miércoles, 16 de diciembre de 2015

LIBROS DE PALABRAS




Javier Rodríguez Marcos, en su columna habitual de El País, Tipo de letra, hoy escribelo que ahora leemos. 

Palabras, palabras, palabras

Saturada de discursos, la campaña electoral coincide con una oleada de libros sobre la lengua

Basta con entrar en una plaza de toros en la que va a celebrarse un acto electoral para entender la exclamación de Josep Pla al llegar a Manhattan y contemplar los rascacielos: “¿Esto quién lo paga?” Ante un auditorio entregado todo el mundo está tan seguro de ganar que resulta balsámico recordar a Juan Mari Bandrés, que terminó algún mitin de las primeras europeas diciendo para el cuello de la camisa: “Me da vergüenza, pero os tengo que pedir el voto”.
Lo sorprendente es el contraste entre la grandilocuencia de los discursos y la simpleza de los eslóganes, que suelen repetir, combinados, los factores de siempre: España (por la derecha), país (por la izquierda), nuevo, ilusión, futuro… Si hace falta una legislatura para convertir en esdrújulas todas las palabras, como hizo Zapatero, sobra con 15 días de campaña para que el léxico quede tiritando después de que nuestros próceres consigan que popular o regeneración signifiquen lo mismo y lo contrario. Nada raro en una sociedad cuyo pensamiento político tiende a esta disyuntiva: lo que no es casta es ETA.
A nadie puede extrañar, por tanto, la cantidad de libros sobre la lengua que han tomado las librerías en los últimos tiempos. De La maravillosa historia del español (Espasa), de Francisco Moreno Fernández, a Guía práctica del neoespañol (Debate), de Ana Durante. Una oleada a la que se podría añadir el volumen de Altos estudios eclesiásticos (Debate) en el que Sánchez Ferlosio acaba de reunir sus ensayos gramaticales, incluido un clásico como ‘El español y la Constitución’.
No obstante, fuera de la mesa de novedades y más allá de los dardos de Lázaro Carreter, hay perlas cultivadas como El candidato melancólico (RBA), de José Antonio Millán; No es lo mismo ostentoso que ostentóreo (Espasa), de José Antonio Pascual; Lengua y patria (Taurus), de Juan Ramón Lodares; La seducción de las palabras (Taurus), de Álex Grijelmo; Estilo rico, estilo pobre (Debate), de Luis Magrinyà; o El saqueo de la imaginación (Debate), un ensayo de 2008 subtitulado Cómo estamos perdiendo el sentido de las palabras y firmado por Irene Lozano, exdiputada de UPyD y hoy candidata por el PSOE.
Entre los recientes, uno de los más curiosos es 300 historias de palabras (Espasa). Derivado selecto del imbatible Diccionario crítico etimológico (Gredos) de Coromines y Pascual, la obra redactada por Fernando de la Orden bajo la dirección del académico Juan Gil señala cómo, por influjo del inglés, patético ha llegado a significar penoso cuando en griego significaba impresionante. De paso nos recuerda que el éxito de un neologismo tiene que ver con el favor de la mayoría y no con una esencia intocable: de ahí que miembra y jóvena sigan en un infierno del que hace tiempo salieron vocablos -de no mejor “factura”, según Gil- como infanta o señora.

Será casualidad, pero el ambiente parece haber llenado ese libro de términos electorales. Además de los antecedentes penales de palabras como condón, derbi, gitano, guiri, hostia o zombi, en sus páginas se explica la conexión entre casta y castizo, cándido y candidato (por el color blanco de la toga de los pretendientes romanos a un cargo público) y el origen de comicios (originalmente, asamblea), demagogia (arte de conducir al pueblo) o pucherazo (por el recipiente donde se guardaban las papeletas manipuladas durante la Restauración).
Consuela pensar que el día 21 el diccionario volverá a ser el mismo. Entre tanto, la noche del domingo habrán ganado todos. Basta con retorcer los datos. En la última novela de Ian McEwan, La ley del menor, traducida por Jaime Zulaika para Anagrama, se cuenta que los periódicos británicos, para lograr el máximo impacto, informaban antaño del tiempo frío en grados Celsius y del caluroso en Fahrenheit. Protagonizada por una jueza sometida a un dilema, el libro de McEwan sería buena lectura para los indecisos.




domingo, 13 de diciembre de 2015

LA MAYORÍA DE LAS PERSONAS

Ahora que estamos estudiando la Concordancia ad sensum, releemos la recomendación de la Fundéu:


En expresiones en las que se menciona una parte de un conjunto lo adecuado es mantener el artículodespués de la preposición dela mayoría de las personas y no la mayoría de personas.
Sin embargo, se ha detectado que en expresiones en las que se menciona una parte de un conjunto, como en «la mayoría de personas» o «un tercio de encuestados», se omite injustificadamente un artículo después de la preposición de, ya que lo apropiado es decir la mayoría de las personas y un tercio de los encuestados.
Así lo recoge la Nueva gramática de la lengua española, que recomienda que se diga, por ejemplo, «La mayoría de los partidos aboga por la reforma de la Constitución» o «Los robots nos robarán la mitad de las profesiones en quince años», en lugar de «La mayoría de partidos aboga por la reforma de la Constitución» y «Los robots nos robarán la mitad de profesiones en quince años».
Esto mismo es aplicable a casos similares con porcentajes, como «un 45 % de los trabajadores», y no «un 45 % de trabajadores».

DEJAR DE DEJAR TANTO

            Hoy vamos a leer el Diccionario de la Real Academia. Veamos qué dice sobre el verbo dejar:
dejar.

(Del ant. lejar, y este del lat. laxāre, aflojar, infl. por dar).
 
1. tr. Soltar algo.
2. tr. Retirarse o apartarse de algo o de alguien.
3. tr. Consentir, permitir, no impedir.
4. tr. Valer, producir ganancia. Aquel negocio le dejó mil pesetas.
5. tr. Desamparar, abandonar.
6. tr. Encargar, encomendar. Dejó la casa al cuidado de su hijo.
7. tr. Faltar, ausentarse. La calentura dejó al enfermo. Dejé la corte.
8. tr. Dicho de una persona: Disponer u ordenar algo al ausentarse o partir, para que sea utilizado después o para que otro lo atienda en su ausencia.
9. tr. No inquietar, perturbar ni molestar. Déjame en paz.
10. tr. Nombrar, designar.
11. tr. Dicho de la persona que se ausenta o de la que hace testamento: Dar algo a otra persona.
12. tr. prestar (‖ entregar algo a alguien temporalmente, para que lo utilice y después lo restituya).
13. tr. Faltar al cariño y estimación de una persona.
14. tr. Abandonar, no proseguir una actividad. U. t. c. prnl.
15. tr. olvidar (‖ dejar de tener en la memoria).
16. tr. ant. perdonar.
17. intr. Interrumpir una acción. Dejar de fumar, de hablar.
18. intr. U. como verbo auxiliar, unido a algunos participios pasivos, para explicar una precaución o provisión acerca de lo que el participio significa. Dejar dicho, escrito.
19. intr. U. como verbo auxiliar, unido a algunos infinitivos, para indicar el modo especial de suceder o ejecutarse lo que significa el verbo que se le une. U. m. c. prnl. Dejarse querer, sentir, beber.
20. intr. U. como verbo auxiliar, con algunos participios pasivos y adjetivos, para expresar un resultado. Dejar asombrado, convencido, inútil.
21. prnl. entregarse (‖ ponerse en manos de alguien o algo). Dejarse al abrigo de la fortuna, de los vientos.
22. prnl. Abandonarse, descuidarse por desánimo o pereza.
~ a alguien bizco.
1. loc. verb. coloq. Causarle asombro.
~ a alguien para quien es.
1. loc. verb. p. us. U. para explicar que debe mirarse con desprecio el mal proceder de quien no tiene educación y es egoísta.
~ a alguien plantado.
1. loc. verb. Abandonarlo.
2. loc. verb. coloq. dar un plantón.
~ a alguien seco.
1. loc. verb. coloq. dejarle muerto en el acto.
~ a alguien tirado.
1. loc. verb. coloq. Abandonarlo a su suerte.
~ a escuras a alguien.
1. loc. verb. ant. Burlarle.
~ alguien o algo que desear.
1. loc. verb. Ser defectuoso, imperfecto, faltarle mucho para alcanzar la perfección. El mapa deja MUCHO que desear. La higiene de la ciudad deja BASTANTE que desear.
~ aparte.
1. loc. verb. Omitir parte de un discurso por pasar a otro más urgente.
~ a todos iguales.
1. loc. verb. Hacer que todos pierdan por igual lo que disputaban o pretendían.
~ atrás a alguien o algo.
1. loc. verb. Adelantarlo, aventajarlo.
~ caer.
1. loc. verb. Decir algo con intención oculta.
2. loc. verb. ant. abandonar.
~ correr algo.
1. loc. verb. Permitirlo, tolerarlo o disimularlo.
~ feo a alguien.
1. loc. verb. coloq. Desairarlo, abochornarlo.
~ fresco a alguien.
1. loc. verb. coloq. dejarlo burlado.
~lo caer una mujer.
1. loc. verb. coloq. Parir con facilidad.
~se alguien rogar.
1. loc. verb. Dilatar la concesión de lo que se le pide para que parezca mayor la gracia y se haga más estimable.
~se caer.
1. loc. verb. Decir algo con intención, pero con disimulo.
2. loc. verb. coloq. Insinuar algo como al descuido.
3. loc. verb. coloq. Presentarse inesperadamente.
4. loc. verb. coloq. Ceder a la fuerza de la calamidad o contratiempo, aflojar en un empeño o pretensión por las dificultades que se encuentran.
5. loc. verb. coloq. Dicho del sol, del calor, etc.: Hacer sentir sus efectos con intensidad.
~se correr.
1. loc. verb. Bajar, escurriéndose por una cuerda, madero o árbol.
~se decir.
1. loc. verb. Soltar en la conversación algo que no convenía manifestar.
2. loc. verb. dejarse caer (‖ decir algo con intención, pero con disimulo).
3. loc. verb. Decir algo que ofrezca duda o que no pueda decirse sin algún inconveniente. Se dejó decir que mataría a su enemigo.
~se llevar.
1. loc. verb. Tener voluntad débil para seguir la propia opinión.
~se pedir.
1. loc. verb. Pedir, como cosa corriente, un precio excesivo.
~se ver.
1. loc. verb. Dicho de lo que estaba oculto o retirado: Descubrirse, aparecer.
2. loc. verb. Concurrir a una casa o a una reunión; y así, al que no la frecuenta se le suele decir amistosamente: Déjese usted ver.
~ temblando un plato o una vasija.
1. loc. verb. coloq. Comerse o beberse la mayor parte de lo que contenía.
~ vivir.
1. loc. verb. No importunar a los demás ni entremeterse en sus asuntos.
no ~ de.
1. expr. U. seguido de infinitivo para afirmar por lítotes, a veces irónica, lo que el infinitivo y sus posibles complementos expresan. Eso no deja de tener gracia (eso tiene gracia).
no ~se ensillar.
1. loc. verb. coloq. No dejarse dominar, no querer estar sujeto a nadie.
no ~ verde ni seco.
1. loc. verb. Destruirlo todo, sin excepción alguna.
no me dejará mentir.
1. expr. coloq. U. para afirmar algo, atestiguando con alguien que lo sabe ciertamente o con otra cosa que lo prueba.



Es verdad que a veces abusamos de ese verbo. Leamos lo que nos cuenta Álex Grijelmo en

LA PUNTA DE LA LENGUA
Catástrofes que dejan muertos
Parece que los periodistas rellenasen cada lunes una plantilla donde sólo hubiera que actualizar los datos
El abuso del verbo dejar como equivalente de causar está colonizando los titulares que dan cuenta de catástrofes. Leemos a menudo oraciones como el terremoto dejó 26 muertos, el accidente dejó ocho muertos, la explosión deja 10 muertos… Y cada lunes, el fin de semana deja X muertos en las carreteras.

Si uno escribe en un ciberbuscador esta última oración sin comillas y sin la equis, obtendrá como respuesta decenas de titulares iguales en los que solamente varía la cifra: como si los periodistas rellenasen cada lunes una plantilla de palabras en la que sólo hubiera que actualizar los datos con el número de heridos y fallecidos.

La entrada del Diccionario académico correspondiente al verbo dejar desgrana 22 acepciones. Y ni una de ellas parece equivaler ni remotamente al verbo causar. Tampoco las 20 que recoge el Diccionario del Español Actual (Seco, Andrés y Ramos). Y aun en el caso de que ambas obras amparasen el uso (y creemos que no), podríamos criticar el abuso.

Los significados más usuales de dejar se refieren al hecho de terminar algo, o desprenderse de una persona o cosa. Se deja de fumar, se deja un trabajo, se deja un lugar, se deja al novio, se deja una herencia… Y también se permite algo (le dejó gritar), se obtiene un beneficio tras una acción acabada (el negocio le deja 100.000 euros al año) o se provoca un cambio de estado (lo dejará perplejo).

De ese modo, el vendaval que deja los árboles derribados los altera (antes se hallaban de pie). Pero no es lo mismo los dejó derribados que dejó derribados; ni nos dejó muertos a los tres (al darnos una mala noticia) que nos dejó tres muertos (lo cual puede equivaler a que “tres muertos fueron dejados”. Quizás por la inundación).

Estamos acostumbrados a que el verbo dejar se refiera a objetos o personas a los que se pone en un sitio o de los cuales nos alejamos, y para ello hace falta haberlos tenido cerca antes. Nos suena bien que el río deje un muerto sobre la orilla, porque lo arrastraba en su corriente; pero resulta de difícil comprensión que cualquier fenómeno natural o artificial deje 20 muertos en una ciudad y 30 en otra, como si se tratara de un ser animado que los fuese desperdigando distraídamente.


Los desastres causan víctimas, provocan desolación, ocasionan la destrucción de bienes, producen daños, Es decir, matan, desuelan, destruyen, dañan. Éstos no son verbos prohibidos, sino precisos, ricos, descriptivos, y por tanto periodísticos. Sin embargo, dejar ocupa tan a menudo su lugar en los titulares que se ha convertido en un verbo muy pesado, incluso si fuera correcto (quién sabe). Pero sólo por variar un poco, habría que dejar de dejar tanto.