógico allí suceden algunas cosas de la novela. Pero también nos muestra, con detalle, cómo era una representación teatral. Leamos:


Caí en la trampa. O, para ser más exacto, cinco minutos de conversación bastaron para que ellos urdieran la trampa. Todavía hoy, tanto tiempo después, deseo imaginar que Angélica de Alquézar sólo era una mocita manejada por sus mayores; pero ni siquiera tras haberla conocido como más tarde la conocí puedo estar seguro. Siempre, hasta su muerte, intuí en ella algo que no se aprende de nadie: una maldad fría y sabia que en algunas mujeres está ahí, desde que son niñas. Incluso desde antes, quizás; desde hace siglos. Decidir quiénes son los auténticos responsables de todo eso ya es otra cuestión que llevaría largo rato discutir; y éste no es lugar ni oportunidad para ello. Podemos resumirlo diciendo, por ahora, que de las armas con que Dios y la naturaleza dotaron a la mujer para defenderse de la estupidez y la maldad de los hombres, Angélica de Alquézar estaba dotada en grado sumo.

Al día siguiente por la tarde, camino del corral del Príncipe, su recuerdo en la ventanilla de la carroza negra, bajo las gradas de San Felipe, me desazonaba como cuando durante una ejecución musical que parece perfecta descubres una nota o un movimiento inseguros, o falsos. Me había limitado a acercarme y cambiar unas palabras, fascinado por su cabello rubio en tirabuzones y su misteriosa sonrisa. Sin bajar de la carroza, mientras una dueña se ocupaba de comprar algunas cosas en las covachuelas y el cochero permanecía inmóvil junto a las mulas, sin molestarme -cosa que hubiera debido ponerme sobre aviso, Angélica de Alquézar volvió a agradecer mi ayuda contra los golfillos de la calle Toledo, preguntó qué tal me iba con aquel capitán Batiste, o Triste, al que servía, y se interesó por mi vida y mis proyectos. Fanfarroneé un poco, lo confieso. Aquellos ojos muy azules y muy abiertos que parecían escuchar asombrados me alentaron a contar más de la cuenta. Hablé de Lope, a quien acababa de conocer arriba en las gradas, como de un viejo amigo. Y mencioné el propósito de asistir, con el capitán, a la representación de la comedia El Arenal de Sevilla, que tendría lugar en el corral del Príncipe al día siguiente. Charlamos un poco, le pregunté su nombre y, tras dudar un delicioso instante rozándose los labios con un diminuto abanico, me lo dijo. «Angélica viene de ángel», respondí, embelesado. Y ella me miró divertida, sin decir palabra, durante un rato tan largo que me sentí transportado a las puertas del Paraíso. Después vino el ama, reparó en mí el cochero, alejóse el carruaje, y quedé inmóvil entre la gente que iba y venía, con la sensación de haber sido arrancado, paf, de algún lugar maravilloso. Sólo de noche, al no conciliar el sueño pensando en ella, y al día siguiente camino del teatro, algunos detalles extraños de la situación -a ninguna jovencita de buena cuna se le permitía entonces charlar con mozalbetes casi desconocidos en mitad de la calle- empezaron a insinuar en mi ánimo la sensación de estar moviéndome al borde de algo peligroso y desconocido. Y llegué a preguntarme si aquello guardaría relación con los accidentados sucesos de unos días antes. De un modo u otro, cualquier vínculo de ese ángel rubio con los rufianes del Portillo de las Ánimas parecía descabellado. Y por otra parte, la perspectiva de asistir a la comedia de Lope restaba claridad a mi juicio. Así ciega Dios, dice el turco, a quien quiere perder.

Desde el monarca hasta el último villano, la España del Cuarto Felipe amó con locura el teatro. Las comedias tenían tres jornadas o actos, y eran todas en verso, con diferentes metros y rimas. Sus autores consagrados, como hemos visto al referirme a Lope, eran queridos y respetados por la gente; y la popularidad de actores y actrices era inmensa. Cada estreno o reposición de una obra famosa congregaba al pueblo y la corte, teniéndolos en suspenso, admirados, las casi tres horas que duraba cada representación; que en aquel tiempo solía desarrollarse a la luz del día, por la tarde después de comer, en locales al aire libre conocidos como corrales. Dos había en Madrid: el del Príncipe, también llamado de La Pacheca, y el de la Cruz. Lope gustaba de estrenar en este último, que era también el favorito del Rey nuestro señor, amante del teatro como su esposa, la reina doña Isabel de Borbón. Por más que el amor teatral de nuestro monarca, aficionado a lances juveniles, se extendiese también, clandestinamente, a las más bellas actrices del momento, como fue el caso de María Calderón, la Calderona, que llegó a darle un hijo, el segundo donjuán de Austria.

miércoles, 14 de octubre de 2015

EL CORRAL DE COMEDIAS DE ALCALÁ


CORRAL DE COMEDIAS DE ALMAGRO


VIENDO UN CORRAL DE COMEDIAS


EN EL CORRAL DE COMEDIAS

El teatro era una actividad muy deseada en el Siglo de Oro. Desde Pascuas hasta Carnaval, menos los que median entre el Miércoles de Ceniza y el Domingo de Resurrección, había teatro. A la gente le gustaba ir al teatro, y estaban esperando que comenzara la temporada para acudir a las representaciones que se publicitaban. Al principio sólo había teatro los domingos. Luego también los jueves y en la época de Felipe IV, todos los días.
            Después de salir el teatro de las iglesias, y después de haber ocupado las calles y las plazas, el teatro comienza a encerrarse en los patios interiores de las casas, en los que se levantaba un tablado (el escenario). No eran, ya lo ve, edificios construidos adrede para ser teatros, sino que aprovechaban los patios interiores de varias casas de vecinos. Era la manera de convertir la actividad teatral en empresarial, pues en ese lugar cerrado ya era posible cobrar por asistir a la representación. Eran patios cuadrangulares rodeados de las fachadas de las viviendas con balcones y ventanas.
            En este espacio, corral todos los días del año, se instalaba en la cabecera un tablado, que hacía las veces de escenario. Solía tener un tejadillo y tres niveles. En el principal se realizaba la representación. Sobre el superior, que daba a la balconada del primer piso, se colocaba la poca tramoya de la representación. A veces desde allí actuaba algún actor. En la parte inferior del escenario estaba el foso, del que se valían para algunos efectos (apariciones y desapariciones de personajes) con sus trampillas.  Como la representación comenzaba muy temprano (las 2 era buena hora en invierno, las 3 en otoño y primavera, y las 4 en verano) solían cubrir el espacio con grandes lonas para evitar el sol y la lluvia.
            El resto de los espacios estaban ocupados por un público diverso, heterogéneo, incluyendo desde artesanos, comerciantes, truhanes, soldados de fortuna hasta miembros del clero, nobles e incluso los propios Reyes. Los aposentos de las casas que daban al patio, estaban destinados a las gentes principales, que desde los desvanes y los pisos mas altos, normalmente no mas de 3 ó 4 alturas, podían asistir a través de celosías a la representación, sin ser vistos por el publico general, que ocupaba el patio, desde donde, de pie o sentados en unas gradas asistían a la representación. En el nivel mas alto, denominado la “tertulia”, con no mas de 40 asientos por lo general, se solía acomodar el clero, allí se encontraba también el llamado “aposento de Madrid”, reservado a los Corregidores o Alcaldes, así como la “galería alta” reservada a los miembros del Consejo de Castilla.

En fin, al teatro acudían todos los grupos sociales, y cada uno se había de colocar en un distinto lugar. Se trataba de un público muy disperso, que necesitaba que los actores continuamente llamaran su atención, con ruidos, músicas, bailes. Ni un momento podían estar desatentos que recurrir a otros procedimientos para avisar a la audiencia de que comenzaba la representación: ruido inicial, música.
El resto del público estaba en el patio (todavía hoy hablamos de patio de butacas). Los hombres se sentaban en bancos corridos sin respaldo que se situaban a los pies del escenario. Detrás de ellos, y siempre de pie, se situaban los mosqueteros, que con sus capas, sus espadas, sus aplausos, sus gritos, sus risas, sus silbidos, y la gallofa que habían recogido por la calle, podían conseguir que la obra fuera un éxito o un fracaso.

            Al fondo, frente al escenario, se construía un palco para las mujeres, que estaban tan apretadas como si estuvieran metidas en una jaula o cazuela, de ahí su nombre. Llegaban al corral por entradas distintas a las de los hombres. Las mujeres de la cazuela eran muy alborotadoras y no en pocas representaciones originaban disputas y riñas. Los alguaciles intentaban mantener el orden. Estas mujeres eran apretadas en la cazuela por el apretador, que así conseguía que cupieran más y, así, aumentar los ingresos.
            Como cada espectador se situaba en un lugar distinto, todos pagaban al entrar una cantidad idéntica y, conforme se colocaban en el lugar que les correspondía  por su condición, luego abonaban el resto.
            Al  teatro se iba a ver la representación, en la que se comía y bebía. A un lado, solía estar la alojería, pues se despachaba aloja y frutos secos.
            Estos corrales de comedias eran regentados por las Cofradías (y luego por los ayuntamientos), que alquilaban los locales y encargaban al autor, director de la compañía, de organizar las actividades en el corral. Había que conseguir que el público guardara silencio, por lo que comenzaba la representación con una loa, un poema que buscaba ganarse al público. También solían contar en las loas el argumento de las obras. Luego comenzaba la obra, que se representaba en tres actos (jornadas también se llamaban).
            Entre acto y acto había que seguir entreteniendo al público mientras se cambiaban los decorados, o se recobraba el aliento. En ese entreacto se representaba un entremés, que tanto gustaban al público porque trataban temas de actualidad en un tono distendido.
            En el entreacto siguiente se hacían bailes atractivos para el público, que éste seguía palmeando siguiendo el ritmo. Terminaba la obra con otro entremés o con una jácara ( lo rufianesco era lo que le caracteriza), o se disfrazaban los actores en divertidas mojigangas.


LA PODEMOS VER


LO VEREMOS EN EL TEATRO DE LA COMEDIA

La máquina está casi a punto, y el próximo 16 se estrena El alcalde de Zalamea. Ya lo anuncia El Mundo. Lo ha escrito Esther Alvarado y nosotros lo leamos: 


Carmelo Gómez: 'El honor tiene que ver con uno mismo, no necesita venganza'       

La Compañía Nacional de Teatro Clásico reabre el Teatro de la Comedia con la obra de Calderón de la Barca, dirigida por Helena Pimenta y en versión de Álvaro Tato

Tiene Pedro Crespo, en El alcalde de Zalamea de Calderón de la Barca, unos versos que, durante un instante, le convierten en un héroe. Recién nombrado alcalde, recién violada su hija, recién liberado de sus ataduras, enardecido por la sed de venganza, se detiene un momento, reflexiona y dice:

¡Cielos,
cuando vengarse imagina,
me hace dueño de mi honor
la vara de la justicia!
¿Cómo podré delinquir
yo, si en esta hora misma
me ponen a mí por juez
para que otros no delincan?
Pero cosas como aquestas
no se ven con tanta prisa.

"Esta reflexión es lo que más me apasiona. Aquí está toda la clave de la segunda parte y es lo que da sentido a la función". Carmelo Gómez sonríe (con los ojos antes que con la boca) cuando pronuncia estas palabras. Él es Pedro Crespo en la versión de Álvaro Tato para la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) que dirige Helena Pimenta y que se estrena el 16 de octubre en el recién rehabilitado Teatro de la Comedia de Madrid. La responsabilidad es doble pues, o triple, o "masiva", como califica Tato al personaje del villano orgulloso de serlo que creó Calderón.

El alcalde de Zalamea es un clásico del Siglo de Oro español en el que se tratan tres cuestiones primordiales: el amor, el honor y la justicia. Pedro Crespo es un rico labrador, viudo y con dos hijos, que tiene que acoger en su casa a un capitán de las tropas que están de paso camino de Portugal. El invitado se prenda de Isabel, la hija y, antes de abandonar la villa, la secuestra y la viola. Una vez liberada, Crespo, nuevo alcalde de Zalamea, arresta al capitán y, sin esperar que se haga cargo la justicia militar, determina y cumple la sentencia.

De ahí la sonrisa de Carmelo Gómez; porque la heroicidad y el estoicismo le duran a su personaje apenas unos versos más y, tras la primera duda, responde:
Ya tenéis el padre alcalde,
él os guardará justicia.
"Calderón no le da un monólogo para explicar esto porque está clarísimo. En cuatro versos Pedro dice que va a delinquir para vengar a su hija. Esta es la clave. Creo que él acepta ser alcalde porque gracias a eso puede vengar a su hija desde la justicia", explica el actor. "En el fondo es su fama la que está en juego y por eso se convierte en un egoísta tremendo", continúa reflexionando.

Calderón escribió una obra en la que el pueblo se veía reflejado y refrendado en la actitud vengativa de Pedro Crespo. Luego está el perdón del rey, que le da al monarca la posibilidad de mostrarse como un ser misericordioso y justiciero, muy por encima de la barbarie de un par de elementos de sus tropas (don Lope salva el honor del estamento militar) y de la respuesta unilateral del alcalde villano.

Hay que distinguir entre honor, honra y fama, asegura el protagonista. "El honor está muy mal entendido en la literatura contemporánea. El honor tiene que ver con uno mismo y no necesita venganza, solo justicia. Pero aquí, Pedro necesita mucho esa venganza", quizá por eso disfraza a la una de la otra. De los contrasentidos del alcalde y de todos los demás llenó Calderón sus versos. "Hay muchas cosas que se dicen -prosigue el actor-, pero se hacen otras y eso es muy moderno, me parece de una dramaturgia fina, elevada".

Hacía mucho tiempo que Carmelo Gómez no se enfrentaba al verso clásico. "Desde que hice El caballero de Olmedo (Lope de Vega) hasta esta obra se han dado pasos adelante en el teatro clásico, pero también pasos atrás. Hay que volver a plantearse cómo hay que decir el verso, porque hay que caer de rodillas frente a la manera que tiene de oírlo el público contemporáneo".

El caballero y luego El perro del hortelano en cine, "hasta ahora sólo había hecho Lope, que es más cercano, más festivo, más bello, pero Calderón es más conceptual, más profundo". Y este es su primer Calderón que, paradójicamente es una adaptación de El garrote más bien dado de Lope de Vega. "Calderón eliminó dos de las tres historias románticas que había escrito Lope y las inevitables escenas de los balcones, pero mantiene iguales casi todos los nombres y hace una reflexión sobre el poder, los valores y sobre la invasión de un grupo poderoso sobre otro aparentemente más débil", explica.


¿Cómo es Pedro Crespo? "Se parece a esos personajes que identifico muy bien en mi tierra: es alguien que vive tan pegado a sus razones que no escucha las de los demás, es un intolerante", asegura, pero rápidamente confiesa que cada vez le gusta más. "Tiene valores que me gustan mucho. Es muy fiel a sí mismo, demasiado. Sus principios me gustan mucho porque hoy vale todo para tener una actitud contradictoria. Es fiel, sano, de una pieza y no va a traicionar a nadie. Me gusta cómo lucha por lo suyo, con esa energía y esa fuerza indómita. Es un tipo de cuidado".

El alcalde de Zalamea tiene esa coherencia vital que no le hace desear ser quien no es. Sus riquezas le permiten comprar un título de nobleza, pero él quiere "vivir de su trabajo. En este sentido es un personaje muy moderno".

 El alcalde de Zalamea "sería necesario cada año porque tiene mucho que contar", asegura Helena Pimenta. "Ahora vivimos de forma más acomodada, pero sigue habiendo abuso del más fuerte sobre el más débil". Protagonizada por Carmelo Gómez, el reparto cuenta entre sus filas con Joaquín Notario (Don Lope), Nuria Gallardo (Isabel), Rafa Castejón (Juan), Jesús Noguero (Don Álvaro), Clara Sanchis (Chispa) y David Lorente (Rebolledo), entre otros. Producciones tan grandes como ésta, que cuenta con 21 artistas, vestuario de Pedro Moreno, música de Ignacio García, iluminación de Juan Gómez Cornejo, escenografía de Max Glaenzel, coreografía de Nuria Castejón y asesoría de Jesús Esperanza (esgrima) y verso (Vicente Fuentes), necesariamente tenía que tener un patrocinador y en este caso ha sido Loterías y Apuestas del Estado. Hacía cinco años que la Compañía Nacional de Teatro Clásico no representaba El alcalde de Zalamea (el último lo protagonizó Joaquín Notario) y en parte por eso lo ha elegido Pimenta para reabrir el Teatro de la Comedia, tras estar 14 años cerrado.




EL VILLANO PEDRO CRESPO

3.- APARECE PEDRO CRESPO.
A lo largo de las anteriores escenas hemos visto cómo se ha hecho constantemente mención a Pedro Crespo, nombrado como un villano; recordad la visión que de él tienen tanto los militares como el hidalgo.

Se levanta el telón.
LA ESCENA a la que nos referimos está llena de apartes, que obligan a los actores a mostrarse con soltura al encarnar a los personajes, tanto en la dicción del verso como en sus gestos. Daos cuenta de que han de dar a entender al público que lo que dicen es para sí, pero por necesidad ha de ser oído por el espectador. Os proponemos que repartáis los papeles entre los compañeros y compañeras de clase (¡olvidad ahora las diferencias de sexo!). Los actores deberán haber leído con cuidado el texto y, sobre el imaginado escenario de la cabecera de la clase, han de procurar mostrar el desagrado ante el hidalgo que corteja a la hija  y  hermana. ¿Cuáles son las frases que dicen aparte los personajes? ¿Qué denotan? ¿Cómo se han distribuido los actores por la palestra?  ¿Os han parecido los apartes forzados? ¿Imagináis un teatro en el que no sepamos de ningún modo qué piensan los personajes?

1.-Ya hemos visto que tanto Juan como Pedro Crespo desprecian al hidalgo. Pero fijaos en que el saludo de don Mendo a Pedro Crespo (Dios os guarde) es devuelto idéntico por el villano.  La forma de cortesía que utiliza el hidalgo era la apropiada para inferiores. En este sentido, don Mendo ha actuado correctamente, porque en el villano es menos socialmente que el hidalgo. Ahora bien, el rico hacendado le responde de idéntico modo, con lo que ofende el orgullo de clase del hambruno. Está claro: a Pedro Crespo no le gusta don Mendo. ¿Pero no os parece que éste se marcha pronto? ¿Si tiene intenciones honradas con Isabel, no debiera haber procurado entablar conversación con los que quisiera que fueran su suegro y cuñado, respectivamente? ¿Reconocemos en su apresurada marcha mala actitud por su parte? ¿Estaba ya de algún modo apuntada? Señalad en que lugar de la Jornada lo hemos visto.
2.-Cuando padre e hijo se quedan solos, el primero refiere que ha ido a las eras. Nos muestra el texto a un hombre orgulloso de sus posesiones, aunque también preocupación por no poder ver colmada su tarea. ¿En qué versos observamos este sentimiento?
3.-Observad cómo el hijo no viene precisamente de lo mismo, sino que son otras tareas las que le han ocupado. ¿Cuáles? ¿Cuál es la profesión del joven? ¿Son distintas las ocupaciones de padre e hijo? El padre da un consejo al hijo, pero éste le responde con otro. ¿Qué provoca en vosotros esta situación? ¿Cómo podéis decir que era la relación entre padre e hijo?
4.-Con la llegada del sargento estamos ante el momento en que vemos la disposición de Pedro Crespo para servir al Rey. ¿Con qué está dispuesto a hacerlo? ¿En algún modo es aviso de algo?
5.-Crespo dice, cuando manda llamar a Isabel, que

Hoy han de venir a casa
soldados, y es importante
que no te vean. Así, hija,
al punto has de retirarte
en esos desvanes, donde
yo vivía
¿No os parece un cuidado exagerado? ¿Acaso nos se habían ellas, las primas, asomado a la ventana a ver pasar a los soldados? Más tarde le dará Crespo otras razones a Don Lope: ¿cuáles?
6.-La escena siguiente es aquella en la que hacen entrada el sargento y el capitán, deseosos de ver a la villana. Allí topan con Juan que, ante el porte militar del capitán, queda deslumbrado. ¿Os recuerda algo del final?
7.-Cuando quedan solos el sargento y el capitán descubren cómo el padre  la tenía en ese cuarto alto y que no había / de bajar nunca acá, que es muy celoso. Lo saben por una criada. En otras obras habréis visto el importante papel que tienen los criados como confidentes. Poned ejemplos de ello. Varias son ya las veces que se dice que Crespo es malicioso. Leamos las palabras del capitán:

¿Qué villano no ha sido malicioso?
De mí digo que si hoy aquí la viera,
della caso no hiciera;
y sólo porque el viejo la ha guardado,
deseo, vive Dios, de entrar me ha dado
donde está.
¿Eran ciertas nuestras prevenciones? ¿Era exagerado el cuidado que tenía el padre con la hija? ¿Esconderla no provoca la curiosidad del capitán?
8.-Llega el momento de la acción. Hasta ahora en la obra sólo ha habido palabras. Con la ayuda  de Rebolledo, que llega acompañado de la “Chispa” se inicia el plan. Resumidlo en unas líneas, a la vez que contáis su desarrollo. ¿Cómo gana el capitán para su plan a Rebolledo? ¿La “Chispa” lo conoce? ¿Eso ayuda a que, con la llegada de Pedro Crespo y Juan, ésta sea la que avise de lo que pasa?:

Juan:                 ¡Acudid todos presto!
Pedro Crespo: ¿Qué ha sucedido aquí?
Juan:                 ¿Qué ha sido aquesto?
“Chispa”:         Que la espada ha sacado
                                                                              el capitán aquí para un soldado,
                                                                              y esa escalera arriba
                                                                              sube tras él.

Durante toda la obra Rebolledo ha mostrado su verdadera condición de rufián, sobre todo con su manera de hablar, pero ahora ni mucho menos lo parece, pues el código que utiliza es el del amor, en consonancia con otras veces que en la obra se ha usado. Recordad las palabras de don Mendo.
9.-En la escena intervienen muchos personajes. Nos interesa que ahora os fijéis en cómo es capaz Calderón de la Barca de tenerlos involucrados en la acción. Haced un recuento de los personajes y cómo se van apartando para ceder el protagonismo a los restantes. ¿Cómo se mueven por el escenario?
10.-Como la riña es una artimaña, don Álvaro pasa rápido de la ira, falsa, a los requiebros de amor hacia Isabel. ¿Ha cambiado en algún modo su idea sobre la muchacha? ¿Cómo la considera? ¿Cuál es la actitud de Pedro Crespo y Juan al encontrar al capitán señalándole a Isabel sus virtudes?  Pero ante la afrenta parece que no responden del mismo modo, ¿cómo actúa Crespo y cómo el hijo?
11.-La llegada de don Lope de Figueroa (del que se dijo que es español Marte) interrumpe la disputa entre Juan, orgulloso en la defensa de su honor, y  don Álvaro. Recordad lo que dijo de él el soldado al principio de la obra.
12.-Rebolledo, temiendo el castigo, cuenta al general la verdad:

El capitán me mandó
que fingiese la pendencia,
para tener ocasión
de entrar aquí.

Pero el general busca una solución conciliadora: ¿Cuál? ¿Os parece acertada?
13.-Quedando los dos solos, Crespo y don Lope, se inicia la escena final de la Primera Jornada. Leed detenidamente el diálogo que se establece entre los dos. ¿Sobre qué hablan? ¿Están recogidas en este parlamento las ideas claves de la obra? ¿Cuáles serán? Son esclarecedoras las palabras de Pedro Crespo después de que el general le diga que está obligado a sufrir esas cargas:

Con mi hacienda,
pero con mi fama no.
Al Rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.

Habíamos visto que el villano era orgulloso; ¿está ahora claro el sentido de su orgullo? ¿Podríamos decir estas mismas palabras de don Lope? ¿Son en este sentido los dos, noble y villano, iguales?. Es más: ¿hay acuerdo entre ambos al final de la Jornada? Pero el acuerdo no es sólo en lo que dicen, sino también  en su orgullo y en el humor. Y con humor acaba la Primera Jornada. ¿El público  del corral de comedias qué hará ahora? ¿Qué haríais vosotros?